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Callejón sin salida

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Me acuerdo de aquel día de finales de los ochenta como si fuese ayer. Los rusos se retiraban de Afganistán. Había que hacer algo con la enorme cantidad de armas acumuladas en las bases militares durante los diez años de guerra. Se decidió entregarlas no sólo al gobierno de Kabul, que ya tenía suficientes, sino también a los “señores de la guerra”, en su mayoría tayikos y uzbekos, que no se mostraron hostiles hacia los rusos. Una madrugada vino a la base, acompañado por sus tres lugartenientes, un joven comandante moyahidin llamado Mustafa. Iban en un camión para llevarse las armas. El regalo de unos 30 kaláshnikov con 10 cajas de cartuchos le pareció insuficiente, igual que dos lanzagranadas y una ametralladora pesada. Se mostró desilusionado.

¿Para qué necesitas más armas, hermano? La guerra se termina… –le pregunté.

La guerra nunca termina en estas tierras, hermano, –me contestó este joven con cara de profeta. Tendré que luchar muchos años, quizá toda la vida. Así es la voluntad de Alláh.

El coronel, jefe de la base, le regaló más armas. Agradecido, el joven guerrero nos trajo al día siguiente unas ovejas para mejorar nuestra dieta con carne fresca.

Tenía razón Mustafa. Él sigue luchando toda su vida igual que lucharon sus bisabuelos, sus abuelos y su padre. Y no hay salida de este círculo vicioso afgano. Aquí, en estas tierras de tribus medievales, no hay otra alternativa, ni habrá en el futuro próximo. La vida de un hombre es la guerra y la guerra es su vida.

El año pasado, tras el comienzo de la operación antitalibán en Afganistán, Libertad Digital adelantó, en un artículo titulado Una misión casi imposible, un inminente fracaso de cualquier intento de imponer desde fuera un régimen prooccidental estable en aquel país. Ahora es una evidencia. Los mismos medios de información estadounidenses comparan, cada día más, la operación de Afganistán con la fracasada en Somalia, en 1993, y barajan la idea de abandonar esta zona tan peligrosa. Idea que, por cierto, nos parece muy constructiva.

En cuanto a España, los últimos atentados en Afganistán han sido recibidos con gran sorpresa y disgusto por los medios periodísticos. Con tanta victoria sobre los “malos”, con tantos bombardeos y operaciones de limpieza, les parece imposible que todo siga igual.

No son de extrañar las sorpresas de nuestros colegas. Al parecer, donde más ha repercutido el “fracaso escolar” en España ha sido precisamente en el periodismo. Nuestros escribanos, y sobre todo, las animadoras de nuestros programas de la TV y la Radio, que nada saben de aquel lejano país, se pusieron patéticas, en su día, describiendo las cien maravillas que esperaban Afganistán gracias a la misión de la coalición antiterrorista. Las mujeres afganas, liberadas de los “burkas”, saldrían en top-less a las renovadas calles de Kabul. Los “demócratas” afganos repartirían los valores occidentales por todos los campos de amapola de su país. Las tribus pluralistas, gracias a la economía de mercado y el triunfo de los derechos humanos, comerían hot-dogs y cantarían con la mano en el corazón “América, América…”

Mientras tanto, el simple hecho de que Karzai llegara al poder con el apoyo extranjero ha hecho vulnerable su régimen, sea malo o bueno. Los afganos no soportan a los forasteros. Tampoco les gusta la presencia de las tropas occidentales a los vecinos de Afganistán. Irán está, por el momento, calladito, pero “tacita a tacita” ha soltado el “as” de su juego: el sanguinario Hekmatiar ya se encuentra en las estepas afganas. Promete a los occidentales una “yihad”, pero que no será chapucera, al estilo talibán. Una “yihad” de verdad, la que en su día ofreció a los soviéticos.

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