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SIETE MAGNÍFICAS: MUJERES CONTRA EL ISLAM

Conciencia de Occidente: Ayaan Hirsi Ali

Ana Nuño

Es la más mediática de nuestras siete samuráis. También es la más perseguida y amenazada, algo que sin duda guarda relación con lo anterior. Pero, sobre todo, Ayaan Hirsi Ali es una prueba de aptitud para quienes se proclaman defensores de las libertades. A la luz del resultado, se puede decir que, hasta la fecha, no la hemos aprobado.

A ver si me explico. Con una adivinanza: ¿qué tienen en común Omar al Bashir y Ayaan Hirsi Ali? En el pasado, sólo el haber nacido en países africanos parcialmente islamizados y destruidos por guerras civiles y hambrunas. Pero los dos comparten actualmente, y por razones diametralmente opuestas, el dudoso privilegio de haber dejado al desnudo la inutilidad e inanidad de las más altas instancias políticas y jurídicas occidentales.

Obviamente, nada más alejado de la ex diputada holandesa que se ha significado por su lucidez y valentía a la hora de denunciar el peligro que representa el Islam para las democracias que el presidente de Sudán, el primer jefe de Estado en ejercicio contra el que la Corte Penal Internacional ha emitido una orden de arresto por crímenes de guerra y contra la humanidad. Pero nada más alejado, también, porque resulta que el carnicero de Darfur sigue paseándose libremente por Eritrea, Egipto y Etiopía, mientras que desde hace cinco años la autora de Yo acuso: defensa de la emancipación de las mujeres musulmanas y Mi vida, mi libertad vive bajo custodia y escondida en algún lugar entre Europa y Estados Unidos.

Cuando el pasado mes de febrero las autoridades de Reino Unido declararon persona non grata al también diputado holandés Geert Wilders, impidiéndole así que presentara su documental Fitna nada menos que en el Parlamento británico, Hirsi Ali comentó: "¿Qué queda del proyecto europeo de libre circulación de ideas y personas en la UE? No sobrevivirá si ni siquiera superamos su primera prueba". Ya conocemos la respuesta a esta pregunta, debidamente retórica y cargada de ironía: no contentos con no haber superado esa prueba, vivimos instalados no ya en el parque temático de la UE, sino en un mundo en el que las órdenes de arresto a genocidas emitidas por el tribunal de La Haya son papel mojado pero en el que, en cambio, la mera posibilidad de molestar siquiera remotamente a un puñado de fanáticos basta para suprimir las libertades de parlamentarios culpables únicamente de expresar sus ideas.

El caso de Ayaan Hirsi Ali es excepcionalmente revelador de la confusión y las contradicciones de las sociedades democráticas enfrentadas al auge del fanatismo islámico. Pero no se piense que su ejemplaridad es simbólica y que se desprende, por ejemplo, de su biografía, por otra parte indudablemente fuera de lo común, o de su actual condición de perseguida. Lo que hace de esta mujer una figura ejemplar es lo que ella misma ha conseguido hacer con su vida: ni más ni menos que aprender a ser libre aplicando a rajatabla los principios de la Ilustración. Los mismos principios con los que los occidentales nos llenamos la boca y que luego aceptamos, pasiva y cobardemente, que nuestras instituciones –nuestra justicia, nuestros parlamentos, nuestros pomposos e inútiles organismos multilaterales– conviertan en palabrería hueca.

Ella misma ha narrado en su autobiografía las principales etapas de su transformación. Nacida en Somalia, hija de un destacado opositor a Siad Barre, exiliada con su familia a Etiopía, Arabia Saudita y Kenia, sometida a los cinco años por su abuela a una variante de infibulación, a los 23 años abrió la puerta de su primera cárcel –la cárcel en la que están condenadas a vivir millones de mujeres musulmanas– y huyó de un matrimonio arreglado por su familia con un primo desconocido residente en Canadá subiéndose a un tren que la condujo de Alemania a Holanda. Allí, Hirsi Ali se ganó la vida trabajando como traductora en un albergue para inmigrantes. Y comenzó a militar políticamente, primero en las filas del socialdemócrata Partido del Trabajo. Vivía como cualquier joven occidental: con su novio, sin casarse, trabajando. Pero conservaba su fe en la religión familiar. Hasta el 11 de septiembre de 2001. Ese día, como Nonie Darwish, comprendió un par de cosas. Una de ellas la llevó a abandonar a los socialdemócratas holandeses (PvdA) y acercarse al Partido Liberal holandés. Al que representó en la Cámara Baja desde 2003.

La segunda cárcel de la que se libró Hirsi Ali no ha sido menos importante, sobre todo para su evolución política. Cuando se hizo público el contenido de la carta que Mohammed Atta, que estrelló el vuelo 11 de American Airlines contra el World Trade Center, un compañero de la fundación del PvdA se limitó a comentar: "Este atentado no tiene nada que ver con el Islam". Hirsi Ali comprendió de inmediato lo que quería decir esta musiquilla, y le contestó:
Lo que se dice en esa carta es lo mismo que he leído y oído desde que nací. Me la sé de memoria. Y no hace mucho yo hubiese podido ser uno de esos kamikazes.
Desde los 35 años y su liberación de esta segunda cárcel, la de los prejuicios biempensantes de la izquierda y los lugares comunes del multiculturalismo, Hirsi Ali se ha enfrentado valientemente a las consecuencias de ser liberal. O mejor dicho, liberal clásica, como ella misma define su opción política ("Lo que distingue a los partidos liberales clásicos es la pasión con la que se enfrentan a los retos y su convicción de que se puede avanzar mediante la prueba y el error"). Retos y pruebas no le han faltado a la Hirsi Ali liberal: desde el asesinato de Theo van Gogh por haber plasmado en imágenes su guión Submission hasta el haberse visto despojada de su nacionalidad holandesa, en lo que constituye la actuación más cobarde e infamante de la clase política holandesa en su conjunto, y especialmente del gobierno de Jan Peter Balkenende, que acabó cayendo debido a la magnitud del escándalo.

Pero además Hirsi Ali es una magnífica oradora y una analista política de primer orden, empeñada siempre en llamar a las cosas por su nombre. Y si los europeos se muestran hoy incapaces de defender sus propios valores con la valentía y claridad con que ella lo hace, al menos en EEUU le ha abierto sus puertas un think tank que los resentidos izquierdistas consideran "uno de los núcleos más agresivos de los neocons".

Hay que leer no sólo su autobiografía, también sus ensayos, artículos y discursos: su descripción desapasionada y justa del Islam y de las posibilidades de diálogo con sus cultores ("My View of Islam"); su fina pero demoledora crítica a quienes siguen pensando que hay islamistas moderados ("Islam's Silent Moderates"); su argumentado rechazo de la tesis, tan de moda desde hace dos décadas, según la cual el relativismo cultural y moral es fruto de la Ilustración ("Blind Faiths"); su apoyo a las políticas de inmigración basadas en la integración a través de los valores y no en el fomento del comunitarismo y otros fetiches multiculturales ("Values Matters"); su denuncia del antisemitismo y el negacionismo en las sociedades islámicas.

Y, desde luego, lo que no hay que hacer es prestar la menor atención a los ríos de injurias y descalificaciones que inspira esta mujer a las buenas almas de la progresía. De todos modos, cómo sorprenderse de que para los turiferarios de la alianza de civilizaciones Hirsi Ali, que piensa que la retirada de las tropas españolas de Irak ordenada por Rodríguez Zapatero es una muestra de "cobardía", sea una "doctrinaria exaltada", o que piensen que "su crítica del multiculturalismo, en nombre del liberalismo de la Ilustración, es demasiado radical". Como tampoco tiene la menor trascendencia que Ian Buruma, en su sesgado Asesinato en Amsterdam, suelte esta idiotez:

Ayaan Hirsi Ali no podía compararse con Voltaire, porque el filósofo francés había lanzado sus insultos contra la Iglesia Católica, una de las dos instituciones más poderosas de la Francia del siglo XVIII, mientras que Ayaan sólo se arriesgaba a ofender a una minoría que ya se sentía vulnerable en el corazón de Europa.

Vargas Llosa ha dicho por qué Hirsi Ali es admirable y Holanda dejó de serlo el día que la expulsó, pero Félix de Azúa resume la razón por la que esta mujer, liberal y libre, es la voz de nuestra conciencia. Y por qué debemos atenderla:
Ayaan Hirsi es en verdad una revolución viviente porque dice aquello que todo el mundo sabe, lo evidente. Aquello que los islamistas ocultan, niegan, disimulan, disfrazan, porque amenaza el dominio que ejercen sobre la mitad de la población. Y lo dice sin rencor, sin odio, sin resentimiento hacia sus torturadores. Sabe que no hay posibilidad de diálogo, ni alianza que valga, hasta que millones de mujeres se persuadan de su poder. Por eso dialoga con las oprimidas, no con sus opresores. Será lento, pero no hay otro camino.

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