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¿Se atlantiza Rusia o se rusifica la OTAN?

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Cuanto más se acerca la fecha de la cumbre de la OTAN en Roma, donde se firmará un acuerdo que permita a los generales rusos darse paseos por la Alianza Atlántica como por su propia casa, más preguntas surgen. Mientras unos representantes europeos, más o menos escépticos, hablan de una “participación restringida”, otros, más optimistas, presentan una larga lista de “intereses comunes” con Rusia que incluyen las actividades más importantes de la Alianza: la lucha antiterrorista, la campaña contra la droga, misiones de paz y de ayuda humanitaria y hasta la defensa contra los misiles balísticos procedentes de los “países gamberros”. Se habla incluso de que Rusia podrá participar de forma activa en la toma de decisiones políticas en el seno de la OTAN.

Pero, ¿quién saldrá beneficiado de todo esto? Al parecer, en Moscú no hay dudas. Los espías del FSB (KGB en la versión post-bolchevique) bailan “kalinka” de alegría. Desde ahora no tendrán que seducir a las feas secretarias de los funcionarios de la OTAN para conocer los secretos: la Alianza tendrá que exponerles sus planes abiertamente para discutirlos y tomar decisiones por consenso.

Se dice que uno de los principales puntos de la futura colaboración será la lucha conjunta contra la proliferación de las armas de destrucción masiva. ¿Lucha contra quien? ¿No acaba de reiterar el secretario de Estado adjunto, John Bolton, que “Rusia y China son, sin duda, los mayores distribuidores” de tecnologías militares peligrosas? Al parecer, a partir del 28 de mayo –fecha de la cumbre de Roma– el Kremlin luchará contra sí mismo. Pero nos parece más probable otra versión. La Alianza tendrá que callarse sobre el tema para no enfadar a su nuevo socio. Igual que permanece muda sobre la guerra en Chechenia desde que Moscú se ha mostrado solidaria con la operación antitalibán.

No compartimos la ingenua opinión de que tener a Rusia en Bruselas es apoyar las tendencias prooccidentales que presuntamente dominan hoy en día en el Kremlin. No dominan, ni dominarán en el futuro próximo. Es ridículo imaginarse amaestrado y atlantizado al presidente Putin, alumno de la escuela KGBista. Si por el momento prefiere mantener cierto nivel de relaciones con Occidente, no muestra los dientes y se presenta como una paloma es debido a los problemas económicos que ha heredado de los diez años de anarquía en su país. Por cierto, para el consumo interno el presidente utiliza mensajes completamente distintos. Y es que, en realidad, Rusia no pretende abandonar ninguna de sus posiciones de siempre, ni a sus aliados y amigos de toda la vida, incluso a los que figuran en el “eje del mal”.

La industria militar rusa recupera sus posiciones. Se aprueban nuevos planes armamentistas y las doctrinas militares están muy lejos de ser pacifistas y prooccidentales. Putin aumenta los salarios a los militares y el presupuesto bélico crece a pesar de las dificultades económicas. Los generales “halcones” ya no protestan contra el poder como en los tiempos de Yeltsin, pero no pierden la ocasión para reiterar que la ampliación de la OTAN, el “potencial enemigo”, hacia el Este de Europa es un “peligro para Rusia”.

Mientras el ayudante del secretario general de la OTAN, Gunter Altenburg, redacta las últimas páginas del “acuerdo histórico”, una delegación oficial del parlamento ruso se encuentra en Bagdad para apoyar a Sadam Husein en su confrontación contra el mundo civilizado.

Y para los que todavía creen en la armonía ruso-atlantista, les recordaremos que el primer intento de atraer a Moscú a la Alianza, perpetrado en 1997, fracasó dos años después. Rusia “congeló” sus relaciones con la OTAN “indignada” por las medidas tomadas “de forma unilateral” contra el régimen de Milosevic, su fiel amigo. Pero ahora, Occidente ha optado por el cambio y tomará las decisiones por consenso. Su nuevo socio estará satisfecho. ¿Adónde vamos y dónde acabaremos con esta lógica?

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