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"Pero ¿qué está pasando?"

Algunos nos llevamos un disgusto cuando decidió no dar un paso adelante en el congreso de Valencia.

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Mi hija Lara me llama desde Texas y me espeta al otro lado del hilo telefónico: "¿Te has enterado de que Esperanza Aguirre ha dimitido? Lo he sabido en medio de clase y casi rompo a llorar. Pero ¿qué está pasando?".

Conocí a Esperanza Aguirre hace ya unos cuantos años. Fue en aquellas inolvidables –y extintas– jornadas liberales que tenían como lugar de encuentro Albarracín, jornadas en las que me encontré también con Vargas Llosa, con Javier Rubio, con Campillo, por supuesto, con Federico que me había invitado y con otra gente que luego ha seguido en el camino del liberalismo o ha entrado en el de la locura digna de tratamiento. Creo recordar que Esperanza era entonces ministra, pero no pronunció ninguna ponencia. Éramos tan pocos los liberales que su presencia entre nosotros se debía más a la solidaridad que a cualquier otra razón.

Yo sí tuve una ponencia. Partiendo de la documentación soviética, mostré cómo la URSS había fracasado estrepitosamente en todos los aspectos del bienestar con que lleva llenándose la boca la izquierda desde hace décadas. A la mañana siguiente, Esperanza desayunó conmigo y me contó que estaba leyendo La ocasión perdida e incluso me comentó algunas cuestiones jurídicas sobre Rusia indagando mi opinión. ¡Una política que leía y que no venía de la cuota! ¡Impresionante! Sin embargo, debo decir que la más subyugada fue Lara que, durante varias semanas, insistió en que, de mayor, quería ser Esperanza Aguirre. Esperanza todavía no había dado de sí –ni mucho menos– lo mejor de sí.

Lo haría al frente de la Comunidad de Madrid. Lo haría aplicando las viejas y eficaces recetas liberales y lo haría como los liberales de verdad, sin complejos y riéndose del raquitismo intelectual de la izquierda. Los progres siempre la odiaron. No podía ser menos. Pretendiendo tener el monopolio de la cultura –si acaso de la subvención– Esperanza sí que sabía inglés y además había leído. Acostumbrados a los que se inclinan de día y de noche ante ellos, Esperanza les plantaba cara con la fuerza que sólo proporciona la convicción. Enfermos de complejo de superioridad, Esperanza dejó de manifiesto que nadie como ella había gobernado Madrid y colocó a la Comunidad a la cabeza más que merecida de España. Podían decir lo que quisieran una señora hija de golpista trasmutada en progre o Fostiatus, en medio de la crisis, Esperanza no recortó servicios, logró que la economía creciera e incluso que se creara empleo, no endeudó a la comunidad a semejanza de otros compañeros de partido como Camps o Gallardón y dejó de manifiesto que para gobernar bien no hay que ser un bocazas victimista al estilo de Arzallus, de Pujol o de Mas. No sólo eso.

Se atrevió a decir lo que nadie quería decir: que los liberados sindicales no podían seguir viviendo a costa del contribuyente, que el estado actual de las autonomías no es sostenible o que había que devolver competencias al poder central. Era la mejor y todos –a izquierda y derecha– lo sabían, precisamente por eso algunos nos llevamos un disgusto cuando decidió no dar un paso adelante en el congreso de Valencia y permitió que Rajoy hiciera del PP lo que es ahora, un amasijo incapaz de sacarnos de la crisis, de plantar cara a nacionalismos que además de periféricos son criminales y de dar la batalla a una izquierda cada vez más descerebrada.

Creo que la última vez que la vi fue en mi programa y algo antes en la presentación de la Historia de España que firmamos Federico y yo. Ambos gestos fueron una manifestación de valor. Hace apenas unas horas ha anunciado que se va. No tengo la menor duda de que tiene razones poderosas aunque, gracias a Dios, parece que no es cuestión de salud. Sólo tengo palabras de gratitud para lo que ha hecho estos años y mi único deseo sería que regresara. Pero, desde el realismo, me indago acerca de qué será de Madrid frente a un Rajoy más que capaz de doblar la rodilla ante esa forma de bandolerismo político que es el nacionalismo catalán y, sobre todo, como mi hija, me pregunto: pero ¿qué está pasando?

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