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Eso es una señora

Estas cosas no pasarían si en España los políticos tuvieran una profesión conocida. Como la mayoría no la tiene, hay que pagarles de por vida alguna clase de sueldo por los meses en que les hayamos permitido destrozar el país, cuando no esquilmarlo.

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Es costumbre entre nuestros políticos el disfrutar, cuando salen, de un retiro dorado durante al menos unos años. Naturalmente, la bicoca es temporal. Cuando una nueva hornada de políticos recibe la carta de jubilación, los que disfrutan de sus sillas tienen que dejar hueco a los que ahora se retiran. La mayoría se queda ya sin pisar moqueta. Unos pocos afortunados encuentran un segundo acomodo en las empresas privadas, allí donde la cuenta de resultados depende de las relaciones con el Poder. Son los que conservan buenas aldabas. No se valora la inteligencia ni la capacidad, sino tan sólo la facultad de que quienes en cada momento manden se le pongan al teléfono.

Sin embargo, esta selva de puestos y cargos para políticos jubilados, a veces a muy temprana edad, es cada vez más inhóspita. Por un lado, hemos vendido la mayoría de las empresas públicas. Por otro, cada vez hay más ministros a los que agradecer cada vez más breves servicios prestados. Así que, los que tienen la suerte de lograr una buena colocación al retirarse, se ven obligados al muy poco tiempo a tener que dejar el puesto a un nuevo exministro al que hay que dar alguna bicoca.

Es el caso de Magdalena Álvarez, quien en junio de 2010 marchó a un exilio dorado a una de las vicepresidencias del Banco Europeo de Inversiones, una canonjía de veintitantos mil euros al mes libres de impuestos. Ha pasado poco más de un año y resulta que la pobre Magdalena, sin haber tenido apenas tiempo de aprenderse la fórmula del interés compuesto, se ve obligada a dimitir porque a Elena Salgado, que está a punto de llegarle la jubilación forzosa, hay que hacerla presidenta de ese Banco público y estaría mal visto que dos españolas estuvieran a la vez mamando de la misma ubre.

Pero, ¡buena es mi Maleni! La mujer no se arredra ante nada ni ante nadie y ha dicho que nanay de la China y que todavía no ha nacido el guapo que sea capaz de echarla a ella de un sitio en contra de su voluntad y que van de ala si esperan que dimita y que si hay que buscarle acomodo a la Salgado que se lo busquen en otro lar que ella ha puesto en ese Banco sus reales y no está dispuesta a marcharse así como así.

Estas cosas no pasarían si en España los políticos tuvieran una profesión conocida. Como la mayoría no la tiene, hay que pagarles de por vida alguna clase de sueldo por los meses en que les hayamos permitido destrozar el país, cuando no esquilmarlo. Siempre nos cabrá la recompensa de poder admirar tan edificantes espectáculos como éste de dos grandes señoras tirándose del moño por unos miles de euros al mes, por supuesto libres de impuestos. Con un atrezo de mercado de barrio y unas cuantas lechugas y coles volando por los aires, la escena estaría completa.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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