Menú
Con tu apoyo hay más Libertad
  • Sin Publicidad
  • Acceso a Ideas
  • La Ilustración Liberal
  • Eventos
DESDE JERUSALÉN

Una amistad asediada

Estados Unidos e Israel. Sus jefes de Gobierno se asumen uno al otro como los interlocutores internacionales más frecuentes, en vistas de la recíproca simpatía que el presidente Bush acaba de resumir, una vez más, en Crawford (11-4-05): "Nuestra profunda y duradera amistad se basa en valores comunes y en aspiraciones compartidas para un mundo de paz. EEUU está comprometido con la seguridad de Israel y con su bienestar como Estado judío con fronteras seguras y defendibles, capaz de disuadir a sus enemigos y protegerse".

Gustavo D. Perednik
0
Los protagonistas ven esa mancomunidad como natural, pero es considerada anatema por una parte de Europa: recelan de ella tanto la trasnochada superchería conspirativa ("los judíos dominan el mundo") como el enfermizo antiamericanismo que embarga a muchos europeos.
 
Cuando la animadversión es más leve no se imputa a Israel "controlar EEUU" sino, inversamente, "ser su utensilio", acusación que saltea dos datos: que la nación hebrea dista mucho de ser "el más dominado" de los países y que, en su caso, el supuesto "lacayo" es usualmente más agredido que el propio "imperialista".
 
Los ayatolás y la extrema izquierda se oponen a la política de EEUU, pero de Israel –y sólo de Israel– rechazan su mismísima existencia. En el aeropuerto de La Habana se exhiben las banderas de todas las naciones del mundo (incluida la del pregonado "enemigo imperialista"), con excepción de la de un solo país.
 
La hostilidad de los criptodrinos ni se digna a explicar, por ejemplo, cómo Francia –que armó a Sadam, albergó a Jomeini y mantiene colonias de ultramar– escapa a la categoría de "imperialista" y atribuye este rol sólo a los norteamericanos. Ni por qué la amistad de éstos le es objetada exclusivamente a un solo país, uno que, justamente, debido a la abundancia y virulencia de sus enemigos, no puede darse el lujo de seleccionar amistades.
 
Además, se "acusa", como si la amistad de la democracia más grande del mundo debiera avergonzarnos.
 
Cuando la racionalidad desaloja los mitos del "gobierno mundial secreto" o del "sirviente del imperio" se puede justipreciar que la simpatía norteamericana por Israel tiene, amén de vociferados intereses económicos, estratégicos y políticos, profundas raíces culturales.
 
La independencia de EEUU fue corolario del arribo del buque Mayflower a las costas de Massachusetts, en 1620. Desembarcaban los fugitivos de las persecuciones religiosas en Inglaterra, que portaban poco más que la Biblia, su amor por ella, por su idioma y su historia.
 
Una réplica del Mayflower.Los peregrinos se definían a sí mismos como "hijos espirituales del Antiguo Testamento" y eran devotos del idioma hebreo, lengua que terminó siendo materia de enseñanza obligatoria en las primeras universidades norteamericanas, algunas de las cuales la eligieron, además, a la hora de fijar sus lemas. El escudo de la de Yale proclama hoy, en hebreo, Urim Ve'Tumim (Luz y Rectitud); su primer presidente, Ezra Stiles, dio en 1781 su discurso inaugural en ese idioma, tal como fue práctica anual en Harvard hasta 1819.
 
Por ello, en 2003 no llamó la atención que durante los homenajes a los restos de la nave espacial Columbia se recitaran párrafos en hebreo y versos del poeta del renacer nacional Jaim N. Bialik; tampoco sorprendió que la tripulación hubiera incluido al primer astronauta israelí, Ilán Ramón.
 
De la población judía mundial –algo más de trece millones–, casi el 90% se distribuye en mitades entre Israel y EEUU, donde la cultura judaica se ha desarrollado en una dimensión sin precedentes.
 
Empatía rezagada
 
Más que el océano Atlántico, los peregrinos sintieron que habían cruzado el Mar Rojo. Israel era su emblema de libertad. No personificaban la opresión en el monarca Jorge III, sino en el faraón del antiguo Egipto, de ahí que crearan el primer emblema norteamericano con la imagen del Éxodo hebreo sobre la leyenda: "La resistencia al tirano es la obediencia a Dios". Sus lemas se inspiraban en los Salmos de David, el primer libro en publicarse en el Nuevo Continente, en 1640.
 
Un año después, cuando la Corte Suprema de Massachusetts solicitó a un líder puritano que redactara una Constitución, John Cotton respondió que la ley de la libertad americana debía ser la de Moisés. Asimismo, estableció la enseñanza obligatoria del hebreo en la red educacional. En 1650 Connecticut siguió esos pasos.
 
Desde que aquellos pioneros fundaron las colonias en Norteamérica –y, así, cimentaron el mundo libre contemporáneo–, decenas de aldeas, ríos y comarcas americanas recibieron nombres bíblicos. Denominaban "Moisés y Aarón" a John Adams y Thomas Jefferson, quienes expresaron intensa empatía hacia los judíos, a los que Adams consideraba "la nación más gloriosa (…) que ha influido en la historia humana más y mejor que cualquier otra nación, antigua o moderna".
 
EEUU siempre socorrió a Israel de los reiterados y alevosos embates de que fue objeto en las Naciones Unidas. La adhesión norteamericana trascendió avatares o partidos políticos; no es nueva, y también la reflejaron demócratas como Harry Truman o Bill Clinton.
 
Harry S. Truman.Truman, once minutos después de declarada la independencia de Israel (14-5-48), se transformó en el primer presidente del mundo en reconocer al nuevo Estado. Según el paradigma bíblico de los peregrinos, se denominaba a sí mismo "Ciro" (el rey persa que en el siglo VI a.e.c. facilitó el primer gran retorno de los judíos a Israel). Clinton, por su parte, proclamó en la Knésset (27-10-94): "Hasta tanto logremos la paz (…) y aún después de haberla logrado, vuestro sendero es el nuestro. América estará de pie junto a ustedes, ahora y siempre".
 
De entre los republicanos, Ronald Reagan encumbró la amistad con la firma de dos tratados –el Memorando de Entendimiento Estratégico de 1982 y el Acuerdo de Libre Comercio de 1985– que transformaron a Israel en el principal aliado de EEUU fuera de la OTAN.
 
Quien fuera secretario de Educación de Reagan, William Bennett, reflexionó así acerca de la destrucción de las Torres Gemelas: "Israel y su pueblo izaron sus banderas a media asta, en identificación con nuestro luto (...) Fuimos obligados a mirarnos fijamente y debimos luchar para vindicar nuestras virtudes democráticas. Después de la masacre del 11-S, muchos israelíes dijeron: Todos somos americanos. La verdad es que, después del 11-S, todos nos volvimos israelíes".
 
Por supuesto que en la política norteamericana para Oriente Medio no faltaron errores graves: el abandono del Sha de Persia, la pasividad frente a la guerra Irak-Irán, la decisión de no derrocar a Sadam después de la primera Guerra del Golfo y la infundada creencia, durante una década, en su "caída inminente".
 
Los traspiés también incluyeron tensión con Israel, como cuando en 1956 EEUU le obligó a retirarse del Sinaí sin garantías, o cuando Jonathan Pollard se convirtió en el espía de un país occidental más duramente castigado de la historia americana (aún purga su cadena perpetua por haber entregado a Israel información acerca del armamento químico de Sadam).
 
Con todo, y a pesar de estas espinas, pervive la estable alianza, que por tres causas contrasta con la ojeriza europea hacia Israel: en EEUU no hay dependencia del petróleo árabe, no hay inmigración islamista que avance ante la ceguera del anfitrión y no existe judeofobia arraigada.
 
La amistad norteamericano-israelí es abierta y clara, por lo que desestima toda absurda teoría conspirativa. Quizás la próxima generación podrá enorgullecerse igualmente de la amistad de Europa, con la que Israel comparte muchos más valores que sus enemigos. Sobre todo, después del 11-M, en el que, en una primera mirada, todos fuimos españoles; en una más profunda, cada vez más españoles van intuyendo que durante todo este tiempo habían sido israelíes.
 
 
Gustavo D. Perednik es autor, entre otras obras, de La Judeofobia (Flor del Viento) y España descarrilada (Inédita Ediciones).
0
comentarios

Servicios