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ESPAÑA

Las raíces del antiamericanismo

El uso de nombres y adjetivos despectivos para referirse a Estados Unidos, o incluso el desprecio al idioma inglés y a la cultura anglosajona, muestran esa visión provinciana del mundo arraigada entre nosotros en las partes más tristes y vergonzosas de la izquierda y de la derecha.

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Ese antiamericanismo recuerda al odio y a los celos que despertaba España en el siglo XVI y que culminaron en la Leyenda Negra, en una serie de tópicos despectivos que hoy recae sobre EEUU.

No es un fenómeno únicamente español, como mostró entre otros Jean-François Revel, y parte del siglo XVIII, cuando algunos ilustrados franceses e ingleses elaboraron interpretaciones antropológicas racistas sobre los americanos del Norte, a las que Jefferson o Franklin tuvieron que contestar. En España, el antiamericanismo despuntó a principios del XIX, pero tomó su forma en la Guerra de Cuba y en 1898. Luego resucitó durante el franquismo entre 1939 y 1943 ­–los años filofascistas-, hasta el despertar de los años sesenta, coincidiendo con los años de mayor violencia verbal por parte de la izquierda.

Todo comenzó en España por la fórmula del presidente Monroe (1823), aquella de "América para los americanos", que denunciaba el presunto carácter nocivo de la presencia española en aquel continente. La respuesta en nuestro país, más ocupado en aquellas fechas en la política interna, fue la de señalar que el verdadero interés de EEUU era el de extender su influencia por las nuevas repúblicas hispanoamericanas. No en vano, el presidente Adams había dicho que la anexión de Cuba era "indispensable" para EEUU. Los medios españoles que se ocuparon de la cuestión coincidían en despreciar a los norteamericanos en términos culturales: frente su sentido materialista de la vida y su bisoñez como nación, España tenía un sentido espiritual y constituía la nación más vieja de Europa, con un legado cultural inmenso.

Sin embargo, ese primer antiamericanismo no era nada en comparación con el sentimiento antifrancés, de sobra el más arraigado en suelo español durante el siglo XIX. Esto no dejaba de ser curioso y contradictorio, porque Francia era el foco de influencia política, literaria y artística clave para España, y lugar de exilio y refugio para liberales y absolutistas. Ni siquiera el que los independentistas cubanos se refugiaran en EEUU desde 1868 y recibieran una tímida ayuda privada e institucional allí, o las ofertas de compra de la isla antillana, generaron una propaganda general antiamericana. Esto cambió con la intención estadounidense de anexionarse Cuba, que creó el primer discurso antiamericano verdaderamente popular; pero no tuvo lugar hasta el último decenio del XIX.

Theodore Roosevelt.El presidente Roosevelt, siguiendo la Doctrina Monroe, provocó el enfrentamiento con España. La prensa española arremetió en los años previos al 98 contra el yanqui, al que mostraban como prepotente, materialista, tosco, filibustero, ramplón y cobarde; frente al español, que era por definición espiritual, noble, de raigambre, leal y valiente. EEUU, decían, no era una potencia militar como España, ni sus armas y soldados eran rivales para los españoles; su cultura e idioma no estaban a la altura de lo español; y, en caso de guerra, nuestro país no tendría rival. Las ínfulas patrióticas de periódicos y escritores mostraban una mentalidad y un país muy alejados de la realidad; algo parecido sucedió en Francia con Alemania antes de 1870 y de 1914.

Los periódicos españoles, de todos los colores, calentaron tanto el ambiente, que en la primavera de 1898 hubo varias manifestaciones callejeras antiamericanas en Madrid. Entre el 19 de mayo, cuando la flota del almirante Cervera llegó a Santiago de Cuba, y el 4 de julio, fecha de la derrota definitiva, se fraguó definitivamente el discurso popular contra los yanquis. Ya quedaría en lo sucesivo que el estadounidense era materialista, impío, tramposo y prepotente. Quedó un sentimiento de superioridad, casi un complejo, basado en que, si habían ganado por su riqueza y tecnología, "lo español" vencería en lo cultural, con su lengua, su religión y su espíritu quijotesco. Los españoles eran superiores esencialmente a los norteamericanos, pero la riqueza no nos acompañaba. Ese patrioterismo inútil y el complejo de superioridad acompañaron a los españoles durante todo el siglo XX.

La Segunda Guerra Mundial reavivó el antiamericanismo. Las buenas relaciones del régimen de Franco con la Alemania nazi y la Italia fascista provocaron que reapareciera el discurso popular contrario a EEUU, con todos los tópicos patrioteros y pueriles. Estados Unidos aparecía en los periódicos y en las emisiones de RNE como el contaminador de la civilización occidental, por su materialismo, su democracia decadente y su cultura pervertida. Pero esto duró hasta que las fuerzas del Eje aguantaron la guerra. Cuando cayó Mussolini, las cosas cambiaron.

Los servicios de inteligencia británicos capturaron en agosto de 1943 una instrucción secreta del Ministerio de la Gobernación español. La directriz estaba clara: se ordenada a los medios de comunicación que suavizasen su postura frente a EEUU y que recordasen a los lectores que "durante la Guerra Civil, amplios sectores de opinión en Norteamérica apoyaron la causa nacionalista". Y así desapareció del régimen ese discurso antinorteamericano resucitado por los falangistas. Sin embargo, como en 1823, los españoles estaban a otra cosa, en este caso a sobrevivir en la dura posguerra. Una prueba de la mentalidad y actitud de los prototipos españoles es Bienvenido, Mr. Marshall (Luis G. Berlanga y Juan Antonio Bardem, 1952).

De esta manera, cinco meses después de que el 5 de noviembre de 1950 la ONU revocara la resolución de condena del régimen de Franco, apareció en Madrid el embajador de EEUU. La prensa y la radio elogiaron la política norteamericana por su lucha contra el comunismo –en junio de 1950 había estallado la guerra en Corea–, al igual, decían, que había hecho Franco durante la Guerra Civil. Así, el dictador pasó a ser el "Centinela de Occidente". Luego se firmó el tratado de septiembre de 1953 por el que se establecían bases militares norteamericanas en España, y Eisenhower visitó nuestro país en diciembre de 1959.

Fue precisamente aquel tratado militar y económico con EEUU lo que resucitó el antiamericanismo en los años sesenta a derecha e izquierda. Pero no era cuestión panfletaria. El Instituto de Opinión Pública elaboró una encuesta en marzo de 1969 en la que preguntó sobre la conveniencia de prorrogar dicho acuerdo con EEUU, y un 40% se manifestó en contra. Es cierto que tres años antes cayeron sobre Palomares (Almería) cinco bombas termonucleares procedentes de un B-52 norteamericano, y que dos de ellas lo hicieron cerca del pueblo, y aunque no explotaron esparcieron plutonio altamente radiactivo. Aquello revolvió a la opinión pública hasta el punto de que Manuel Fraga, entonces ministro de Información y Turismo, tuvo que bañarse en la playa de Palomares para calmar a la gente. Era el miedo a la guerra, a que España quedara inmersa en uno de los conflictos de la Guerra Fría.

Ese miedo lo aprovecharon entonces algunas personas del régimen para reverdecer el antiamericanismo propio de los tradicionalistas. El ministro Castiella, encargado de la renovación del tratado con EEUU, declaró en La Vanguardia Española el 5 de noviembre de 1974 que los norteamericanos sólo ocupaban las bases en nuestro suelo, pero que no estaban comprometidos a defenderlo. Si los sectores más ultras del franquismo comenzaban a expresar su antiamericanismo, otro tanto hacía la izquierda, siguiendo las referencias culturales socialistas europeas, alimentadas en gran medida por la política de bloques y por la URSS.

Para la izquierda, siguiendo las consignas comunistas, EEUU era el imperialismo capitalista, la degradación del ser humano y el enemigo del "hombre nuevo", del "proyecto liberalizador" de los pueblos y del proletariado. Es más; se trataba del país que había sacado a Franco del aislamiento, y por tanto formaba parte del "enemigo". Esa izquierda reverdecía todos los tópicos antiamericanos fraguados en aquel primer discurso de 1898: los estadounidenses eran prepotentes, materialistas, incultos y violentos, a diferencia del europeo –ahora no sólo del español–, más espiritual, culto y pacifista. La paradoja estaba en que, mientras se despreciaba a EEUU, la sociedad española (y europea) se iba americanizando, especialmente la juventud, en la ropa, la música y el cine, incorporando costumbres y palabras.

El resultado fue que, cuando España tuvo que incorporarse a la OTAN, la izquierda española tomó el antiamericanismo como el acicate capaz de movilizar al país. Fue durísima la campaña del PSOE contra la OTAN, a la que se identificaba con EEUU; igualmente dura fue la lanzada cuando González, ya en el poder, decidió cambiar de opinión y dejar a España en la Alianza Atlántica. En 1986, la extrema izquierda se movilizó al grito de "OTAN no, bases fuera"; el desenlace fue la creación de Izquierda Unida, portaestandarte hoy del rancio antiamericanismo. Se trata del mismo discurso de fondo (materialistas, violentos y filibusteros), al que han añadido los mártires y eslóganes actuales. El odio es tan profundo, que los atentados del 11-S en EEUU aumentaron el antiamericanismo: era el castigo a la maldad que los estadounidenses habían propagado por el mundo durante décadas.

Es un antiamericanismo en el que se mezclan críticas al american way of life y a sus valores, el miedo a perder identidades nacionales, los imaginarios estalinistas o la envidia europea. Un odio rancio que une a los ultras de la izquierda y de la derecha. 

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