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¿De quién son las Malvinas?

Hace justo 25 años, en la noche del 2 de abril 1982, un contingente militar argentino desembarcó en la isla Soledad y redujo a la pequeña fuerza de seguridad de Puerto Stanley. Al amanecer, la bandera argentina ondeaba por primera vez en la capital de las Malvinas. Acababa de empezar una guerra de dos meses en la que morirían más de 900 personas y más de 1.800 resultarían heridas en combate.

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Aunque nadie se esperaba el conflicto, a los argentinos se les venía machacando con la cuestión de las Malvinas desde hacía varias décadas. El destino de estas pequeñas e inhóspitas islas del Atlántico Sur se convirtió en asunto prioritario de la diplomacia argentina a raíz del auge del nacionalismo peronista, del fin de la Segunda Guerra Mundial y del inicio del proceso de descolonización. 
 
El mes pasado, durante una breve estadía en Buenos Aires, traté de abordar el tema de las Malvinas con varios argentinos informados y educados. Lo que me sorprendió fue que, para ellos, la cuestión de la soberanía argentina sobre las islas era algo tan indiscutible como que el sol sale por el este y que la Tierra es redonda. Acto seguido, al indagar un poco más, supe que mis intelocutores sabían más de astronomía que de historia: todos sabían que el sol sale por el este por el movimiento de rotación de la Tierra, que es redonda, pero nadie sabía cuándo y por cuánto tiempo las Malvinas habían sido argentinas, ni cuántos argentinos habían nacido en ellas, ni cómo se habían llegado a asentar allí los argentinos.
 
Esa información no la proporcionan los centros escolares argentinos, tampoco los medios de comunicación de la Répública Austral. De ahí que la mayoría de los argentinos no sepa hoy, y no supiera en 1982, que la colonización argentina de las islas nunca fue más que una ficción, y que cuando se materializó apenas duró más de lo que duró la dictadura que desencadenó aquella guerra. El hecho de que las Malvinas formen parte de la plataforma continental americana, o de que se hallen situadas a 500 kilómetros de las costas argentinas, dos de las justificaciones más citadas a la hora de reclamar la soberanía argentina sobre ellas, carece de peso en el Derecho Internacional.
 
Isla Gran Malvina (i) e Isla Soledad (d).Durante la mayor parte del tiempo en que vivió algún argentino en las Malvinas, entre 1826 y 1833, ni siquiera hubo representación gubernamental en las islas. Tan sólo entre 1829 y 1831 hubo un gobernador; en aquel entonces sólo había allí unas 40 personas, los trabajadores de la pequeña pesquería propiedad del... "gobernador", un empresario francés originario de Hamburgo y llamado Louis Vernet.
 
A Vernet se le concedió la isla Soledad, para que la explotara comercialmente, en pago de una deuda que había contraído con él el Gobierno de Buenos Aires. Aparte de los trabajadores de Vernet, entre los cuales los argentinos eran minoría, vivían en las Malvinas unos cuantos gauchos y aventureros.
 
La única persona nacida en las Malvinas durante ese precario asentamiento fue una hija de Vernet. "Precario" porque no había ayuntamiento, ni iglesias ni sociedad civil de ningún tipo. Salvo el par de años en que funcionó la empresa del francés, allí no hubo más que un campamento pirata.
 
En 1833 las Malvinas contaban con apenas 20 pobladores, de distintas nacionalidades. Todos ellos fueron expulsados por los británicos. Curiosamente, poco tiempo después el dictador Juan Manuel de Rosas ofreció en más de una ocasión al Reino Unido la "cesión" de las islas para, así, saldar una deuda contraída por Buenos Aires con entidades bancarias británicas. SIn embargo, Londres no prestó atención ni al reclamo ni al ofrecimiento argentino.
 
El Reino Unido fundó una colonia en las islas hace 165 años. Fue entonces cuando por primera vez en la historia se estableció una presencia humana constante y permanente en las Malvinas. Generacionalmente hablando, los malvineros llevan más tiempo en las Malvinas que la mayoría de los argentinos en la Argentina. No debería quedar duda alguna, entonces, de que son los malvineros los legítimos amos de las Malvinas, y es la voluntad de éstos lo que ha de respetarse, en el marco del derecho, internacionalmente reconocido, de autodeterminación de los pueblos.
 
A los argentinos sólo les queda despertar a esta no poco envidiable realidad: cuentan con una de las geografías más vastas, ricas y despobladas del planeta (el suyo es el octavo país más extenso del mundo), no tienen nada que reclamar a nadie... y nadie tiene la menor intención de arrebatarles absolutamente nada.
 
 
© AIPE
 
PABLO KLEINMAN, editor del Diario de América.

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