L D (EFE) Las forenses han comparecido este martes en el juicio que se sigue en la Audiencia de Tarragona contra Juan Miguel C., de 48 años, y han ofrecido detalles del fallecimiento de la menor y de las posibles causas, así como las conclusiones del informe psicológico realizado sobre el imputado.
Según han declarado las forenses, la menor falleció, con toda probabilidad, a consecuencia de los daños físicos que, presumiblemente, le ocasionó el acusado al agredirla sexualmente, ya fuese por el "shock" traumático ocasionado por el dolor de las lesiones o por la hemorragia que las mismas le causaron. No obstante, los forenses han apuntado que "tras un año -ya que el cuerpo de la niña fue hallado once meses después de su desaparición- no se pueden establecer las reacciones vitales que le provocaron el fallecimiento. No hay ningún dato concluyente".
En este sentido, las responsables del informe anatómico han añadido que no se puede descartar que la muerte se produjese por asfixia, ya que el cadáver presentaba marcas en un costado del cuello, las cuales también podría haber producido su asesino al intentar acallar sus gritos. Pese a todo, la hipótesis más plausible es, según las forenses, que la pequeña fuera atada con una cuerda a la cama de Juan Miguel C., donde falleció a consecuencia de una brutal agresión sexual, ya que se halló una gran mancha de sangre y líquidos de putrefacción de la víctima en una colcha y en el colchón.
Esta secuencia de los hechos desbarataría el principal argumento de la defensa, que sostiene que Tamara Navas fue asesinada en otro lugar por una tercera persona, la cual, aprovechando que el acusado siempre tenía la puerta de su casa abierta, habría abandonado el cuerpo sobre la cama de su cliente.
La principal duda que puede pesar sobre el tribunal popular que juzga el caso es que no se han encontrado rastros biológicos del acusado en el cadáver de la menor ni en el resto de elementos analizados, aunque "el paso del tiempo impide el hallazgo de ADN de otras personas". Las uñas son la única excepción, pero las forenses tampoco hallaron ADN del procesado en las de Tamara Navas, donde únicamente había restos de PVC, algodón y fibras acrílicas, han señalado las doctoras, quienes prácticamente han descartado que más de una persona interviniese en los hechos.
Durante la declaración de los peritos también se han presentado los distintos informes psicológicos y psiquiátricos sobre el acusado, que concluyen que, tras ser detenido, se le detectó un síndrome depresivo y una adicción al alcohol y a las drogas, pero que no sufre ningún trastorno de personalidad. Las psicólogas, que han descrito al acusado como una persona "fría, muy narcisista y pobre afectivamente hablando", han asegurado que el acusado tiene un coeficiente intelectual que se ajusta a la normalidad y que su voluntad y conciencia no están alteradas, por lo que "es capaz de discernir entre el bien y el mal".
Según han declarado las forenses, la menor falleció, con toda probabilidad, a consecuencia de los daños físicos que, presumiblemente, le ocasionó el acusado al agredirla sexualmente, ya fuese por el "shock" traumático ocasionado por el dolor de las lesiones o por la hemorragia que las mismas le causaron. No obstante, los forenses han apuntado que "tras un año -ya que el cuerpo de la niña fue hallado once meses después de su desaparición- no se pueden establecer las reacciones vitales que le provocaron el fallecimiento. No hay ningún dato concluyente".
En este sentido, las responsables del informe anatómico han añadido que no se puede descartar que la muerte se produjese por asfixia, ya que el cadáver presentaba marcas en un costado del cuello, las cuales también podría haber producido su asesino al intentar acallar sus gritos. Pese a todo, la hipótesis más plausible es, según las forenses, que la pequeña fuera atada con una cuerda a la cama de Juan Miguel C., donde falleció a consecuencia de una brutal agresión sexual, ya que se halló una gran mancha de sangre y líquidos de putrefacción de la víctima en una colcha y en el colchón.
Esta secuencia de los hechos desbarataría el principal argumento de la defensa, que sostiene que Tamara Navas fue asesinada en otro lugar por una tercera persona, la cual, aprovechando que el acusado siempre tenía la puerta de su casa abierta, habría abandonado el cuerpo sobre la cama de su cliente.
La principal duda que puede pesar sobre el tribunal popular que juzga el caso es que no se han encontrado rastros biológicos del acusado en el cadáver de la menor ni en el resto de elementos analizados, aunque "el paso del tiempo impide el hallazgo de ADN de otras personas". Las uñas son la única excepción, pero las forenses tampoco hallaron ADN del procesado en las de Tamara Navas, donde únicamente había restos de PVC, algodón y fibras acrílicas, han señalado las doctoras, quienes prácticamente han descartado que más de una persona interviniese en los hechos.
Durante la declaración de los peritos también se han presentado los distintos informes psicológicos y psiquiátricos sobre el acusado, que concluyen que, tras ser detenido, se le detectó un síndrome depresivo y una adicción al alcohol y a las drogas, pero que no sufre ningún trastorno de personalidad. Las psicólogas, que han descrito al acusado como una persona "fría, muy narcisista y pobre afectivamente hablando", han asegurado que el acusado tiene un coeficiente intelectual que se ajusta a la normalidad y que su voluntad y conciencia no están alteradas, por lo que "es capaz de discernir entre el bien y el mal".
