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ESTADOS UNIDOS E ISRAEL

Obama y los judíos

El apoyo de los judíos norteamericanos al Partido Demócrata es tan abrumador, y está tan emparentado con el empecinamiento, que ha habido quien ha bromeado con que quizá sólo podría descender al 65% en caso de que Obama lanzara una bomba atómica sobre Tel Aviv. Pero igual Obama solo, sin ayudas nucleares ni coñas, con esa bocaza suya, consigue que los moíshes se sacudan el polvo ideológico y provoquen un terremoto de aquí te espero en el mapa político yanqui. Yes, he can!

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Los judíos americanos llevan cosa de un siglo votando demócrata contra viento y marea: sólo al huracán Carter –qué contrameta se le resistiría a Jimmy Calamidad– han castigado con un porcentaje de voto inferior al 50 (¡pero incluso entonces –1980– el demócrata fue el candidato preferido del electorado judío! Carter, 45%; Reagan, 39%; Anderson, 14%). El porcentaje que cosecharon Roosevelt y Johnson es de esos que ya apenas se atreven a adjudicarse los tiranos más desvergonzados: un abracadabrante 90%; el resto de los candidatos del partido del asno, ya digo, tampoco tiene motivos para quejarse: el respaldo promedio ha sido del 75%.

Obama superó tal cifra en las presidenciales de 2008: obtuvo el voto del 78% de los judíos que acudieron a las urnas, a pesar de las suspicacias que generaban en una parte de ellos su estrechísima relación –durante muy largos años– con el infame reverendo Jeremiah Wright –tan racista como su cuate antisemita Louis Farrakhan–, la fobia antiisraelí de su exasesora Samantha Powers, su colegueo con el proterrorista Rashid Khalidi o declaraciones como ésta, que pronunció en Iowa durante las primarias de 2007: "Nadie sufre más que el pueblo palestino". Lo votaron porque sí –la inercia de ese centenario voto en bloque, el empecinamiento y por ahí seguido–; porque son bien progres estos judíos yanquis –probablemente el colectivo (con perdón) más progre del país–, y Obama se había labrado fama de tal como senador (en Washington y en Illinois); porque era negro –se pongan como se pongan los supremacistas de la Nación del Islam, los judíos estuvieron a partir un piñón con los negros en el movimiento por los derechos civiles–... y porque en la Aipac de 2008 se marcó un discurso prosionista que no se lo saltaría un colono samaritano, pongamos por caso:

Todo acuerdo con el pueblo palestino debe comprender la preservación de la identidad de Israel como Estado judío, [un Estado] con fronteras reconocidas, seguras y defendibles. [En cuanto a] Jerusalén, seguirá siendo la capital de Israel y debe mantenerse indivisa.

Pero fue ganar las elecciones y ponerse Obama a tirar al monte cual macho cabrío. En estos tres años, los desaires, desplantes y críticas a Israel han menudeado. Dan Senor elaboraba el otro día en el Wall Street Journal un memorial de agravios; y Laura Meckler –en el mismo periódico pero hace ya cuatro meses– se hacía eco de las quejas de influyentes seguidores judíos del 44º presidente norteamericano. "A algunos les preocupa (...) que esté presionando más a los israelíes que a los palestinos para que abran conversaciones de paz, y dicen estar disgustados por que Mr. Obama aún no haya visitado Israel". Aún no lo ha hecho, y apenas le queda un año de mandato. Quien sí lo hizo, en marzo de 2010, fue su vicepresidente, Joe Biden; pero casi mejor que no lo hiciera, pues se marchó dando un portazo, en lo que ha acabado por ser uno de los momentos más bochornosos de las relaciones israelo-americanas, junto con la recepción que se le infligió a Bibi Netanyahu en la Casa Blanca sólo unos días más tarde. "Estoy muy disgustado con él", confesaba Robert Copeland, un promotor inmobiliario de Virginia Occidental, a Meckler en el artículo de marras. "Su Administración ha fallado a Israel. Ha denigrado al pueblo de Israel".

Las declaraciones del señor Copeland, generoso contribuyente a las campañas demócratas que ya ha decidido no votar por Obama en las presidenciales del año que viene, son del mes de mayo, cuando Mr. O. soliviantó a Israel y a buena parte de la comunidad judía norteamericana al apostar por una solución al conflicto israelo-palestino con las fronteras previas a la Guerra de los Seis Días (1967) como marco. Esas fronteras ponen a Jerusalén fuera de Israel. Jerusalén, ya saben, que debía seguir siendo la capital del Estado judío y "mantenerse indivisa", según el propio mandatario yanqui.

Obama consiguió entonces la machada de que sólo el 6% de los judíos israelíes –mero margen de error muestral– lo viera como proisraelí. Para un clamoroso 50%, Barack Hussein era, más que neutral (sólo lo veía así un 36%), directamente propalestino.

Por si todo esto fuera poco, el señor presidente viene mostrando una alucinante tendencia a olvidarse de Israel cuando alude a los lugares amenazados por el terrorismo, y demostrando ser un auténtico peligro para la economía norteamericana. Así que, lo dicho, igual obra el contramilagro y consigue que los judíos le den la espalda, lo que –ha editorializado el Washington Times– representaría un maremoto en la política norteamericana de una magnitud nunca vista desde que, a mediados del siglo XX, los negros abandonaran a los republicanos y se pusieran a votar demócrata en masa.

La posibilidad va asomando la patita en encuestas de todo tipo: una del año pasado citada por Meckler cifraba en un 46% el número de judíos que podrían decantarse por un candidato distinto a Obama en 2012; otra, del mismo instituto –republicano– de opinión y citada por Senor, vaticina que sólo el 64% de los judíos que donaron fondos a Obama en 2008 volverá a financiarle en la próxima campaña. Según Gallup, hoy en día sólo un 55% de los judíos apoya a Obama, cifra sensiblemente inferior al 78% que le votó hace tres años, mientras que los niveles de rechazo judío a su figura han crecido ocho puntos en sólo tres meses, para situarse en un notable 40%.

Las encuestas, ciertamente, son lo que son, y cualquier político en horas bajas puede quitarles hierro. "Los votos son otra cosa", sentencian entonces sabihondos, en modo toreo de salón. Pero, si no les ha dado por engañarse a sí mismos más de lo que suelen engañar a los votantes, paran de inmediato las orejas. No vaya a ser que por entre los cortinajes aparezca el toro Ratón y les haga un destrozo irreparable.

Yo, si fuera Obama, las pararía. Porque los judíos le están sondeando no sólo desde las encuestas, también, ya, desde los mismísimos colegios electorales.

El pasado día 13 –¡martes!–, el distrito 9º de Nueva York, el más judío del país, votó republicano por primera vez desde los años 20. El católico Robert Turner se impuso al judío ortodoxo David Weprin por un amplísimo 54-46 (%) gracias al crucial apoyo del electorado hebreo, que votó bastante más al republicano y bastante menos al demócrata que el resto del vecindario: 59 a 39. Los judíos que dijeron considerar "muy importante" la cuestión israelí se volcaron con el republicano, directa y contundentemente: 71-22.

Ese distrito (NY-9) suele votar demócrata en una proporción de 3 a 1, y votó por Obama en las presidenciales de 2008 en un 55%.

Entre los apoyos cosechados por el católico Turner se cuenta el del prominente judío Ed Koch, alcalde de Nueva York durante tres legislaturas (1978-1989), que en su día otorgó su confianza a su correligionario político Barack Obama. Ya no. "Fue un desaire", ha llegado a decir en referencia a la recepción a que fue sometido Netanyahu en marzo. "Saqué la impresión de que el presidente era hostil a Israel". Por su parte, el congresista demócrata por Nueva York Eliot Rangel declaraba en fechas recientes al New York Times:

Desde hace tiempo veo entre mis electores una gran insatisfacción a cuenta de las declaraciones que sobre Israel hacen Obama y los miembros de su Administración. [El presidente] sigue reteniendo el voto de la mayoría de los judíos, pero no me sorprendería si perdiera entre 10 y 20 puntos de respaldo.

Obama, que no va precisamente sobrado de popularidad, no está como para perder apoyos. Menos aún, a esa escala. Especialmente entre un electorado tan fiel... y que pudiera ser tan decisivo en estados como la Florida y Pensilvania, que a su vez podrían ser determinantes en noviembre de 2012.

¿Qué debe hacer, el presidente de la esperanza, para no perder el respaldo de sus compatriotas judíos? Pues dejar de hacer el Carter, tanto en el plano económico como en el de la política exterior. Atender a las señales que le están lanzando. No meterles el dedo en el ojo. Leer con atención los anuncios que le dedican en la prensa (ese "Es tiempo de estar con Israel" está tomado de su discurso ante la Aipac en 2008).

Que lo haga, sí. Por el bien de todos. Pero, de todas formas, ¿no ha llegado la hora de que los judíos le den la patada? El periodista Jeff Dunetz no se anda con dudas ni medias tintas y ha preparado esta respuesta antológica:

Durante la Administración de Bush [padre], probablemente el más antiisraelí de los presidentes americanos antes de éste [Obama], el secretario de Estado –James Baker– reflexionó una vez sobre si su postura antiisraelí perjudicaría las posibilidades de reelección de Bush entre los votantes judíos. Su famosa respuesta fue: "Que se jodan los judíos; de todas formas no van a votarnos". Hoy, la Administración Obama muestra una actitud similar. "Que se jodan los judíos; ¡hagamos lo que hagamos, van a votarnos!".

Desgraciadamente, puede que tengan razón. El dinero de los judíos irá a las arcas demócratas aunque el presidente sea el más antiisraelí de la historia, y los legisladores son demasiado cobardes para desafiarle públicamente. Ojalá que, el año que viene, cuando llegue el momento de votar, los judíos americanos espabilen y se huelan la tostada. Si esta Administración es tan antiisraelí ahora, estando como está en plena campaña por su reelección, tiemblo de pensar qué pasaría en su segundo mandato, cuando ya no necesitase el apoyo de los judíos.

 

MARIO NOYA, jefe de Suplementos de LIBERTAD DIGITAL.

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