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Tomás Cuesta

Aguirre is back in town

Sabe que sus rivales meten pico y que sus compañeros (de partido), si se tercia, malmeten.

Tomás Cuesta
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Sabe que sus rivales meten pico y que sus compañeros (de partido), si se tercia, malmeten.

Más allá de las consideraciones -muy legítimas- sobre el chafarrinón estético que deslució su nombramiento, la candidata Aguirre ha conseguido que Madrid vuelva a ser lo que muchos no quisieran que fuera: el kilómetro cero de una derecha liberal, desacomplejada e irredenta que no acepta los trágalas de la superioridad moral ni titubea al enfrentarse a los que zurcen anatemas. Aguirre is back in town, como Mac el Navaja, y las aceras tiemblan.

Vuelve a estar en su sitio, en la boca de riego del agostado ruedo ibérico, dirigiendo la lidia antes de que los clarines suenen. Ha nacido en la plaza, al igual que Antoñete, y sabe que en Las Ventas nunca hay gloria sin riesgo. Sabe que sus rivales meten pico y que sus compañeros (de partido), si se tercia, malmeten. Y no ignora, por último, que, cuando el respetable está tan harto, tan mosca, tan revuelto, resulta más difícil abrir la puerta grande que acabar en el patio del desolladero.

No obstante, si la victoria no es segura, con Esperanza Aguirre se garantiza la pelea. Frente a la izquierda roma que hoy alumbra enemigos para disimular que lleva décadas sin parir una idea, ella ni escurre el bulto ni sale por peteneras. Recuerda que la utopía socialista (tan fértil a la hora de edificar ensueños) se ha transformado siempre en distopía carnicera.

Que la beatería empalagosa de los cofrades del buenismo encona los problemas en vez de resolverlos. Que el igualitarismo es la redoma donde la desigualdad fermenta. Etcétera y etcétera, échenle hilo a los etcétera. La amplitud del catálogo de errores contumaces y horrores sin remedio abarca más de un siglo y lo que te rondaré, morena, si, al cabo, el PSOE se achanta y Podemos se encrespa.

Benjamin Disraeli (que fue un tory ejemplar y un líder de bandera) aseguraba que a la hora de apagar un incendio lo suyo es no obcecarse en inventar el extintor sino llamar rápidamente a los bomberos. Pues bien, ahora y aquí, doña Esperanza Aguirre (que amen de ser muy british, no es poco lideresa) es quien mejor maneja la escala y la manguera. El populismo, una fórmula de movilización social maleable y mimética en la que cualquier ideología encuentra asiento, sólo se puede combatir con convicciones firmes y con proclamas netas. Con un pellizco, incluso, de descaro castizo y un punto, casi nada, de aromas de verbena. ¡Qué cosas tié usté! Tal cual la señá Espe.

El desafío, sin embargo, no concluye en las urnas, el fuego no se amansa tras dos meses de brega. En los tiempos que corren (por no decir que vuelan) las batallas políticas son un mero reflejo de una desaforada guerra cultural en la que día a día nos despellejan la conciencia. En esas trincheras toca fortificar la libertad, resistir la embestida del totalitarismo de diseño, adecentar lo propio hasta que no resulte ajeno, hacer que los valores no dependan del precio. Toca, en definitiva, reconstruir la polis clásica por encima del ámbito municipal y espeso. ¿Demasiada faena? Quizá, pero ésta diestra (¿o es, por ventura, diestro?) nunca dejó de tocar pelo.

Aguirre is back in town, como Mac el Navaja, y las aceras tiemblan.

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