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CALENTAMIENTO GLOBAL

El dogma Gore-Clinton

El dogma de que el mundo marcha hacia un recalentamiento que pone en peligro la continuidad de nuestra civilización se ha convertido en el argumento capital de todos aquellos intervencionistas que no pueden soportar la idea de que el sistema de libre economía funciona bien y contribuye a mejorar la situación de todos, incluidos los más pobres. Por fin han encontrado un argumento para defender la idea de que el mercado, si se le deja solo, acaba destruyendo la sociedad, incluso el mundo.

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El vehículo más poderoso en esta campaña de alarma es la película producida por Al Gore Una verdad incómoda, galardonada con un Óscar. También Leonardo di Caprio está paseando por todo el globo una película, producida por él mismo, con idéntico mensaje. Ahora se une al clamor en favor de la regulación del control de las emisiones de CO2 el ex presidente Clinton, que ha centrado la reunión de su asociación de filántropos, la Iniciativa Global Clinton, en la lucha contra el recalentamiento de la atmósfera terrestre.
 
En en una reciente entrevista, y tras dar por sentado que el clima está cambiando para peor debido a nuestro uso descontrolado de los combustibles, Clinton ha afirmado que las medidas para combatir el recalentamiento no tienen por qué reducir el crecimiento económico de los países que las apliquen, ni afectar a la cuenta de resultados de las empresas, que ahorrarán energía. El argumento tiene interés, porque es posible que una contaminación atmosférica al estilo de la que soportan algunas ciudades chinas resulte a la postre un freno para el progreso económico del gigante asiático. También puede ser conveniente que las empresas examinen con atención si el ahorro energético no puede a la postre aumentar los beneficios que obtienen de su actividad. Sin embargo, en el caso del tipo de medidas más amplias, la pregunta crucial es si estamos seguros de que hay recalentamiento, y, en el caso de que lo haya, si se debe a la acción del hombre.
 
Las estadísticas sobre temperaturas publicadas por el Instituto Goddard para los Estudios Espaciales de la NASA son uno de los principales apoyos científicos de las tesis de Gore. Pues bien, el pasado agosto el ingeniero Stephen MacIntyre recalculó la serie histórica de temperaturas del Goddard y descubrió que, en Norteamérica, el año más cálido del siglo XX fue 1934, no 1998. También hizo ver que, de los diez años más calurosos desde 1880, cuatro pertenecían al decenio de 1930 y sólo tres a la década pasada. También es interesante saber que, tras este nuevo cálculo, los años que van de 2000 a 2004 fueron todos algo menos cálidos que el de 1900.
 
Al Gore.Las cifras recalculadas por MacIntyre muestran una subida de 0,44 grados centígrados en los últimos diez años, si bien centrada al final del siglo pasado, y no en los primeros años del siglo XXI. No hay que deducir de la reordenación de MacIntyre que las temperaturas de la década de los 30 fueran infernales en comparación con las de finales de siglo, pues el cambio se basa en un recálculo de las temperaturas hasta el centésimo lugar decimal significativo. La conclusión correcta es que las de los diversos años del siglo pasado marcharon parejas. Por lo tanto, quizá no haya tanto recalentamiento global como vienen diciendo Gore, Di Caprio, Clinton y José Luis Rodríguez Zapatero.
 
Las medidas propuestas por los intervencionistas para reducir las emisiones de anhídrido carbónico podrían además resultar contraproducentes. Me gustaría estar seguro de que la producción de combustibles biológicos para sustituir a los fósiles no acabará emitiendo más cantidades de CO2 a la atmósfera, lo que, al menos en los primeros diez o veinte años iniciales, es probable que ocurra. La extensión de la superficie de cultivo en el mundo impulsada por medidas políticas y los consiguientes altos precios de los cereales y otras plantas susceptibles de ser transformadas en energía podrían suponer un aumento de la velocidad de deforestación, lo que iría en contra de las buenas intenciones de los defensores de la Naturaleza.
 
Por si estas llamadas de atención mías pudieran resultar poco convincentes, quiero recoger de la columna de Christopher Booker en el Daily Telegraph del 19 de agosto un cálculo del profesor William Nordhouse, de la Universidad de Yale, sobre el coste de los recortes en las emisiones de gases del tipo de los propuestos por Al Gore. El valor presente del beneficio obtenido por esas medidas lo calcula Nordhouse en cerca de 12 billones (españoles) de dólares. Por contra, el coste de tales medidas, traído también a valores presentes, podría llegar a ser de casi tres veces esa suma.
 
Mi conclusión, tras todas estas reflexiones, es que sigo dudando. ¿Estamos tan seguros de que el recalentamiento global no es sino una repetición de momentos de un ciclo climático de miles de siglos? Las predicciones sobre el incremento de las temperaturas y los efectos que tendría se fundan en modelos meteorológicos basados en supuestos audaces. ¿Estamos seguros de que la catástrofe global se cierne sobre nosotros, como dicen los jeremías de la intervención? Como ha dicho el presidente de la República Checa, Vaclav Klaus, quizá la víctima de la acción del hombre al utilizar más y más energía para seguir prosperando acabe siendo no el clima, sino nuestra libertad.
 
 
© AIPE

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