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Sobre el carácter enfático del pronombre "yo", José Antonio Martínez Pons se refiere al famoso J’accuse! de Emilio Zola, una carta así titulada (con el ánimo de que se publicara), dirigida al presidente de la República, Félix Faure. Añado que el señor Faure es hoy un perfecto desconocido y don Emilio ha pasado a la gloria cultural y política. Es evidente, como arguye don José Antonio, que la versión española tenía que ser "Yo acuso". Recuerdo que un famoso artículo de Rafael Calvo Serer en el periódico Madrid se tituló conscientemente "Yo también acuso". Hubiera quedado muy pálido escribir "También acuso".
Rosario Martínez Barranco defiende que el famoso "yo acuso" de Zola es una mala traducción. "Debería haberse traducido como acuso sin más, puesto que el "yo" es prescindible en castellano". No estoy de acuerdo. El "yo acuso" confiere todo el énfasis que seguramente le dio Zola en el original. El "yo" es prescindible en español, pero se puede mantener cuando convenga. En ese caso conviene.
Hug Banyeres me envía unas eruditas precisiones gramaticales que difundo con mucho gusto:
El uso del "yo", sin duda abusivo algunas veces, tiene su raíz en el latín, donde sólo se usa cuando se quiere señalar o resaltar especialmente. Tiene en latín cierto matiz enfático que tal vez no sea tan fuerte, ni tan solemne en nuestro uso; según se mire, porque cuando Dios dice a Moisés "Yo soy el que soy", la cuestión tiene bríos (léase cojones). En el castellano de que gusto disfrutar me parece más moderado, simplemente como señal o signo de la persona, pero en general sin el tono enfático del latín. Sin que el uso enfático pierda su legitimidad, bien administrado. El "no fumar" es también un trasplante legítimo, y rico, del latín en el uso del infinitivo, y resulta una fórmula que no se puede estrictamente calificar de imperativa, aunque si; pero mejor indicativa. Por algo el infinitivo es indeterminado, incluso en el tiempo, porque un presente perpetuo, no se sabe si empezó o va terminar. Analice con su agudo sentido del humor la expresión "fumar, no", en vez de "no fumar". En cuanto a "este hijo no me come nada", no tiene origen leonés ni castellano sino que es el trasunto del llamado dativo ético del latín, pasado a todas las lenguas romances que conozco.
Añado que el uso del "yo" puede tener diversas capacidades expresivas. Por ejemplo, el "vamos, digo yo", con que se refuerza una oración polémica. Lo que yo llamo "imperativo mitigado" a través del infinitivo puede significar también una obligación o tarea impuesta. Por ejemplo, el rótulo que se coloca a la visa en la cocina: "Mañana llamar al fontanero". No me parece que sea un mal uso de la lengua. Cuando me despido de los alumnos, al final de la clase, digo "pasarlo bien". Sería enfático y grandilocuente decir "pasadlo bien".
José María Navia-Osorio viene en mi ayuda respecto a mi invento del "imperativo mitigado". Su receta sería: "El imperativo mitigado se precedería por debe… (sentarse, callarse, etc.), en tanto que el imperativo clásico se precedería de le ordeno que… (se siente, se calle, etc.)". Por ahí va la cosa.
Javier Cabedo me llama la atención sobre a advertencia de "sin previo aviso" que tanto le gusta a la Literatura burocrática. Don Javier opina que es una redundancia, pues el aviso siempre es previo al acto que se anticipa. Tiene razón, aunque más bien se trataría de un pleonasmo, esto es, la introducción de un vocablo innecesario ("previo"). Pero muchos pleonasmos son útiles porque añaden expresividad a la frase. Es el caso que nos ocupa. Está también la utilidad de las formas ya troqueladas. Por ejemplo, "al día de hoy". Basta con "hoy", pero "al día de hoy" confiere un especial dramatismo o seriedad, que es de lo que se trata. En todos esos casos lo que hay que hacer es no abusar.
Carlos Buil Muzás (cocinero) me hace varias preguntas:
- "¿Se siguen separando con un guión las palabras compuestas?". Naturalmente que sí, y cada vez más, quizá por influencia del inglés. Pero en inglés las palabras suelen ser cortas. En español abundan las palabras largas, por lo que, al enlazarlas con un guión, pueden resultar sesquipedálicas. Por ejemplo, "el Gobierno socialista-comunista-nacionalista". César Vidal dice "nacionalsocialista" y ya está bien. Debe tenerse en cuenta que, en muchos casos, ese guioncito separa más que une. Por ejemplo, "el conflicto euro-islámico" o "la cultura hispanoamericana".
- "Teniendo la palabra restaurante, ¿se debe utilizar la de restaurant?". En su origen lo de "restaurar" como metáfora de "comer" fue más bien una broma comercial, pero tuvo éxito. Ya no podemos retroceder. No vamos a llamar refectorios a los restaurantes. Desde luego, suena mejor restaurante que restaurant, y no digamos que restorán o restaurán.
- "¿Al empresario hostelero se le puede llamar restaurador?". Fue un poco cursi en su origen, pero ya es común. No importa que se confunda con restaurador de piezas de artesanía o artísticas. La polisemia es la gracia del lenguaje.

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