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Cristina Losada

Cataluña y la ley de la gravedad

Los independentistas que se han prestado más al juego del diálogo con Sánchez son los más castigados, mientras que salen premiados los amenazadores y desafiantes.

Los independentistas que se han prestado más al juego del diálogo con Sánchez son los más castigados, mientras que salen premiados los amenazadores y desafiantes.
Pere Aragonès, en la sede de ERC. | Europa Press

Con todas las cautelas, puede decirse que Cataluña es la región más sanchista de todas. La prueba de esta cautelosa afirmación es que allí, en las elecciones generales últimas, los socialistas cosecharon buena parte de aquel comentado millón extra de votos que lograron en comparación con 2019. Nada menos que el 41 por ciento. Aun siendo así, que ya es mucho ser, no queda otra que rebatir la publicidad engañosa que está haciendo el PSOE a cuenta del resultado de las catalanas. Es tan engañosa como si un producto contra el acné presumiera de quitarlo cuando ya ha pasado la pubertad. Hombre, así cualquiera.

"Sánchez tenía razón", dice uno de los lemas alumbrados. Lo raro sería que un partido donde manda solo un hombre dijera que ese hombre no tiene razón en todo, pero supongamos que quieren decir que se ha demostrado que ceder a las demandas de los separatistas ha tenido buena acogida entre los votantes catalanes. Entre los votantes del PSC, hay que reconocer que la ha tenido. Sin duda alguna. Claro que al votante del PSC se le aplica aquello que decía el doctor Johnson del segundo matrimonio ("es el triunfo de la esperanza sobre la experiencia"), pero cuando ya se va por el décimo.

Míster Handsome no sería Míster Handsome si se contentase con tener razón en tan poco.

La medalla que se quiere poner es la de haber conseguido, con su apaciguamiento, que el independentismo esté de capa caída. Lo engañoso no es que haya bajado en votos y escaños, que es verdad, sino la relación causal, muy incierta. Basta comparar los votos que tuvieron Junts y ERC en diciembre de 2017, con las urnas ilegales aún calientes, y los votos que recibieron en febrero de 2021: ¡muchísimos menos! La cuesta abajo empieza entonces, sin frenos. Empieza antes de que Handsome anunciara con solemnidad los indultos. La tendencia decreciente era lógica. Después de crecer, llegar al techo y chocar con la realidad, el independentismo sólo podía bajar. Pura ley de la gravedad. No hacía falta hacer nada.

Los socialistas pueden vender la especie de que la bajada es obra de la amnistía y del diálogo, pero no lo pueden demostrar. Y la secuencia temporal no lo avala. Tienen, además, un hecho muy en contra: la que ha caído es la Esquerra. Los independentistas que se han prestado más al juego del diálogo con Sánchez son los más castigados, mientras que salen premiados los amenazadores y desafiantes. El castigo al dialogante y el premio al asilvestrado no es una gran publicidad para el teatrillo de la concordia. No lo es, se mire como se mire. Y vaya negocio que ha hecho la Esquerra. Como para repetir.

La última engañifa que hay que poner en su sitio es la presunción de que ahora el parlamento catalán tendrá una mayoría no independentista gracias a la generosa dedicación de Sánchez a la concordia entre los seres humanos (y otros, tal vez). Porque de esa mayoría forman parte dos partidos que se oponen radicalmente a las graciosas concesiones que ha hecho el PSOE al separatismo golpista. Y no se puede sumar a los que están por la amnistía y a los están en contra de la amnistía como si formaran un bloque feliz que avala el acierto de la política de Handsome. Al revés. Por eso, por la división que ha provocado esa política, la tal mayoría no servirá de nada. ¡Y se empeñan en calificar los resultados de históricos! Mucho más histórico fue que un partido abiertamente contrario al nacionalismo tuviera más de un millón de votos en 2017, y ya se sabe qué vino después. El décimo matrimonio.

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