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Regreso a Irak

España vuelve a Irak diez años después de la espantada de Zapatero, y lo hace por la puerta de atrás.

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Por fin el ministro Pedro Morenés ha acudido al Congreso a pedir permiso para el despliegue de tropas en Irak. Aunque en verdad el permiso lo solicitó el pasado día 8, cuando acudió a la cadena SER a tratar de convencer a los artífices del No a la Guerra de que ésto nada tiene que ver con lo de 2003. Pésimo precedente para una misión que el Gobierno ha retrasado al máximo y a la que ha acudido arrastras.

En cualquier caso, España vuelve a Irak diez años después de la espantada de Zapatero, y lo hace por la puerta de atrás. ¿Tiene sentido volver? Nosotros éramos partidarios de intervenir en 2003, y lo somos ahora con igual convicción. Pero creemos que la forma más efectiva y segura de luchar contra el Estado Islámico (EI) es participar en los bombardeos de la coalición contra las unidades yihadistas: nuestros aliados ya lo hacen o se preparan para ello. Si nuestras Fuerzas Armadas son incapaces de realizar ataques aéreos ante un enemigo así, es que son capaces de hacer pocas cosas más allá de repatriar sacerdotes ancianos contagiados de ébola. Más valdría, en este caso, reconocer nuestras pavorosas carencias y replantear la finalidad y las incapacidades de nuestra Defensa , en vez de seguir engañándonos poniendo en marcha una pequeña misión cada ocho meses.

La situación iraquí es de extrema urgencia. El futuro se juega cada día, cada semana. Hay que frenar ya al EI. En estas circunstancias, la menos efectiva de las maneras es la elegida por España: labores de entrenamiento y adiestramiento. Éstas se han demostrado ya, en Somalia o Afganistán, un esfuerzo poco productivo, demasiado caro y con resultados tan a largo plazo que no vemos en qué ayuda a frenar al EI. Hasta enero los españoles no estarán desplegados. ¿Para cuándo las primeras unidades iraquíes entrenadas podrían enfrentarse al Estado Islámico? Llegarán en todo caso tarde, sea por victoria islamista o porque otros países habrán hecho ya el trabajo.

Además, la obsesión por no desairar a los turcos nos ha llevado a planear la base cuanto más al sur del país, mejor. Pero no es en Nasiriya donde se libra la lucha: son los kurdos del norte los que necesitan ayuda, y es el Kurdistán sirio-iraquí la pieza estratégica que a día de hoy hará saltar el equilibrio en la zona si cae en manos islamistas. Ni siquiera adiestraremos a los kurdos que frenan al EI o les apoyaremos con material. ¿En qué ayuda a acabar con las matanzas en Kobani y las persecuciones de cristianos y yazidíes una base española situada a más de mil kilómetros de distancia?

Nos tememos que ni en el tiempo ni en el espacio la misión española es de ayuda contra el EI. No sólo eso: el Gobierno comete el error de pensar que una misión de entrenamiento es menos peligrosa que una de combate. Evidentemente, la posibilidad de ataque a nuestros soldados por parte del yihadismo es la misma. El riesgo es idéntico, y ya tiene España experiencia suficiente en pérdidas de vidas mientras entrena a reclutas de dudosa procedencia.

Esta misión es una más de las múltiples minimisiones, ya media docena, en que estamos embarcados en todo el mundo. Dada la situación presupuestaria, este dispendio no parece muy lógico. Políticamente, esta dispersión nos aproxima más a los países africanos y asiáticos que operan a bulto que a las naciones occidentales, que eligen misiones con sentido estratégico propio. La multiplicidad de misiones y la obsesión por participar en pequeña medida en todas partes dejan ver la falta de política de defensa que caracteriza a este Gobierno.

Treinta y cinco millones de euros costará el regreso a Irak. Nos tememos que serán más. Junto con las otras misiones, ésta permitirá seguir manteniendo una dotación presupuestaria alternativa a través del fondo de contingencia. Para nadie es un secreto que las Fuerzas Armadas utilizan los fondos en el exterior para financiar adiestramiento y operatividad en el interior, y que minioperaciones como las de Somalia, Mali, Turquía o Afganistán justifican esta afluencia de dinero. Puede ser comprensible que las Fuerzas Armadas utilicen la excusa de misiones en el exterior para sobrefinanciarse respecto a sus presupuestos iniciales, recién presentados en el Congreso. Pero conviene recordar que el Gobierno es responsable del dinero del contribuyente, que se debe gastar de manera responsable y transparente.

En tercer lugar, la minimisión de Afganistán se caracteriza, como las demás, por ser ideológicamente laxa y por tener como objetivo no suscitar las iras de la izquierda. Que el ministro de Defensa acudiese a la cadena SER a pedir permiso para el envío de tropas a Irak, distanciandose obsesivamente de la operación de 2003, muestra hasta qué punto la política exterior y de defensa del Gobierno tiene por requisito contar con el beneplácito de los del No a la Guerra. Que se adelantase el propio Pedro Sánchez a pedir una mayor participación tras la pasividad inicial del Gobierno muestra hasta qué punto el síndrome de Irak ha hecho estragos en el PP.

Mucho nos tememos que es difícil respaldar esta operación. No ayuda a luchar contra el EI, conlleva demasiados riesgos y sigue dejando a España en la irrelevancia estratégica. Eso sí, cuenta con el apoyo de Pedro Sánchez. Que parece la gran preocupación del Gobierno.

© GEES

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