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FRANCIA

Y en el Sena flotaban los cadáveres de docenas de argelinos

Hace cincuenta años, la policía mató a palos en una ciudad a 200 personas. Los uniformados arrojaron al río decenas de cadáveres y el Gobierno prohibió a la prensa mencionar la masacre. Hubo más de 11.000 detenidos, muchos de los cuales fueron llevados a un estadio de fútbol. ¿Santiago de Chile después del golpe de Pinochet? No, el París de la democracia y el Mercado Común.


	Hace cincuenta años, la policía mató a palos en una ciudad a 200 personas. Los uniformados arrojaron al río decenas de cadáveres y el Gobierno prohibió a la prensa mencionar la masacre. Hubo más de 11.000 detenidos, muchos de los cuales fueron llevados a un estadio de fútbol. ¿Santiago de Chile después del golpe de Pinochet? No, el París de la democracia y el Mercado Común.

Desde el siglo XVIII, el motivo por el que se ha matado a más seres humanos en Europa Occidental, después de la raza, ha sido la trilogía revolucionaria de la libertad, la igualdad y la fraternidad. El Estado francés nacido de la Revolución ha contado con una impunidad sobre sus crímenes que sólo se explica por motivos ideológicos y por la propaganda que ha convertido a París (ciudad donde llueve más de la mitad del año) en uno de los principales destinos turísticos del mundo.

Así, atontados por docenas de películas y por los manuales escolares que aseguran que unos aristócratas y burgueses franceses generosos y progresistas parieron los derechos del hombre, muchos occidentales, entre ellos casi todos los hablantes de lengua española, están convencidos de que en Francia los ciudadanos han tenido y tienen más libertades que en sus países. La realidad es que el Estado francés es uno de los más poderosos y crueles que existen en Europa.

El catalán Carles Fontseré, que al acabar la guerra civil española marchó a Francia, cuenta que las porteras de París eran unos personajes capitales para los exiliados europeos que vivían en la ciudad: tenían su firma registrada en la comisaría del barrio y la policía recurría a ellas para controlar a los vecinos. La Gendarmería realizaba razzias y a los indocumentados les daba a elegir entre incorporarse a la Legión Extranjera o ser deportados. Así se vivía bajo la III República.

Artillería naval contra caseríos

La presencia de Francia en Argelia comenzó en 1830. Aunque Napoleón III concedió a los argelinos la nacionalidad francesa, el Código del Indígena, promulgado en 1881, distinguía a los ciudadanos franceses (con orígenes europeos) de los sujetos franceses (los argelinos). Estos últimos estaban privados de la mayoría de sus derechos políticos. Compárese este apartheid con el régimen de la Constitución de Cádiz, que no establecía diferencias entre los "españoles de los dos hemisferios".

El 8 de mayo de 1945 se rindió el III Reich nacional-socialista, y en Argelia los festejos por la victoria se convirtieron en manifestaciones por la independencia, en algunas de las cuales se asesinó a europeos. Para reprimir a los rebeldes, las autoridades francesas dieron armas a los colonos (los pied-noirs) y ordenaron a buques de la armada que bombardeasen diversos pueblos de la costa donde había revueltas. El número de muertos es desconocido, pero los argelinos hablan de 45.000 y los franceses, de 1.500-8.000.

Uno de los políticos que respaldó la represión de los argelinos independentistas, al punto de aprobar con su firma una treintena de penas de muerte, fue el futuro presidente socialista François Mitterrand (1981-1995). Sólo en 2008 el embajador de Francia en Argel reconoció la matanza.

En 1954 comenzó la guerra de la independencia argelina, pero marchó muy mal para Francia, porque ésta ya no era la potencia que fue antes de la Segunda Guerra Mundial y tanto Estados Unidos como la URSS estaban a favor de la descolonización. El fracaso militar y político de la IV República permitió al general Charles de Gaulle regresar al poder en 1958 como presidente. El militar, dotado de genio para convertir las derrotas en victorias, comprendió pronto que tenía que negociar con el Frente de Liberación Nacional argelino el fin de la guerra.

A Argelia habían marchado docenas de miles de franceses y a Francia llegaron también decenas de miles de argelinos. Los primeros iban a enseñorearse del país y a gobernarlo; los segundos iban a trabajar en empleos despreciados y mal pagados. La población argelina en Francia ascendía a cientos de miles de individuos, y durante la guerra de independencia el Gobierno de Michel Debré, un gaullista devoto del general, tomó diversas medidas para vigilarla.

Un veterano de Vichy, al frente de la Policía

Desde 1958, el jefe de la Policía de París era Maurice Papon, que con el tiempo se convertiría en el único funcionario francés condenado por colaboración con el ocupante alemán; pero entonces era un jefe policial con fama de duro y eficaz, ganada precisamente en Argelia. En el primer año que mandó la Policía de la capital se detuvo a más de 15.000 franceses norteafricanos, muchos de los cuales sufrieron malos tratos y torturas.

En 1961 varios policías murieron en una serie de atentados con bomba en París. El FLN convocó a los argelinos a protestar por el toque de queda que se les había impuesto. El 17 de octubre varios miles de "musulmanes franceses de Argelia", como les llamaba la prosa administrativa, se manifestaron de forma pacífica, aunque sin permiso, por el centro de París. La reacción de los gendarmes, azuzados por Papon en persona, fue propia de las tropas especiales del KGB cuando aplastaban una rebelión contrarrevolucionaria en una ciudad.

Los policías de la democracia más veterana del continente europeo, después de la suiza, propinaron palizas mortales con sus porras. Los cuerpos se amontonaron en camiones y fueron arrojados al Sena, donde los que no habían muerto a causa de los golpes y estaban sólo inconscientes se ahogaron. En los días siguientes aparecieron cadáveres a lo largo del río hasta Rouen.

Unos 11.500 manifestantes fueron detenidos y trasladados, en autobuses de transporte público confiscados, al Palacio de Deportes y al estadio Pierre-de-Coubertin. Muchos de ellos no se atrevieron a ir a los baños públicos por miedo a ser apaleados y asesinados. El Gobierno les devolvió a Argelia vigilados por gendarmes con el dedo en el gatillo de las ametralladoras.

Censura de prensa

El Gobierno de Debré prohibió a los periodistas informar de la matanza. Sólo publicó noticias al respecto el periódico del PCF L’Humanité, que callaba en cambio lo que hacían los comunistas en otras partes del mundo.

La información que llegaba a España estaba debidamente manipulada. Por ejemplo, el corresponsal de La Vanguardia, el entonces falangista Carlos Sentís (posteriormente fue senador por UCD y, más tarde aún, nacionalista catalán), envió una crónica en la que culpaba a los argelinos de los tumultos y cuyas primeras frases eran las siguientes:

El agua de la lluvia extrae reflejos brillantes del empedrado de las calles. Desde que empezó el otoño, hoy en realidad es la primera jornada de frío...

El 4 de noviembre, la prensa española publicó que el ministro de Interior aflojó algunas de las restricciones impuestas a los argelinos.

Unos pocos meses después de estos asesinatos en masa, el 19 de marzo de 1962, entró en vigor el alto el fuego entre el Ejército francés y el FLN. Un referéndum celebrado en Argelia decidió el destino del país: la independencia. Los pied-noirs regresaron a Francia, pero París dejó en su antigua colonia a muchos argelinos que habían luchado por su causa, los harkis, que luego fueron diezmados por el FLN. La V República dictó una amnistía para los delitos cometidos durante la guerra (que el Gobierno se negaba a denominar así) que cubrió las responsabilidades por la masacre del 17 de octubre.

Archivos desaparecidos

Se empezó a conocer la magnitud de la masacre gracias al libro de Jean-Luc Einaudi, que no se ha editado nunca en España. En 1998 el primer ministro socialista, Lionel Jospin, ordenó investigar los hechos, y el 17 de octubre de 2001 el alcalde de París, Bertrand Delanoë, descubrió una placa en el Puente de la Fraternidad. En este aniversario, el presidente del Senado ha pedido que el Estado francés admita la masacre.

El dato oficial es de cuarenta muertos, pero los investigadores independientes lo elevan, como mínimo, a 200. Los hechos no se han reconstruido completamente porque los archivos policiales relacionados con ellos han desaparecido, por lo que cualquier cifra que se dé puede ser cierta.

Con estos antecedentes, se comprende que los generales argentinos pidiesen a los Gobiernos franceses asesoramiento sobre guerra antisubversiva. De ello hablaremos en otra ocasión.

Querido lector: ¿te imaginas lo que habría pasado si la Policía franquista hubiera matado a 200 manifestantes por motivos racistas en Madrid, saharauis o maroquíes, por ejemplo, y los hubiera arrojado al Manzanares, amén de internar a miles de detenidos en el estadio Santiago Bernabéu? ¿Cuántas películas y cuántos libros se habrían filmado y escrito sobre esa matanza? En cambio, como se perpetró en Francia, silencio durante décadas.

Como destaca el único columnista español que recordó el quincuagésimo aniversario de esta masacre en el día exacto de su cumplimiento, Carlos Ruiz Miguel, ningún periódico español con corresponsal permanente en París ha publicado nada al respecto. Así se mantiene, escribe Ruiz Miguel, "el nacional-masoquismo español [que] tiende a ver la historia de España llena de sombras y la historia de otros países, especialmente Francia, llena de luces".

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