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Secuestros indefinidos

Entre las prácticas delictivas y bélicas se destacan algunas especialmente repugnantes. Entre ellas ocupa un lugar más que destacado el secuestro. Práctica habitual no sólo en grupos de delincuentes sino también en organizaciones terroristas, su finalidad es obtener mediante la liberación de las víctimas algún rendimiento económico o político. Sin embargo, durante las últimas décadas, el terrorismo islámico ha llevado a cabo secuestros cuyos réditos han descansado más bien en los efectos de mero terror, un terror que arranca de su duración indefinida. Seguramente el caso más conocido es el de Terry Waite, un negociador con experiencia en la liberación de rehenes, que fue secuestrado en 1987 en el Líbano. Waite – que era odiado por personajes como Jomeini o el coronel Qadafi – pasó en cautividad 1760 días sufriendo los primeros cuatro años de secuestro en un aislamiento total. La terrible experiencia de Waite no ha resultado, sin embargo, excepcional. Durante su misma época, un periodista llamado Terry Anderson desaparecía en similares circunstancias en el curso de la guerra del Libano. Anderson pasaría en cautividad más de seis años y sus captores tendrían la humorada de obligarle a aparecer en videos donde el reportero suplicaba a su padre que se ocupara de su hija por la sencilla razón de que ignoraba que su progenitor hacía muerto ya tiempo atrás.

Desgraciadamente, la práctica de los secuestros indefinidos no acabó con la guerra del Líbano. El sábado 7 de octubre de 2000, a la una y treinta y cinco del mediodía, un jeep que llevaba en su interior a los soldados israelíes Adi Avitan, Benny Avraham y Omar Souad – este último un árabe beduino – llegó a las inmediaciones de la frontera, a unos tres kilómetros al sur de la población de Shebaa. Unas explosiones repentinas detuvieron el avance del vehículo y cuando se disipó el humo causado por el fuego artillero los tres soldados habían sido ya secuestrados por terroristas de Hizbullah que habían atravesado previamente la frontera de Israel. El hecho revestía de por sí una considerable gravedad porque los terroristas habían utilizado para su acto vehículos con las insignias de la ONU y además a unos centenares de metros se hallaba un destacamento de tropas de esta organización de nacionalidad india que, curiosamente, había llegado a permitir que un civil filmara en video el secuestro. El jeque Nasrallah confirmó la autoría del rapto por parte de Hizbullah. La ONU negaría, primero, la posibilidad de tener en su poder una cinta de video donde aparecían imágenes de los secuestrados para reconocer el 5 de julio de 2001 no sólo su existencia sino también la inquietante circunstancia de que había sido filmada 18 horas después de los hechos y nada menos que por un soldado indio de la fuerza de intervención de las Naciones Unidas. Ante la lógica reclamación israelí, al día siguiente, la organización de las Naciones Unidas manifestó su voluntad de entregar una copia de la cinta a Israel pero con los rostros de los terroristas oscurecidos para evitar supuestamente la posibilidad de que fueran objeto de persecución. Sin embargo, la posible colaboración de fuerzas de la ONU con terroristas islámicos – un fenómeno presuntamente repetido con cierta asiduidad durante y después del conflicto del Líbano – casi parece un asunto menor cuando se menciona sobre el telón de fondo de los secuestros como simple medida de terror, un terror, desde luego, inquebrantable y despiadado. Hasta la fecha, no se ha dado ninguna mediación internacional que haya tenido éxito – incluída la del anterior ministro español de asuntos exteriores Josep Piqué – a la hora de obtener la liberación de los cautivos y, lamentablemente, la situación de estos desaparecidos en combate no resulta excepcional. Las víctimas de este tipo de secuestros indefinidos en los que no se pide nada a cambio han sido varias en los últimos años formando parte de ellas no sólo militares israelíes – judíos o no - sino también occidentales guiados por las mejores intenciones humanitarias. Los terroristas ni afirman ni niegan haber perpetrado los hechos. Tan sólo mantienen a las víctimas en una especie de nevera de donde pueden sacarlos – pasados cinco, seis y hasta dieciséis años – cuando así convenga a sus intereses. Me informan de que los familiares de los soldados israelíes a los que hecho referencia han adoptado como emblema un lazo azul, el mismo que contemplaron un día en las imágenes televisivas de las manifestaciones españolas contra ETA. A nadie debería extrañarle. La lucha contra el terrorismo debería ser una y la misma en las Vascongadas y en Afganistán, en Israel y en Colombia, en Líbano y en Argelia.

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