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Una novia con dote

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Acabo de regresar de Praga, una ciudad preciosa en el corazón de Europa que ha sufrido recientemente unas ruinosas inundaciones. Los barrios ribereños del Moldava más dañados siguen todavía cerrados al transporte y al turismo. Sin embargo, el resto de la ciudad está lleno de vida y con la alegría de siempre. El propósito de mi viaje a Chequia, que no visitaba desde hace 3 años, no era sólo ver las consecuencias del desastre natural, por supuesto. Mi curiosidad se centraba en el nivel de preparación de esta nación para su próxima adhesión a la Unión Europea.

Desgraciadamente, muy pocas novedades he encontrado en este país al que se considera el mejor cualificado para ser socio de los Estados más industrializados del continente. El salario medio es sólo una décima parte de lo que cobra un español, mientras que los precios son casi iguales. La calidad de las mercancías, a excepción de algunos productos fabricados por empresas internacionales, es precaria. Según los datos oficiales, muchas ramas de la industria y de la agricultura siguen en crisis. Mientras tanto, lo único con lo que sueñan los trabajadores es con emigrar a Alemania o Austria para mejorar su nivel de vida. La prensa está llena de artículos sobre la corrupción en todos los niveles de la administración pública, mientras que los pocos inversores occidentales que se atreven a entrar en el mercado checo se quejan de una burocracia heredada del comunismo capaz de arruinar cualquier negocio y frenar cualquier progreso.

No obstante, esta “novia” de la Unión Europea, además de todo lo mencionado, tiene otra “dote” muy especial. Y es que en los últimos tres años se ha convertido en el principal enclave centroeuropeo de los turbulentos negocios rusos. Rusos, bielorrusos y ucranianos son ya más de medio millón de personas sobre una población nativa de diez millones. Controlan la construcción, la hostelería, el mercado del petróleo, de divisas, de ordenadores, y un largo etcétera. Además, poseen sus grandes empresas de compra-venta y grandes industrias. Hasta se dedican a vender el famoso cristal de Bohemia a Estados Unidos. Por supuesto, se trata de negocios cien por cien mafiosos, igual que en la propia Rusia. La todopoderosa mafia rusa no teme a la burocracia checa, porque la soborna y la convierte en su primer aliado. Y por si fuera poco, tras una serie de fracasos en Occidente, la mafia instaló en Chequia una de sus principales lavanderías: un sofisticado sistema de blanqueo de dinero sucio procedente de la venta de armas, material radioactivo, drogas, prostitución y extorsión.

Hoy en día, Praga parece más bien una capital del antiguo imperio bolchevique. El ruso es el idioma casi oficial; es el más hablado después del checo. Los anuncios en el aeropuerto y en muchos otros lugares públicos están en ruso. Todos los mafiosos viven legalmente y muchos ya tienen comprada la doble nacionalidad. Eso les servirá para “integrarse” sin problemas y cuanto antes en la UE, porque el propósito de todo este montaje es, precisamente, entrar por las malas en Europa, ya que por las buenas no les dejan. Así pues, la mafia rusa está preparada para la integración. La única pregunta es si Europa está dispuesta a recibirla. El presidente ruso, Vladimir Putin, piensa que sí. Acaba de dirigir una carta a la Comisión Europea pidiendo la entrada libre, sin visados, de los rusos en los países occidentales. Tiene toda la razón el buen hombre. Sabe de sobra que, muy pronto, los visados no servirán para nada. No habrá barreras para detener a la mafia rusa. Él está seguro. Es de la casa.

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