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Por qué el semáforo es rojo, amarillo y verde

El ingeniero John Peake Knight ideó en 1868 un sistema de lámparas de gas en Londres que sentó las bases de la actual regulación vial urbana.

La semáforos en verde se comparan con la actitud de la defensa del Madrid durante el partido ante el PSG. | X

Cada día millones de conductores y peatones obedecen sin cuestionarlo un código universal: rojo para detenerse, verde para avanzar y amarillo como advertencia. Lo que pocos saben es que este sistema no nació para ordenar coches, sino locomotoras de vapor. Su origen se remonta a la Inglaterra del siglo XIX, cuando el ferrocarril avanzaba a mayor velocidad que las normas de seguridad.

El primer semáforo fue diseñado por el ingeniero ferroviario John Peake Knight y se instaló en Londres el 9 de diciembre de 1868, frente al Parlamento de Westminster. Aquel dispositivo poco tenía que ver con los actuales: funcionaba con lámparas de gas y brazos mecánicos que imitaban los gestos de un agente de tráfico. Mostraba luces rojas y verdes para que carruajes y peatones pudieran orientarse también de noche. Irónicamente, el prototipo explotó semanas después, hiriendo al policía que lo operaba y frenando temporalmente su expansión.

El rojo: visible y universal

La elección del rojo no fue casual. En el ámbito ferroviario ya se utilizaba para indicar peligro y detención. Culturalmente asociado a la sangre y la alerta, ofrecía además una ventaja técnica decisiva: es el color con mayor longitud de onda del espectro visible. Eso significa que se percibe a mayor distancia y se dispersa menos en condiciones adversas como niebla o lluvia. Para un maquinista del siglo XIX, ver la señal con antelación era cuestión de seguridad.

En los primeros sistemas británicos, el blanco indicaba "vía libre". Pero la decisión resultó problemática. Si una lente roja se rompía, la luz blanca interior podía interpretarse erróneamente como autorización para avanzar. Un accidente en 1914 evidenció ese riesgo y forzó la sustitución del blanco por el verde como señal de paso.

El verde cambia de significado

Curiosamente, el verde no siempre significó avanzar. En los inicios del ferrocarril indicaba precaución. Sin embargo, la confusión con el blanco y varios incidentes llevaron a redefinir su función. Con buena visibilidad y claramente distinguible del rojo, pasó a simbolizar vía libre.

Cuando el tráfico urbano comenzó a multiplicarse a comienzos del siglo XX, las ciudades heredaron este esquema ferroviario. En 1914, el estadounidense James Hoge instaló en Cleveland el primer semáforo eléctrico, con solo dos colores: rojo y verde.

El ámbar, el color intermedio

La creciente velocidad de trenes y automóviles reveló un problema: el salto directo de verde a rojo dejaba poco margen de reacción. Era necesario un aviso previo. Así surgió la luz amarilla o ámbar, escogida por su alta visibilidad y por situarse, tanto simbólica como ópticamente, entre el rojo y el verde.

En 1920, William Potts, oficial de policía en Detroit, incorporó la tercera luz al semáforo urbano. Con ella, los conductores disponían de unos segundos para anticipar la detención y evitar frenazos bruscos. El sistema tricolor quedó consolidado y se extendió por todo el mundo.

De Londres al mundo

El paso definitivo del ferrocarril al asfalto fue una adaptación natural. El código cromático ya había demostrado su eficacia en la gestión de convoyes de toneladas de acero; aplicarlo al tráfico rodado era una cuestión de lógica. Con el tiempo, el semáforo se perfeccionó tecnológicamente, pero su lenguaje visual permaneció intacto.

Hoy el rojo sigue imponiendo el alto por su potencia simbólica y física; el amarillo alerta y regula la transición; y el verde permite avanzar. Más de un siglo después, aquel sistema ideado para locomotoras continúa marcando el ritmo de nuestras ciudades. Lo que comenzó sobre raíles terminó gobernando el asfalto, demostrando que algunas soluciones del pasado siguen iluminando el presente.

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