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ESPAÑA

¿Fue viable el franquismo?

La respuesta obvia es que sí lo fue durante casi cuarenta años, un periodo histórico considerable (la república duró cinco años escasos), y superando retos extremadamente arduos que pocos regímenes tuvieron que afrontar.

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Entre esos retos a que me refería en el párrafo anterior se cuentan la guerra contra la revolución (ganada), la inmediata guerra mundial (manteniéndose al margen casi por milagro), la guerra de guerrillas diseñada para reanudar la guerra civil (ganada también, pese a que reunía las condiciones objetivas para convertirse en un problema similar al de Grecia), el aislamiento internacional (vencido también política y diplomáticamente, y pese al cual el país avanzó, y casi sin ayuda alguna exterior, al revés que la Europa occidental), los persistentes odios y rencores de la república y la guerra (que se fueron disolviendo hasta casi desaparecer), la pobreza heredada y fomentada por el conflicto mundial y el aislamiento (hasta lograr España, en su historia de varios siglos, la mayor prosperidad y más rápido acercamiento a los niveles de renta de la CEE).

Y sin embargo, tras la muerte de Franco el régimen se desintegró con tanta rapidez como facilidad. Y lo más notable: la desintegración provino del interior del mismo régimen, dando lugar a un sistema democrático, si bien con taras que se han agravado en los últimos siete años. Ya he explicado que, así como las izquierdas y los separatismos españoles siempre han sido antidemocráticos, aunque usaran la bandera contraria, las derechas han sido más bien liberales pero a-democráticas, sin pensamiento ni política en tal sentido. La transición se hizo con un pensamiento muy simple: homologarse al resto de Europa Occidental, pero sin ningún designio de mayor calado, y el fruto ha sido una transición de cristal, frágil, cuya parte exitosa se debe más bien al cuantioso capital político (reconciliación y prosperidad, básicamente) heredado del régimen anterior.

Una clave de esta evolución nos la da la propia muerte de Franco. Mientras vivió, ningún político disfrutó, también en siglos, de su prestigio. Y no digo solo dentro del franquismo, pues fuera de él despertaba el Caudillo un respeto supersticioso que hacía creer a la oposición –antifranquista pero nunca democrática– que jamás lograría sus objetivos mientras él viviese.

El franquismo no permitió los partidos de izquierda y separatistas, que habían destruido la legalidad republicana, provocando y organizando la guerra civil. Pero, sistema de partido único en teoría, mantenía en su interior unos partidos atenuados, las llamadas familias, con sus parcelas de poder, órganos de expresión, rivalidades y luchas por la hegemonía. La historia de la derecha prueba que esta siempre ha sido proclive a divisiones incluso suicidas, como las que originaron las dos repúblicas, y sin embargo Franco logró mantenerlas embridadas, haciéndolas tirar del carro en la misma dirección: toda una proeza histórica, y muy excepcional. Esa excepcionalidad explica que, apenas fallecido, cada familia e incluso fracción de familia pasase a empujar en direcciones contrapuestas. En La transición de cristal he examinado este fenómeno, que terminó haciendo derivar la reforma, planteada de modo bastante correcto por Fraga y aún por Fernández Miranda, hacia los desbarajustes de Suárez, con una Constitución contradictoria y la calamidad política que condujo a su vez al golpe del 23-F.

Es decir, sin la personalidad de Franco el franquismo no pudo continuar. Por ello se destaca a menudo el carácter personal de aquel régimen. De hecho, Franco asumía poderes absolutos, pero, cosa muy poco común en las dictaduras, no solo no los empleó a fondo (no modificaba las resoluciones judiciales, por ejemplo, salvo para firmar conmutaciones, sobre todo de penas de muerte, y normalmente adoptaba la postura de la mayoría en los consejos de ministros), sino que progresivamente fue limitando su dictadura hasta crear un verdadero estado de derecho bastante más riguroso que el actual, como recuerda el poco o nada franquista Herrero de Miñón.

Con todo, en la mentalidad del Caudillo, al menos durante muchos años, el régimen debía mantenerse indefinidamente, pues lo consideraba una superación tanto del comunismo como de la democracia liberal. Para ello impulsó un entramado institucional y legal basado en el concepto de democracia orgánica, que funcionó, mejor o peor, hasta el final, pero no pudo sobrevivirle. Durante los años 60 él mismo mostrará dudas sobre la consolidación de su régimen, habla a veces de él como de un prolongado período de convalecencia después de la explosión de odios traída por la república, y probablemente fue muy consciente de que sus familias se disgregarían al cesar su autoridad por extinción física.

Dentro del franquismo hubo siempre el dilema entre considerarle un sistema definitivo o bien una salida extraordinaria a una crisis extraordinaria, arrastrada desde el desastre del 98 y culminada en el Frente Popular. Finalmente resultó esto último, por voluntad de la mayoría de los franquistas, apoyada en referéndum por la masa de la población. Los franquistas organizaron una democracia, defectuosa pero democracia, y prolongaron el período de paz inaugurado por Franco, el más largo, acaso, de la historia de España.

El franquismo, así, resultó viable como dictadura que solucionó los mayores problemas arrastrados por el país durante el siglo XX (y reavivados, parcialmente, por los mediocres políticos posteriores) e inviable como solución permanente. 

 

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