L D (EFE)
Publicado por la Residencia de Estudiantes en edición de James Valender y presentado en Sevilla la semana pasada como cierre de los actos del centenario que se celebró el año pasado, el "Epistolario" de Luis Cernuda, que sostuvo con los miembros de su generación poética y otros escritores españoles y americanos, ofrece la imagen de un hombre solitario que justifica su fama de maldito.
Del Nobel Juan Ramón Jiménez, a quien llega a tildar de "viejo repulsivo" por haber atacado a Vicente Aleixandre, dice, en carta remitida desde Estados Unidos en 1948 a Pedro Salinas: "Sin duda creía que la poesía española terminaba con él, y le parece de mal gusto que otros escriban versos después de haber él escrito los suyos".
Pero los denuestos de Cernuda también alcanzan a Salinas, de quien escribe: "El descomunal Salinas, descomunal sólo materialmente, porque espiritualmente es bastante petite chose", y a otros de su generación, como Dámaso Alonso, de quien dice: "Creo que ahí tenéis a dicho señor por una gran figura literaria, y para mí es, como siempre, una pomposa nulidad".
En 1948 escribe desde EEUU: "Sé que Salinas habla de romanticismo con respecto a mí, pero con toda su benevolencia y condescendencia para conmigo, él, como Guillén, como Dámaso Alonso, pertenece a otra generación, y ya no alcanza este mundo en el cual nos debatimos, intentando expresarlo, realizarlo".
Sobre la decrepitud de los miembros de su generación escribe en 1951, "Manolo Altolaguirre, dedicado a la producción de películas, no es ya Manolo Altolaguirre. Qué pena esta destrucción con la edad de lo mejor que había en nosotros (...) Altolaguirre convertido en hombre de negocios; Emilio Prados convertido en una ruina física y moral. Y yo, sabe Dios en lo que me he convertido."
En sus cartas a amigos y colegas, Cernuda llama "cafre" a Menéndez Pidal y "pedante" a María Zambrano, presume de no leer a Hemingway y Arturo Barea e incluye párrafos como éste de 1928: "Es verdad que a Villalón le gustan Lorca, Alberti y alguna otra cosa igualmente enmerdeuse. Pero ya sabe usted: Lo que ostenta esa cualidad goza en España de un favor que no vacilo en calificar de maternal... Y lo peor no es que se respete a Juan Ramón Jiménez sino que se respete también a Ortega, Miró o cualquier otro carcamal somnífero".
O este que le escribe a Gerardo Diego en 1931: "Está en Madrid la antigua amiga de Fernando Villalón. Me dice que todos los manuscritos del mismo pasaron a poder de ese individuo a quien llaman Sánchez Mejías; que le ha pedido repetidas veces que se los devuelva, siendo difícil él editarlos, para guardarlos ella misma. El tal tipo no le hace caso y por último le dice que se los ha dado a Cossío (...) En este caso, usted que quería a Villalón, ciertamente y no como Bergamotta, Albertini (por Bergamín y Alberti) y otros comparsas".
De su postura política no deja duda en esta carta del exilio, en 1942: "Sólo el nombre de franquista basta para levantar una ola de asco y repulsión en mis sentimientos. Para mí el levantamiento es el responsable no sólo de la muerte de miles de españoles, de la ruina de España y de la venta de su futuro, sino que todos los crímenes y delitos que puedan achacarse a los del lado opuesto fueron indirectamente ocasionados también por los franquistas. El pueblo es ciego y brutal, todos lo saben, por eso no debe dársele ocasión a que se manifieste como tal, ni provocarle."
En 1950, desde Estados Unidos, escribe a José Luis Cano: "Yo en realidad no conocía a Emilio Prados, aceptaba sin discutirla su leyenda. Y ahora, que tengo más años, al encontrarle me parece que la leyenda, excepto en lo menos favorable, no corresponde a la realidad", por lo que no es de extrañar que semanas más tarde le cuente a Juan Gil-Albert: "En menos de un año Ramón Gaya, Emilio Prados, Concha de Albornoz, por unas razones o por otras, no son ya amigos míos".
Del Nobel Juan Ramón Jiménez, a quien llega a tildar de "viejo repulsivo" por haber atacado a Vicente Aleixandre, dice, en carta remitida desde Estados Unidos en 1948 a Pedro Salinas: "Sin duda creía que la poesía española terminaba con él, y le parece de mal gusto que otros escriban versos después de haber él escrito los suyos".
Pero los denuestos de Cernuda también alcanzan a Salinas, de quien escribe: "El descomunal Salinas, descomunal sólo materialmente, porque espiritualmente es bastante petite chose", y a otros de su generación, como Dámaso Alonso, de quien dice: "Creo que ahí tenéis a dicho señor por una gran figura literaria, y para mí es, como siempre, una pomposa nulidad".
En 1948 escribe desde EEUU: "Sé que Salinas habla de romanticismo con respecto a mí, pero con toda su benevolencia y condescendencia para conmigo, él, como Guillén, como Dámaso Alonso, pertenece a otra generación, y ya no alcanza este mundo en el cual nos debatimos, intentando expresarlo, realizarlo".
Sobre la decrepitud de los miembros de su generación escribe en 1951, "Manolo Altolaguirre, dedicado a la producción de películas, no es ya Manolo Altolaguirre. Qué pena esta destrucción con la edad de lo mejor que había en nosotros (...) Altolaguirre convertido en hombre de negocios; Emilio Prados convertido en una ruina física y moral. Y yo, sabe Dios en lo que me he convertido."
En sus cartas a amigos y colegas, Cernuda llama "cafre" a Menéndez Pidal y "pedante" a María Zambrano, presume de no leer a Hemingway y Arturo Barea e incluye párrafos como éste de 1928: "Es verdad que a Villalón le gustan Lorca, Alberti y alguna otra cosa igualmente enmerdeuse. Pero ya sabe usted: Lo que ostenta esa cualidad goza en España de un favor que no vacilo en calificar de maternal... Y lo peor no es que se respete a Juan Ramón Jiménez sino que se respete también a Ortega, Miró o cualquier otro carcamal somnífero".
O este que le escribe a Gerardo Diego en 1931: "Está en Madrid la antigua amiga de Fernando Villalón. Me dice que todos los manuscritos del mismo pasaron a poder de ese individuo a quien llaman Sánchez Mejías; que le ha pedido repetidas veces que se los devuelva, siendo difícil él editarlos, para guardarlos ella misma. El tal tipo no le hace caso y por último le dice que se los ha dado a Cossío (...) En este caso, usted que quería a Villalón, ciertamente y no como Bergamotta, Albertini (por Bergamín y Alberti) y otros comparsas".
De su postura política no deja duda en esta carta del exilio, en 1942: "Sólo el nombre de franquista basta para levantar una ola de asco y repulsión en mis sentimientos. Para mí el levantamiento es el responsable no sólo de la muerte de miles de españoles, de la ruina de España y de la venta de su futuro, sino que todos los crímenes y delitos que puedan achacarse a los del lado opuesto fueron indirectamente ocasionados también por los franquistas. El pueblo es ciego y brutal, todos lo saben, por eso no debe dársele ocasión a que se manifieste como tal, ni provocarle."
En 1950, desde Estados Unidos, escribe a José Luis Cano: "Yo en realidad no conocía a Emilio Prados, aceptaba sin discutirla su leyenda. Y ahora, que tengo más años, al encontrarle me parece que la leyenda, excepto en lo menos favorable, no corresponde a la realidad", por lo que no es de extrañar que semanas más tarde le cuente a Juan Gil-Albert: "En menos de un año Ramón Gaya, Emilio Prados, Concha de Albornoz, por unas razones o por otras, no son ya amigos míos".
