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El pacifismo, principal aliado de Gadafi

¿Se atreverán las potencias occidentales a enterrar provisionalmente la visión progre de las relaciones exteriores o permitirán que Gadafi y su clan sigan señoreando Libia durante otros 42 años?

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Sabido es que el pretexto de la "multilateralidad" ha servido para apuntalar las dictaduras más sanguinarias del planeta. Si para poder derrocar a un tirano resultaba exigible contar con la aquiescencia de ese propio tirano (o con alguno de sus socios comerciales), parece claro que semejante intervención jamás podría llegar a ejecutarse. Al cabo, para ello se fue incorporando al seno de la ONU a todas las autocracias planetarias y para ello esas mismas dictaduras (comenzando por la URSS) promocionaron la hipócrita ideología del pacifismo: todas las guerras son ilegítimas salvo las que inician ellas mismas.

La política exterior y de defensa de todo Occidente, incluyendo ahora mismo la de EEUU, ha quedado sometida a esas dos directrices. Nada sin la ONU y todo en nombre de la paz... incluso la guerra. La presidencia de Bush supuso un paréntesis en este orwelliano pensamiento único que ha permitido a las dictaduras campar a sus anchas. Pero precisamente por ello fue demonizado por toda la izquierda nacional y extranjera: su fariseísmo no podía tolerar que combatiera una dictadura como la de Irak sin hipotecas multilaterales y en nombre de la libertad.

Con Libia hemos vueltos a las andadas. Casi todos los líderes occidentales han venido criticando la masacre que estaba perpetrando Gadafi, pero ninguno de ellos se ha decidido a actuar hasta que Rusia y China, dos exponentes del Estado de Derecho, han aceptado darles el visto bueno en forma de abstención. Resultado: mientras tanto Gadafi ha reconquistado casi todo el territorio que los rebeldes le habían tomado.

De ahí que el dictador libio, conocedor del funcionamiento de la ONU y de las inconsistencias del pacifismo, haya movido tan rápida como inteligentemente sus fichas: si la autorización a una intervención multilateral busca poner fin a sus ataques a los rebeldes, ¿qué mejor jugada que declarar un táctico alto el fuego?

Ahora, esa improvisada coalición internacional anti-Gadafi, fruto del multilateralismo y del pacifismo, se enfrenta a sus propias inconsistencias. Casi nadie tiene ningún interés real en atacar –en especial una Alemania que ve con desconfianza las intenciones de los rebeldes–, pero todos de un modo u otro se han visto empujados con amenazar a hacerlo –Obama por su cargo y Zapatero por ir durante demasiado tiempo a remolque de la ONU–. Gadafi se ha aprovechado de la lentitud de la multilateralidad y ahora les arrebata la carta del pacifismo. ¿Se atreverán a enterrar provisionalmente la visión progre de las relaciones exteriores o permitirán que Gadafi y su clan sigan señoreando Libia durante otros 42 años?


 

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