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Como no hay mal que por bien no venga, el debate sobre la situación de la economía española me ha animado a consultar mis diccionarios para ver qué es lo que significa realmente la expresión "crisis económica". La causa inmediata ha sido una opinión de don Pedro Solbes, quien ha negado que la economía española se encuentre en situación de crisis. La idea es, la verdad, bastante sorprendente; ya que la gran mayoría de los economistas, dentro y fuera de nuestro país, considera que la palabra "crisis" es muy adecuada para describir lo que le ocurre a nuestra economía. Pero, a continuación, el señor ministro nos ha explicado la razón de su particular opinión: "La crisis la identifico yo con la recesión."
Sólo caben dos posibles explicaciones a esta curiosa idea. O el señor Solbes no sabe lo que es una crisis o lo sabe y se inventa una explicación pintoresca para evitar utilizar una palabra que el Gobierno ha convertido en tabú. Como hablar de crisis está prohibido en el mundo oficial y supone una actitud derrotista y antipatriótica fuera de él no se duda en pervertir el lenguaje y en definir un término a conveniencia de la doctrina oficial.
Crisis, en efecto, no es un sinónimo de recesión, sino algo bastante diferente. Mientras la "recesión" se define como una situación de la economía en la que el PIB o la renta nacional se reducen, con el término "crisis" se designa el momento en el que se produce un cambio de tendencia del ciclo, sea éste real o financiero. Una crisis puede abrir el camino hacia una recesión. Y es una de las posibilidades que se plantean hoy los analistas con respecto a la economía española. Pero una situación de crisis no excluye un crecimiento positivo del PIB si la tendencia cambia; y si una economía pasa, por ejemplo, de crecer al 4% a crecer en torno al 1% –como ocurre a la economía española– estamos ante una crisis de manual.
La tentación de manipular el lenguaje para ocultar la verdad ha existido siempre. Y los políticos han intentado, con gran frecuencia, sacar el debate del mundo de los hechos para llevarlo al de las palabras. Lewis Carroll satirizó con fina ironía la obsesión por dar a las palabras el sentido que más nos conviene. Y las grandes dictaduras del siglo XX crearon un lenguaje más o menos oficial de uso obligatorio para quienes no querían ser tachados de enemigos del régimen o del partido.
No es muy diferente lo que hoy sucede en España. La cuestión importante para el Gobierno no es que exista o no una crisis económica, sino la doctrina de que quien habla de la crisis es un antipatriota mientras los españoles comprometidos con el progreso de la nación deben decir que lo que hay es una "desaceleración".
Me contaba hace muchos años mi viejo maestro Lucas Beltrán que, en algún momento, en la España de Franco, el Gobierno trató de evitar que se dijera que en el país había inflación, aunque todo el mundo fuera consciente de que los precios estaban subiendo. Si Rodríguez Zapatero hubiera sido ministro del general habría acogido, sin duda, la idea con entusiasmo; y habría hablado convencido, de una "suave aceleración de los precios que se reducirá en los próximos meses".
Con expresiones tan hermosas, ¿para qué mencionar las palabras "crisis" o "inflación"?
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