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Egipto vota

La democracia, en el plano teórico, es irreprochable, el problema estriba en qué significa esa palabra, en Oslo, Madrid o Trípoli. Y nunca falta quien nos hable del inmenso deseo de paz, libertad y democracia que manifiestan los vistosos manifestantes.

Serafín Fanjul
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Los medios de comunicación y los políticos viven de vender realidades nuevas. A veces lo son de verdad y unos y otros sólo levantan acta de lo que sucede, o ha sucedido; en otros casos, a partir de algunos datos objetivos se construyen castillos en el aire ("Castillos en España", dicen los franceses para referirse a ideas quiméricas y poco tangibles) alcanzando conclusiones muy alejadas de las expectativas razonables que podrían esperarse de los acontecimientos; por último, hay ocasiones en que los periodistas recrean una realidad conforme a sus deseos, o a cuanto quieren oír los responsables políticos, o el público que compra y paga, poco aficionado a que le amarguen la digestión y la siesta, hasta que –tarde o temprano– el globo estalla, pese a que los intermediarios se resistan a aceptar que los hechos les estropeen un buen titular.

Yo me atrevería a enmarcar la llamada Primavera Árabe en el segundo grupo: de algunos sucesos, muy duros para quienes los experimentan, se están extrapolando conclusiones generalizadoras, adaptando a los propios criterios y las propias metas (libertad, desarrollo, convivencia, respeto a los derechos humanos, etc.) las perspectivas e intenciones de los árabes participantes en las revueltas, de resultados variopintos.

En Egipto se acercan las elecciones, derrocado el déspota por sus compadres, aunque la chispa fuera la bronca en Midán et-Tahrir y la mecha los Hermanos Musulmanes (de cuya existencia, por fin, hasta los mayores entusiastas de la versión Twitter se han percatado), con todo el poder militar intacto y los Hermanos presionándolo para que les ceda el puesto; en Túnez, los islamistas ya han ocupado el gobierno (veremos quién, cuándo y cómo los desaloja) y la visión del parlamento tunecino pone los pelos de punta, con casi todas las mujeres presentes –pocas– embutidas en la pañoleta "islámica"; en Libia, ya no se precisan elecciones, aunque monten un simulacro, una vez que los islamistas controlan los fusiles y a sus portadores y tras una exhibición del talante que viene en las matanzas de adversarios habidas, no sólo la de Qaddafi; en Siria y Yemen, la pelota está en el tejado, si bien en términos de gran violencia, única vía por la que se impondrá el resultado, sea el que sea; en Marruecos y Argelia, la sublevación fracasó de plano, obviamente por el ningún interés de Francia y Estados Unidos en desestabilizar la zona, en su órbita de influencia (lo mismo acaeció en Bahrein), no por carencia de motivos para rebelarse. ¿Y los demás? Da risa ver a la sartén amonestando al cazo porque tizna, es decir, Arabia Saudí, Kuwait, los Emiratos... recriminando a Siria por la represión de las protestas.

Dentro de muy pocos días –según las previsiones– habrá elecciones en Egipto. Los Hermanos Musulmanes se han apresurado a ocupar Tahrir de nuevo para mostrar sus músculos a los militares: o nos entregáis todo u os vamos a hacer la vida imposible, cueste lo que cueste. Y alzan el dedo índice amenazantes, apuntando a Allah, por cuyos mandatos Badi’ y compañía están prestos a hacer cualquier sacrificio, sobre todo de sangre ajena. Y como es cierto que el río Cabe pasa por Monforte, razones para reclamar no les faltan: el jefe del ejército –Tantawi– y su Consejo pretenden retener un poder autónomo al margen del Parlamento egipcio, lo cual en buena lógica democrática es inadmisible, por más que se parezca al funcionamiento del ejército turco como garante del laicismo republicano hasta que Erdogan empezara su lenta pero eficaz emasculación, casi terminada. Pero la entrega de todo el poder a los Hermanos es catastrófica, para Egipto y para todos los demás, comenzando por los vecinos. La democracia, en el plano teórico, es irreprochable, el problema estriba –como ya tenemos señalado en otras ocasiones– en qué significa esa palabra, en Oslo, Madrid o Trípoli. Y nunca falta quien nos hable del inmenso deseo de paz, libertad y democracia que manifiestan los vistosos manifestantes de acá o acullá.

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