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NOVEDAD EDITORIAL

'El catolicismo liberal en España'

Felipe-José de Vicente Algueró

Los españoles de principios del siglo XIX eran todos católicos. El grado de adhesión a la fe que (...) pudieran tener es algo imposible de calibrar: pero es innegable que, sociológicamente, la España de 1808 era una España católica. Otra cosa es la manera como se podía entender el catolicismo, algunas cuestiones no estrictamente dogmáticas, y, de manera muy especial, la praxis y la moral.

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(...) una importante e influyente minoría de clérigos y laicos suspiraba por una reforma de la Iglesia que la aproximara a sus orígenes y la liberara de la pesada carga de no pocas prácticas discutibles que se habían creado con el tiempo.

Si nos circunscribimos a la élite política, los diputados de las Cortes de Cádiz son todos canónicamente católicos (bautizados) y, seguramente, también todos sinceramente creyentes. La labor de las Cortes se inicia con una misa del Espíritu Santo, se jura defender la religión y las sesiones están presididas por un crucifijo. Casi todos los miembros de las Cortes asisten voluntariamente a una misa que se celebra cada día en el mismo lugar en donde se reúne la asamblea. (...) La Constitución de 1812 se inicia, además, con una invocación a la Santísima Trinidad:

En el nombre de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, autor y supremo legislador de la sociedad.

Así pues, los diputados de las Cortes de Cádiz liberales eran tan sinceramente católicos como liberales: son los primeros católicos liberales de nuestra historia. Entre estos diputados, el grupo mayoritario era el de los clérigos (...). El número estaría entre los 90 y los 97, según las fuentes, de un total de 306. Según Moran Ortí (1990), el número total de curas fue de 94, agrupados en 52 tradicionalistas, 27 de tendencia innovadora y 15 silentes o de participación escasa. Entre los clérigos de las Cortes gaditanas están algunos de los liberales más destacados. Es en este grupo donde pondremos la lupa del historiador, pues se les supone una mayor formación teológica que a los demás diputados y un mayor sentido de cuerpo. Entre los clérigos, la cuestión de compatibilidad entre liberalismo y catolicismo puede ser más aguda, y de hecho en este segmento social es donde se darán las controversias más sonadas. Mientras el sacerdote Diego Muñoz Torrero pronunciaba el mismo día de la inauguración de las Cortes un trascendental discurso defendiendo los principios clásicos del liberalismo, otro sacerdote, el obispo de Orense, don Pedro de Quevedo, encabezaría en las propias Cortes, de las que era diputado, una fuerte oposición a la Constitución, motivo por el cual incluso se vio tratado como "indigno del nombre de español" y tuvo que exiliarse hasta el retorno de Fernando VII.

(...)

En la génesis del primer catolicismo liberal de Cádiz habría que señalar el papel de algunas figuras puente, entre el pensamiento ilustrado del XVIII y las primeras manifestaciones claras de catolicismo liberal. Alguna de estas personalidades evolucionaron desde posturas reformistas filojansenistas y regalistas hasta el liberalismo a veces incluso radical, (...) como José María Blanco o Juan Antonio Llorente. Otras se mantuvieron en una especie de protoliberalismo, como Félix Torres Amat o Francisco Martínez Marina, o serían los primeros exponentes del catolicismo liberal sin romper con la Iglesia, como Diego Muñoz Torrero o Joaquín Lorenzo Villanueva.

Félix Torres Amat (1772-1847) es una de estas figuras puente. Clérigo filojansenista, (...) autor de una traducción de la Biblia al castellano y obispo de Astorga, fue también un hombre de simpatías liberales. Defensor de la reforma de la Iglesia, en la línea regalista heredada del siglo XVIII, aunque dentro de la ortodoxia y buscando el acuerdo con Roma. Por ello formó parte de la Junta Eclesiástica nombrada por el gobierno moderado de 1834. No tuvo inconveniente en formar parte y presidir la junta diocesana para ejecutar ordenadamente la exclaustración decretada en 1836. En 1846, ya anciano, recibiría con alborozo la llegada de Pío IX al solio pontificio, ya que tenía entonces la fama de comprensivo con el liberalismo. Torres Amat fue una de las figuras más destacadas del clero español en el tránsito del Antiguo Régimen al liberalismo, hombre de gran cultura, fue miembro de la Real Academia de la Historia y recopilador de manuscritos catalanes. No puede ser llamado propiamente liberal, aunque sus simpatías por los gobiernos liberales son obvias, confiando en que estos gobiernos reformarían la Iglesia. Por otro lado, también fue un hombre de profunda espiritualidad, autor de obras pastorales como Tratado de la Iglesia de Jesucristo (1793-1805) o Ventajas del buen cristiano (1839).

En este mismo grupo de hombres puente está la señera figura de Francisco Martínez Marina (1754-1833), canónigo de San Isidro en Madrid y gran historiador, padre de la historia del Derecho español. Fue también director de la Real Academia de la Historia. Gran admirador de las instituciones medievales españolas, como los antiguos concejos, fueros y Cortes, en los que ve el origen de las libertades públicas que se perdieron con el absolutismo y las Cortes de Cádiz deberían recuperar. Con José I ocupó algunos cargos, por lo que tuvo la fama de afrancesado y sería castigado por Fernando VII con el destierro, siendo por eso considerado liberal. Durante el Trienio pudo regresar a Madrid y fue diputado, participando en la comisión encargada de elaborar el nuevo Código Penal. De nuevo la reacción fernandina le castigó con el destierro en Zaragoza.

La obra más importante de Martínez Marina es su Tratado de las Cortes, donde pretende enlazar las Cortes liberales del XIX con la tradición medieval. Hombre de espíritu ilustrado, influido por el iusnaturalismo de la Escuela de Salamanca, historiador escrupuloso y racional, ha sido considerado como un protoliberal por Tomás y Valiente, o quizás un liberal jovellanista, al pretender aunar la tradición o Constitución interna con la externa o nueva de Cádiz, la cual debía ser concebida en continuidad con aquella tradición histórica, según él, liberal. Su posición sobre la desamortización, claramente a favor, lo sitúa entre los liberales más decididos.

También fue un hombre puente, en este caso entre el afrancesamiento y el liberalismo, Alberto Lista (1775-1848). Sacerdote, matemático y poeta de renombre, fue inicialmente un defensor de José I, componiendo poemas en loor del ejército invasor, por lo que tuvo que exiliarse. Convertido en un consciente liberal, fue el editor, entre 1820-1823, de El Censor, una de las publicaciones más solventes de la época. Fue un liberal moderado, compatible con un sacerdocio del que nunca renegó. Como ha escrito su biógrafo Juretschke, Lista es uno de los mejores exponentes de un liberalismo conservador que teme el poder de las clases medias. Para Lista, la clase media debe situarse entre la superior o gobernante y la inferior de jornaleros y proletarios. Su papel es enriquecer la sociedad dejando el papel dirigente a la clase gobernante, la aristocracia de la sangre y de la inteligencia. No es de extrañar que Alberto Lista recalara en el liberalismo moderado.

En las Cortes de Cádiz tuvieron un papel fundamental algunos clérigos claramente liberales, exponentes del primer liberalismo católico. Su raíz intelectual está en el reformismo filojansenista de los últimos años de la Ilustración. No es casual la relación de algunos de ellos con la Universidad de Salamanca, uno de los focos de influencia de las ideas reformistas del Sínodo de Pistoia, de tal manera que se puede seguir un hilo conductor entre la influencia del famoso sínodo y los proyectos reformistas de los clérigos liberales de Cádiz. El más importante es el sacerdote Diego Muñoz Torrero (1761-1829), quien pronunció el discurso inaugural de las Cortes de Cádiz con un espíritu netamente liberal, proponiendo una declaración solemne de la soberanía nacional. Muñoz Torrero era extremeño, aunque estudió en la Universidad de Salamanca, de la que llegó a ser rector. Allí estuvo en contacto con el ambiente jansenista, ilustrado y regalista (...). Como rector participó en la reforma de los estudios universitarios, para adaptarlos a las nuevas directrices modernizadoras de Carlos III. Fue también canónigo de la Real Colegiata de San Isidro de Madrid, conocida por su ambiente liberal, razón por la que Fernando VII terminaría clausurándola en 1817.

Diego Muñoz Torrero fue uno de los redactores de la Constitución de 1812, miembro de la comisión que la elaboró. Pero también fue el máximo defensor en estas Cortes de la libertad de imprenta y de la abolición de la Inquisición. Tras la vuelta de Fernando VII, pagó caro su liberalismo, con la cárcel. Posteriormente, dada su condición clerical, cumplió su pena en un monasterio, donde uno de sus tempranos biógrafos afirma que se refugió en su piedad y dando ejemplo de resignación. Participó en el restablecimiento del liberalismo en 1820, formando parte de la junta de La Coruña, desde donde se trasladó a Madrid para formar parte de las nuevas Cortes. Durante el Trienio liberal fue propuesto para obispo de Guadix, pero la Santa Sede no aceptó el nombramiento, a pesar de que el nuncio no se había opuesto. Tras la vuelta del absolutismo se refugió en Portugal, donde se dedicó a escribir sobre religión. Cuando también en Portugal se persiguió a los liberales intentó huir, pero fue hecho prisionero en condiciones inhumanas, aceptadas también con espíritu de resignación, hasta su fallecimiento. 

Muñoz Torrero fue, como dice Rubio Llorente, un "liberal trágico". Su correspondencia nos lo muestra como un hombre sumamente ceremonioso, modesto, humilde y buen sacerdote, sin que para él hubiera incompatibilidad alguna entre el liberalismo político (...) y su fe. Hasta el mismo Marcelino Menéndez y Pelayo, tan crítico con los sacerdotes liberales, reconoce su austeridad de costumbres. (...)

En Salamanca y en el ambiente filojansenista en torno a su obispo, Felipe Bertrán, también se encontraba, junto a Muñoz Torrero, el sacerdote y canónigo Joaquín Lorenzo Villanueva (1757-1837), otro de los clérigos liberales de Cádiz. Represaliado por Fernando VII, volvió a ser diputado durante el Trienio, inspirando el primer proyecto de reforma eclesiástica. El gobierno liberal le nombró embajador ante la Santa Sede, pero Roma no lo aceptó, lo que motivó nuevas tensiones entre los liberales y el Papa. Ante la reacción absolutista, se exilió en Inglaterra y en Irlanda. Al morir es posible que estuviera más cerca del protestantismo que del catolicismo. Su peripecia política se había iniciado en el regalismo y el absolutismo, y su defensa del Trono le llevó a ser nombrado capellán de Carlos IV. Ya en plena Revolución francesa, en 1793, publicó un opúsculo defendiendo la monarquía y el papel de la religión como legitimadora del poder real. Fue también un sacerdote erudito y piadoso, autor de un monumental Año Cristiano de España.

La revolución liberal acabó por terminar su evolución ideológica, pasando del jansenismo-regalismo al liberalismo, capaz de aunar la modernización del Estado con la de la Iglesia, por la que suspiraban no pocos clérigos de su generación. Su papel en las Cortes de Cádiz y del Trienio fue más doctrinal que político. Sus intervenciones y planteamientos van, en no pocas ocasiones, al fondo de la cuestión, es decir, a las relaciones entre liberalismo y catolicismo, entre el nuevo Estado y una Iglesia reformada, eso sí, sin rupturas. Villanueva nunca negó el primado doctrinal de los Papas y siempre creyó en una Iglesia española vinculada a la sede romana, pero sin el dogal de la curia. Como Martínez Marina y Muñoz Torrero, Villanueva siempre afirmó el carácter evolutivo de la Constitución de Cádiz, como actualización de las antiguas leyes medievales. Siempre rechazó que en Cádiz se planteara una revolución al estilo de la francesa, que fue el principal leitmotiv de los ultramontanos, y no dejó de subrayar el carácter católico de los liberales reformistas de las Cortes. Su objetivo, con más claridad que en otros clérigos liberales, era fundar un Estado católico con instituciones liberales, interpretando el liberalismo en el contexto de la filosofía tomista. Incluso, cuando habla de revolución española lo hace en un contexto de lucha contra el invasor y para evitar la influencia de la radical revolución jacobina. Como ha explicado Maravall, defiende la soberanía nacional y las libertades políticas como proyección de la doctrina católica.

Sobre las raíces tomistas, Villanueva escribió Las angélicas fuentes o el tomista en las Cortes (publicado entre 1811 y 1813), apelando a santo Tomás para defender una monarquía moderada por las instituciones, obra considerada como el auténtico arranque del catolicismo liberal en España. Este texto es de gran valor para conocer las reflexiones y fundamentos de un católico liberal y su manera de entender la compatibilidad entre liberalismo y catolicismo. (...) [En dicho libro incluye] una serie de citas de santo Tomás para justificar algunos principios liberales, sobre todo para demostrar que el santo era poco partidario de una monarquía absoluta. Para Villanueva, los liberales son los verdaderos continuadores y restauradores de la filosofía política del Aquinate. También es de destacar el recurso de Villanueva a los autores de la Escuela de Salamanca y, en especial, al padre Mariana, citado para recalcar que el reino está sobre el rey. La conexión entre el liberalismo católico de Cádiz y los planteamientos preliberales de los teólogos de Salamanca no puede ser más clara. Este texto resume bien no sólo lo que pensaba Villanueva sino otros diputados de Cádiz, para los cuales la obra de las Cortes no era una revolución, sino volver a las fuentes del derecho castellano, secuestradas por el absolutismo.

[...] Villanueva es un liberal: apoyó claramente en las Cortes la soberanía y representación popular rechazando cualquier tipo de corporativismo estamental. Por ello aceptó sin reservas el texto constitucional. Aunque sus puntos de vista no coincidían con la mayoría del clero católico, su opinión influyó notoriamente para hacer aceptable el liberalismo gaditano ante una parte importante del clero, empezando por los propios diputados eclesiásticos de las Cortes. Joaquín Lorenzo Villanueva será el nexo de unión entre el catolicismo preliberal de raíz tomista y el nuevo liberalismo español y, también, el primero que reflexionó y argumentó teológicamente la compatibilidad entre el liberalismo político y el catolicismo. Fue, propiamente, el primer católico liberal de nuestra historia.

A la misma época de tránsito del Antiguo al Nuevo Régimen pertenecen Antonio de Posada Rubín de Celis (1768-1853), el cardenal Luis María de Borbón y Vallabriga (1777-1823) y Pedro González Vallejo (1770-1842), los clérigos liberales de más alto rango en España, ya que los dos primeros llegaron a ser arzobispos de Toledo y primados de España, y el tercero fue preconizado para la silla primada, pero sin llegar a tomar posesión. Los tres forman parte del proyecto de los gobiernos liberales de formar un episcopado filoliberal en España. El cardenal de Borbón, el llamado cardenal de los liberales, siendo entonces arzobispo de Toledo (desde 1801), asistió a las Cortes de Cádiz, donde juró la Constitución y apoyó la abolición del Santo Oficio. Fue el primer miembro relacionado con la familia real en jurar la Constitución. En 1813 se dirigió a sus diocesanos recalcando la compatibilidad entre la fe y la nueva Constitución. (...)

Antonio de Posada Rubín de Celis fue también canónigo de la Colegiata de San Isidro de Madrid, como Martínez Marina, nido de clérigos filoliberales. Aunque tuvo una patriótica actitud durante la guerra de la Independencia, no estuvo en las Cortes de Cádiz. Fue durante el Trienio cuando adquirió notoriedad: fue nombrado miembro del Consejo de Estado en 1821, iniciando una fulgurante carrera eclesiástica que terminaría en la silla primada de Toledo. Fue primero obispo de Cartagena propuesto por el gobierno liberal en 1822, lo que le valió después la persecución de Fernando VII, abandonando España e instalándose en Roma y en el sur de Francia. Tras la muerte del rey, volvió a España, siendo considerado un obispo liberal. Fue diputado en 1834, bajo el Estatuto Real, senador bajo la Constitución de 1837, siendo reelegido también en 1845, con la nueva Constitución moderada. Arzobispo de Valencia (1841) y de Toledo (1847). Cuatro años más tarde abandona su sede para trasladarse a Madrid, falleciendo en 1853.

Pedro González Vallejo, siendo obispo de Mallorca, fue diputado durante las Cortes del Trienio, lo que motivó su obligada renuncia a la sede episcopal y posterior destierro, hasta la muerte de Fernando VII, en que vuelve al primer plano de la política. Primero fue designado por la regente María Cristina de Nápoles, en nombre de su hija Isabel II, como prócer del Reino durante el régimen político del Estatuto Real (1834-1836), así como también fue nombrado presidente de este estamento (legislatura de 1836). El gobierno lo preconizó arzobispo de Toledo, pero la Santa Sede no le dio la institución canónica, por lo que no pudo tomar posesión. El obispo González Vallejo, ante todo, es un constitucionalista convencido. Para él, las Cortes de Cádiz dieron la independencia nacional y un código que "nos ha sacado de una vergonzosa esclavitud", devolviendo las libertades y aboliendo la Inquisición. Sus normas deben ser obedecidas por todos, seglares y clérigos, como teoriza en las distintas pastorales dirigidas a sus fieles. Defiende, pues, un historicismo relativista del poder. Y a los cristianos y sus ministros les exige que, como la religión legitimó el poder absoluto en el pasado, ahora debe también cubrir con su manto legitimador al régimen liberal. Levantarse en armas contra el régimen constitucional es un desprestigio para el cristianismo.

(...)

También otros clérigos apoyaron el liberalismo sin ser ni diputados ni ocupar cargos políticos. Tal es el caso de Juan Antonio Posse, párroco de un pueblo de León, quien pronunció un sonado sermón defendiendo la Constitución y el liberalismo, lo que le acarreó serios problemas durante el Sexenio absolutista. El cura leonés consideraba a los liberales, incluso, demasiado serviles a la monarquía y ponía el ejemplo del cura rural como la persona más cercana al pueblo. Llega, incluso, a expresar cierta admiración por la Revolución francesa, cosa que no manifestaron los afamados clérigos liberales de Cádiz.

 

NOTA: Este texto está tomado del capítulo cuatro de EL CATOLICISMO LIBERAL EN ESPAÑA, de FELIPE-JOSÉ DE VICENTE ALGUERÓ, que acaba de publicar la editorial Encuentro. Este sábado, MARIO NOYA entrevistará a DE VICENTE ALGUERÓ en el programa LD Libros de esRadio.

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