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Rajoy versus Rivera

El auténtico reto del 26-J no será asentar las bases de un gobierno solvente sino consolidar (o no) la hegemonía a izquierda y derecha.

Tomás Cuesta
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Dicen los optimistas que la comedia bufa, que ha estado en escena cuatro insufribles meses, servirá, cuando menos, para que el personal encuentre en junio la senda (y el oremus) que extravió en diciembre. Bien es verdad que la clase política habrá de solventar el bis electoral con el prestigio bajo mínimos y la credibilidad a ras de suelo. Como también es cierto que, entre la gente del común, el tedio ha comenzado a suplantar al miedo y es harto probable que la abstención se encrespe. Los optimistas, sin embargo, ni desfallecen ni se arredran y, aun concediendo lo anterior, insisten en vendernos una botella medio llena. Ahora, sólo ahora, agotados los plazos y exhausta la paciencia, sabemos con certeza quién es quién, de qué encaste proviene y de qué pie cojea.

Sabemos, verbi gratia, que Mariano Rajoy seguirá siendo Rajoy hasta los tuétanos (y si hay que apurar el cáliz, incluso hasta las heces). Sabemos, otrosí, que, en los confines del sistema, Iglesias optará por darle hilo a la coleta despachando alianzas y desmochando herejes. Sabemos, obviamente, que Sánchez es un zombi que aún ignora que ha muerto y que seguirá emperrado en atraer los votos con el señuelo de los vetos. Y sabemos, por fin, que el ciudadano Albert Rivera es naranja por fuera y rojillo por dentro, que el apóstol centrista es un zorrón siniestro y no, tal cual parece, una urraca ambidiestra.

O sea, que, a la postre, no hay mal que por bien no venga y reciclando la tramoya de una farsa grotesca se puede elaborar un "who is who" que alumbre a los cegatos y guíe a los perplejos. Es ocioso aclarar, llegados a este extremo, que los que fungen de optimistas fingen que van por libre cuando en realidad son siervos. Son la voz de su amo, los voceros de Génova, los encargados de anunciar, con la boca pequeña, el mantra de campaña y el objetivo prioritario sobre el que concentrar el fuego.

Los aprendices de brujos del PP pretenden que el 26-J sea, de facto, una segunda vuelta en las que las ideas se pondrán en barbecho para centrarse en liquidar al enemigo en vez de diluirse plantando cara al oponente. Oponente es aquel que mora en las antípodas, en una terra incognita e inaccesible a los efectos. El enemigo, en cambio, puede llegar a ser tan íntimo, tan acoplado, tan fraterno que duerme en su misma cama y come en su misma mesa.

De ahí que, más allá de los abracadabras de rigor y de las bienaventuranzas de recuelo, el auténtico reto de los comicios venideros no sea asentar las bases de un gobierno solvente sino consolidar (o no) la hegemonía a izquierdas y a derechas. El célebre "sorpasso" con que el marxismo-populismo podría dejar al PSOE estacionado en vía muerta, tendrá su contrapunto, en la acera de enfrente, con el repaso sin cuartel del marianismo al ciudadano Albert Rivera.

Naranjito por fuera y rojillo por dentro: ahora, sólo ahora, sabemos quién es quién; el impostor, ahora, se ha quedado en porreta y la retórica no alcanza a tapar sus vergüenzas. Iglesias versus Sánchez. Rajoy versus Rivera. Dos combates de fondo sustancian una guerra.

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