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Nadie espere más para juzgar a Obama. Todo está contenido en el discurso de la toma de posesión. Estados Unidos está en guerra. Estados Unidos está en crisis económica. Estados Unidos pasa por uno de los inviernos más crueles de su historia. Ha llegado la hora de levantarse. Ha sido un grandioso espectáculo. También ha sido un magnífico discurso. Política en estado puro. Millones de seres humanos se han entusiasmado al observar, o mejor, en participar democráticamente en esa toma de posesión. Casi todo es destacable. Todo puede comentarse. Y criticarse. Me ha impresionado su crítica al dogma, a la clasificación, para eliminar al adversario. Seguridad e ideales pueden convivir. Sin patriotismo y religión nada puede alcanzarse.
Pero, hoy, me quedo con lo decisivo de su discurso: la validez de los principios. Sólo un político con principios sólidos puede responsabilizarse con su tradición y, sobre todo, reconocer con humildad y orgullo que Estados Unidos está en guerra y recesión económica. Impresionante ha sido su defensa del mercado y de la "guerra justa" como principios civilizadores. He ahí la grandiosa acción política de Obama. Su mayor acto político, independientemente de los logros o fracasos de su mandato, está contenido en su discurso de la toma posesión de la presidencia de los Estados Unidos. El mismo Obama es el cambio. Obama, el primer presidente negro de Estados Unidos, ha prometido proseguir la tradición de una nación fundada en la libertad y la igualdad de todos los seres humanos ante la ley.
Obama, en efecto, no ha apelado retóricamente a la unidad, sino que la unidad de ese pueblo ha sido el fundamentado de su discurso. Como un nuevo Pericles, en el discurso fúnebre por los atenienses caídos en la guerra del Peloponeso, Obama prosigue la tradición democrática de Estados Unidos: "Nuestra herencia es una fortaleza no una debilidad", o sea, nuestro sistema político, lejos de envidiar las leyes de nuestros vecinos, es un sólido ejemplo para quienes quieran imitarlo.
Aunque es imposible en Estados Unidos tratar los valores democráticos al margen de los religiosos y morales, creo que ningún presidente de esta páis había conseguido vincular con tanta vehemencia religiosa, como ha hecho Obama en este discurso, la tradición democrática y las convicciones morales. Su brillante discurso político parecía, por momentos, más propio de un predicador que de un orador. Tened esperanza, ha dicho Obama. ¡Esperanza y confianza! ¡Esperanza y creencia! Esperanza, sí, pero no porque existan otros más desesperados que el pueblo de los Estados Unidos, sino porque ese pueblo ha aprendido a salir de las guerras gracias a su tradición democrática y moral fundada, repito, en la unidad del pueblo con un fin común.
Les ha recordado a sus compatriotas el duro invierno de la fundación de Estados Unidos. Recordad, recordad y recordad, ha insistido Obama, la dureza de los inicios para superar los terribles nubarrones del presente. Obama ha dejado claro, desde el principio hasta el final de su intervención, que su novedad, la actualidad de su presidencia, reside en proseguir la tradición democrática basada en fuertes principios morales y religiosos. No es un relativista a la moda populista. Las creencias, los valores y las costumbres no son equivalentes. Pues que sólo un político de esas fuertes convicciones religiosas puede reconocer a todo su pueblo, al mundo entero, que Estados Unidos es una nación en guerra y en recesión económica. Sólo alguien profundamente anclado en los valores tradicionales de su nación puede pedir responsabilidad y esfuerzo a su pueblo para salir de la crisis. Sólo alguien que defiende a la nación como hecho moral –"Estados Unidos es más grande que la suma de las partes"– puede exigir imaginación para crear nuevos instrumentos que lleven a cabo las ideas de los padres fundadores.
Obama, sí, es la antitesis del populismo grosero de Zapatero.
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