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Rumbo a Moscú

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Edward Snowden ha encontrado asilo en Moscú. ¿Dónde si no? Moscú es desde hace décadas el polo magnético que atrae a los desertores hostiles a la civilización occidental: a los miembros de lo que Lionel Trilling definió como la "cultura adversaria", o sea la élite burguesa que abraza ideologías radicales -de extrema izquierda o extrema derecha-para desenmascarar los vicios de su propia clase y demostrar que ha roto con ella. Precursores históricos de esta héjira fueron Guy Burgess, Donald Maclean y Kim Philby, tres diplomáticos y altos funcionarios del servicio de inteligencia británico, y miembros, además, del aristocrático Círculo de Cambridge, que se desempeñaron durante muchos años como espías a las órdenes de la Unión Soviética y terminaron refugiándose en la que para ellos era la Tierra Prometida.

Poderoso e influyente

Su fuga fue menos accidentada que la de Snowden, aunque no estuvo desprovista de sorpresas. El 25 de mayo de 1951, Burgess acompañó a Maclean hasta el último ferry nocturno que unía Southampton con Saint-Malo. Sobre Maclean pesaba una orden de arresto y debía embarcarse solo, pero a último momento Burgess tuvo una corazonada y decidió acompañar al fugitivo. En Saint-Malo eludieron el tren y cogieron un taxi que los llevó hasta Rennes, y sólo desde allí viajaron en tren hasta París. Meta final: Moscú.

Kim Philby continuó espiando hasta 1963 cuando, acosado por las investigaciones cada vez más apremiantes, se volatilizó rumbo a… Moscú. Los tres murieron a la sombra del Kremlin, entre vahos de alcohol y sujetos a vigilancia por su poco ortodoxa promiscuidad homo y heterosexual. Philby tuvo el honor de ser enterrado en el cementerio de Kúntsevo, reservado para los Héroes de la Revolución, cerca de la tumba de Ramón Mercader, el asesino de Trotski.

Otro de los miembros del Círculo de Cambridge implicado en los trabajos de espionaje era Anthony Blunt, experto en arte que en 1945 se convirtió en supervisor de los cuadros de la Casa Real británica. Su biógrafa, Miranda Carter, lo define como "el hombre más poderoso e influyente de la historia del arte británico" en los años cincuenta. Explica Julian Barnes (La Vanguardia, 7/6/2002):

Según los archivos de los servicios de inteligencia soviéticos, pasó 1.771 documentos a la NKVD entre 1941 y 1945. (En comparación Burgess suministró 4.605; Maclean 4.593, y Cairncross 5.832.) Durante los cinco años posteriores a la guerra, siguió proporcionando información de bajo nivel: su última contribución importante fue servir de enlace para la defección de Burgess y Maclean. (…) Blunt declinó huir, y logró intercambiar lo que sabía (o, dado que estamos hablando del mundo del espionaje, lo poco que decidiera añadir a lo que sabía que ya sabían de él) por la inmunidad frente a una acusación formal. Pasaron quince años de inseguro anonimato hasta que fue descrito por el historiador Andrew Boyle, identificado por la revista satírica Private Eye y denunciado desde las alturas por Margaret Thatcher. (…) Se le retiraron todos los honores mundanos. La pérdida de su condición de "sir" fue una indignidad compartida en el siglo XX con villanos tan diversos como el traidor irlandés Roger Casement y Nicolae Ceaucescu.

Mirada retrospectiva

El espionaje cruza la línea roja de la infamia cuando quienes revelan los secretos provocan muertes en el bando que están traicionando. Stephen Koch relata en El fin de la inocencia (Tusquets, 1997), que Philby y Burgess se infiltraron en el Ejecutivo de Operaciones Especiales, la rama de los servicios secretos especiales británicos que ayudaba a los miembros de la resistencia que operaban en territorio enemigo. Desde su posición de privilegio, Philby y Burgess estaban en condiciones de sabotear y destruir a los combatientes antinazis que no encajaban en los planes expansionistas de Stalin. Koch pone como ejemplo a los guerrilleros de Mihailovich, en Yugoslavia. Que probablemente no fueron las únicas víctimas de esta traición.

Una mirada retrospectiva hace pensar que en aquella época el terreno estaba abonado para que las almas cándidas cayeran en el engaño. François Furet lo explicó con claridad meridiana en su ya clásico El pasado de una ilusión (Fondo de Cultura Económica, 1995):

Hay que interpretar el término "liberal" en el sentido político que ha adoptado la palabra inglesa, y hasta en su acepción más libertaria, donde liberal quiere decir enamorado de la libertad, partidario de la libertad máxima de cada individuo en el sentido civil y político, indistintamente. Así el comunismo tiene una naturaleza que permite atraer, al menos provisionalmente, las pasiones liberales y las pasiones antiliberales por igual, a los adversarios del Estado y a los enamorados del Estado a la vez. En ello radica lo milagroso de su doble naturaleza, ya sea que se le considere como realidad histórica (el régimen soviético) o como profecía filosófica (el hombre desalienado). Y es que el comunismo tuvo buen cuidado de seguir siendo una utopía al tiempo que se convertía en un Estado: de ahí que se viese obligado a ocultar su realidad para seguir siendo una "idea", y de ahí el papel que la ideología desempeña en su funcionamiento y su propaganda.

Sentencias de muerte

La confusión que imperaba en las almas cándidas explica también que estas se dejaran engatusar por algunos precursores de los Assange, Manning y Snowden, precursores cuyas denuncias se convirtieron en sentencias de muerte para los implicados. Los partidos y movimientos de izquierda y la opinión pública bienpensante recibieron (recibimos) como agua de mayo las exhaustivas listas de nombres de personas e instituciones servidoras de la CIA que el agente renegado de dicha agencia, Philip Agee, volcó en su libro CIA Diary (Penguin Books, 1975). Ahí, nos decían, estaban las pruebas de la gran conspiración imperialista para subyugar el mundo. No figuraba en las listas el agente radicado en Montevideo, Dan Mitrione, porque este ya había sido secuestrado, torturado y asesinado por los tupamaros en 1970 (tema de la película Estado de sitio, de Costa Gavras), pero sí muchos otros que, a partir de la aparición del libro, quedaron en la mira de los terroristas. Según George H. W. Bush, director de la CIA entre 1976 y 1978, Agee fue quien delató a Richard Welch, jefe de la CIA en Atenas, asesinado por la Organización Revolucionaria 17 de Noviembre. Fue este asesinato el que activó la aprobación de la Ley de Protección de Identidades en Inteligencia de 1982.

Philip Agee no se refugió en Moscú sino en La Habana. Moscú, La Habana, Ecuador, Nicaragua, Venezuela. Los espías y los whistleblowers o activadores de alarmas lo tienen claro: las dictaduras y los regímenes totalitarios son las nodrizas que los alimentan y les brindan calor de hogar.

Mario Vargas Llosa los retrató sin afeites (El País, 14/7):

Edward Snowden se ha convertido en el último héroe mediático de la frivolidad progresista y de valedores tan conspicuos de la libertad de expresión y el derecho de crítica como los presidentes Maduro, de Venezuela, el comandante Ortega de Nicaragua, y el propio Evo Morales, que se han apresurado a ofrecerle el asilo, y del presidente Correa, del Ecuador, donde el parlamento acaba de aprobar la más intimidatoria ley de prensa de la historia sudamericana. (…) Ni Edward Snowden ni Julian Assange son paladines sino depredadores de la libertad que dicen defender.

Espías eran los de antes, enrolados al servicio de una ideología a la que atribuían virtudes redentoras. Assange, Manning y Snowden sólo sirven a su propio ego, aunque al hacerlo colaboran con los nuevos y viejos enemigos de la sociedad abierta. Como dice Vargas Llosa, son depredadores. Cuando Vargas Llosa enumeró a los valedores de Snowden, este todavía no había recibido el visto bueno de Vladimir Putin. ¿Intercederá Snowden ante Putin por las Pussy Riot y por los muchos opositores burdamente empapelados?

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