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El Guadalquivir y otras batallas fluviales

En Andalucía ha estallado una crisis política tremenda tras verse desposeído su Gobierno de esas preciadas aguas territoriales. Ya vemos a sus políticos en pose victimista: ¡nos lo han quitado! Pues pónganle puertas al río, como se las ponen al campo.

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Hay quien sostiene que el nacionalismo recubre aquí localismos ancestrales y que su desembocadura natural es el cantón, un fenómeno que brindó a la posteridad escenas violentas e hilarantes. Así, la guerra entre dos potencias extranjeras como Cartagena y Alicante, y las graves advertencias de la nación independiente de Jumilla a su peligrosa vecina, la murciana. Pero, bien mirado, no son muchas las diferencias esenciales entre aquella eclosión decimonónica de particularismos y vendettas provincianas y las pueriles batallas que hoy libran las autonomías con el Estado central y entre ellas. La lucha por la propiedad de los ríos, que tienen la mala costumbre de no conocer fronteras, ha sido la faceta más ridícula de esa rivalidad de todos contra todos desatada por intereses espurios..

El Constitucional acaba de liquidar las ambiciones fluviales que Andalucía y Castilla y León habían plasmado en leyes orgánicas en relación al Guadalquivir y al Duero, y en detrimento tanto del bien común como del menos común de los sentidos. Se habían hecho con competencias exclusivas sobre el líquido elemento, que es además un elemento escaso en gran parte de España, y el alto tribunal entiende que tales atribuciones son inconstitucionales. En realidad, lo podía entender cualquiera, esto es, cualquiera que no se rindiera a la cateta demagogia, que presenta esa apropiación indebida como una cuestión de orgullo y honor regionales. ¡El Guadalquivir es nuestro y solo nuestro! Curioso que en un país donde muchos creen, y no sólo aquella ministra, que el dinero público no es de nadie, se tenga tan claro que el dueño de los ríos es una comunidad autónoma. Pero así es, y en Andalucía ha estallado una crisis política tremenda tras verse desposeído su Gobierno de esas preciadas aguas territoriales. Ya vemos a sus políticos en pose victimista: ¡nos lo han quitado! Pues pónganle puertas al río, como se las ponen al campo.

No querían compartir los ríos, pero el delirio fluvial ha sido compartido. Las piezas inconstitucionales se aprobaron con la notoria aquiescencia de los dos grandes partidos y las Cortes les dieron su placet tan tranquilas, a ver si colaba la burla a la ley y a los intereses generales. Nada como esta pugna acuática revela la cara grotesca de los Estatutos de segunda generación que propulsó Zapatero y bendijo Rajoy allí donde convenía a los suyos. Y nada muestra más gráficamente hasta qué punto se ha extendido la miseria moral que era patrimonio del nacionalismo. Qué ríos, qué espectáculo.

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