2-V-2010

1 de mayo, sepelio escuálido y triste

Hace unos años nuestro añorado Carlos Semprún Maura decía que las convocatorias sindicales del Primero de mayo se parecían más a un sepelio que a una manifestación propiamente dicha, “con desfiles cada vez más escuálidos, y mítines pocos concurridos”. Aunque hablaba de las que tuvieron lugar por aquella época, año 2004, en Francia, tanto la escualidez como la flojísima entrada de manifestantes eran perfectamente homologables con las españolas.

Hoy, seis años después, sigue siendo así, con la diferencia de que entonces la economía se encontraba en plena onda expansiva y hoy la destrucción de empleo alcanza cotas nunca vistas antes, al menos en lo que toca a España. Los sindicatos siguen retozando en la seguridad que les da saberse blindados a cualquier reforma, aunque luego no representen a casi nadie. Sus líderes, lejos de ejercer el papel que les corresponde, son meras correas transmisoras de las consignas que emite el Palacio de la Moncloa. Su discurso reaccionario, basado en mantener los privilegios laborales de unos pocos, no ha cambiado un ápice desde hace décadas. No concitan adhesión alguna más allá de los liberados y cierta izquierda sociológica cerril y amojamada por el tiempo.

Ante semejante panorama, la casta sindical tiene aún la desvergüenza de levantar el dedo acusador erigiéndose como árbitro moral repartiendo culpas y ofreciendo caducas recetas que lo único que persiguen es apuntalar sus propias prebendas. Llenarse la boca de demagogia antialemana como hicieron Méndez y Toxo durante la jornada de ayer muestra el lamentable nivel al que han llegado la UGT y CCOO, que en otros tiempos convocaron dos huelgas generales contra los Gobiernos de Felipe González. Como en las repúblicas bananeras, la culpa de los males propios se busca fuera, al tiempo que se pide reincidir en las mismas medidas que nos han conducido a esta situación de desempleo, endeudamiento y destrucción de riqueza.  

Tales son los mimbres de los dos sindicatos mayoritarios, niños mimados del Gobierno a quien respetan como padre próvido en larguezas y adulaciones. Por eso, aparcando la cuestión laboral, se han lanzado a atacar al PP y, especialmente, a proseguir la interminable campaña de apoyo al juez Garzón. Y esto en pleno Primero de mayo, supuesto día de los trabajadores. La agenda de Zapatero y de las dos centrales es ya, a estas alturas, idéntica hasta el punto de que podría asegurarse que UGT y CCOO son, a efectos prácticos, parte del Gobierno.

Tal vez ese sea el motivo por el que la asistencia a la manifestación en Madrid y otras ciudades de España ha sido tan, digamos, escuálida. Los sindicatos, que son ya inoperantes en todo menos en subsistir como burocracia paraestatal, corren el riesgo de convertirse en algo prescindible e intrascendente, lo cual es una excelente noticia para la sociedad española. Sólo es necesario que esa insignificancia se vea traducida en la eliminación de los cuantiosos fondos que les transfiere el Estado. Así, si quieren existir, que lo hagan con las cuotas de sus socios, pero no con el dinero extraído a la fuerza a todos los contribuyentes, a quienes insultan y maltratan cada vez que alguno de sus portavoces se atreve a abrir la boca.


 

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