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Canonizar a Rasputin

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Rusia se ha sumergido en una nueva paranoia ideológica que pretende rellenar el vacío dejado por el hundimiento del comunismo. Un amplio movimiento popular de la Rusia más profunda insiste en que la Iglesia Ortodoxa canonice al monje Rasputin. A primera vista no se ve ninguna lógica en esta petición de los creyentes más fieles. Como se sabe, el perverso monje siempre ha sido un símbolo de la descomposición física y moral del régimen zarista cuyo inmovilismo y falta de responsabilidad abrió el camino a la revolución bolchevique de 1917.

El tristemente célebre Rasputin, medio payaso, medio criminal, entró en la historia como protagonista de las borracheras y orgías peterburguesas en los peores años de la Primera Guerra Mundial. Y también lideró un amplio sistema de corrupción y tráfico de influencias en la última etapa imperial. Fue asesinado en el invierno de 1916 por unos oficiales de la guardia, representantes de la alta nobleza rusa, preocupados por el futuro de la monarquía más que la propia familla imperial.

Para los activistas del movimiento pro-Rasputin, encabezado por los ultra-nacionalistas, todo esto es falso. Son mentiras de los judíos y los masones. Lo explican en centenares de folletos y páginas web que han surgido en los últimos años. Para el editor del periódico "Rusia Ortodoxa", Konstantin Dushenov, el monje "fue una buena persona que pagó por su bondad y su ortodoxia". Los iconos del Santo Rasputin, defensor de la Madre Rusia, se venden como churros. La versión histórica que proponen los activistas de este movimiento no es nada sofisticada: Rasputin pretendía salvar a Rusia con la ayuda de Dios, pero los judíos no le dejaron, le quitaron la vida y se hicieron con Rusia. Por supuesto, los judíos siguen apoderados del país generando todos los males. De ahí el empeño de canonizar a Rasputin, cuanto antes, para que sea el símbolo de la lucha antisemita.

La Iglesia Ortodoxa se opone por el momento a proclamar santo a este alcohólico y mujeriego, pero las presiones cada día son más fuertes, incluso en las filas de la propia Iglesia. Según los historiadores de la Iglesia, el movimiento ultra-ortodoxo y antisemita no es un fenómeno nuevo en Rusia. Apareció a principios del siglo XX con la crisis del imperio y provocó numerosos pogromos en las ciudades rusas cuyas víctimas fueron miles de judíos. Resucitó a finales de los 80 tras la destrucción del régimen comunista.

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