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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Por qué ETA adoptó un lenguaje tercermundista?

Corría el mes de abril de 1964. Una organización vasca de carácter nacionalista apenas conocida por las siglas de ETA celebraba su III Asamblea. Efectuando un giro radical el grupo iba a adoptar toda una cosmovisión de carácter tercermundista que marcaría totalmente su trayectoria hasta el día de hoy. Puede decirse que a partir de aquella asamblea nada sería lo mismo en el seno de la organización ni en la historia vasca.

El día de san Ignacio, 31 de julio, de 1959 fue el del nacimiento de ETA. La elección de la fecha no era casual ya que un número considerable de sacerdotes y alumnos de seminarios se encontraban entre sus primeros miembros. Inicialmente habían pensado en bautizar el grupo con el nombre de Aberri ta Askatasuna (Patria y Libertad) pero dado que las siglas ATA significan pato en vascuence se decidió cambiarlo y evitar las esperables ironías. ETA, una verdadera escisión de las juventudes del PNV, estaba formada por jóvenes que se sentían disconformes con la escasa vida política y la aún menor presencia del nacionalismo vasco tradicional en las Vascongadas.

Las inclinaciones ideológicas de ETA resultaron bastante difusas en sus inicios. En 1961, por ejemplo, establecieron contacto en París con la CIA a la espera de obtener alguna financiación. Semejante acto no resultaba absurdo ya que el PNV venía recibiendo ayuda financiera de los servicios de inteligencia de Estados Unidos desde hacía años. Su I Asamblea, celebrada en mayo de 1962 en el monasterio benedictino de Belloc, dejó de manifiesto que ETA era nacionalista y radical pero aún resultaba confusa en sus planteamientos. Así, abogaba por la “liberación nacional” pero rechazaba “un régimen dictatorial (sea fascista o comunista)”, defendía “la integración federalista europea” y subrayaba su “repulsa del racismo”. Aunque exigía también “la proclamación del euskera como única lengua nacional”, aceptaba “la instauración de un régimen provisional trilingüe”.

Los primeros números de Zutik (¡en pie!) ponían de manifiesto una pluralidad táctica en la que tenían cabida desde la defensa de métodos no-violentos al estilo de Gandhi a la lucha armada. Ideológicamente, tampoco existía mucha claridad aunque ya se dibujaban de manera predominante dos tendencias, una, de carácter predominantemente marxista y obrerista, y otra, que pretendía relacionar la situación de Euskadi con procesos de descolonización como el de Argelia, es decir, proporcionar al colectivo un carácter marcadamente tercermundista.

La principal influencia ideológica que alteraría esta pluralidad limitada y la que encaminaría hacia una ubicación que pervive en la actualidad sería el libro Vasconia de Federico Krutwig. Publicado en 1963, y muy influido por el discurso tercermundista de los años cincuenta y sesenta, Krutwig sostenía que Euskadi tenía una entidad propia -“mantuvo siempre en alto la antorcha de la libertad”- desde la época de “griegos y romanos”. Asimismo afirmaba que había que rechazar a los dirigentes nacionalistas vascos en el exilio porque se habían “hispanizado” y habían cometido “errores monstruosos”. Entre estos se encontraban el planteamiento del nacionalismo como “una cuestión meramente estatal”, la insistencia en la “religiosidad” y el rebajar la cuestión a “un regionalismo que sólo mendigaba del Estado opresor” y que colaboraba con “los enemigos del pueblo vasco”. Krutwig sostenía que en el futuro el nacionalismo vasco debía tener “bases científicas” y que eso significaba la imposición de la lengua vasca, una óptica izquierdista y una “base étnico-económica”.

En el capítulo sexto de Vasconia, Krutwig además hacía referencia a las guerrillas de “asfalto” y de “monte” que deberían llevar a cabo esta lucha de liberación nacional cuya última fase sería la “guerra revolucionaria”. La lectura de Vasconia sumada a la del africano Frantz Fanon -otro de los ideólogos esenciales del tercermundismo militante y racista- tuvo una influencia decisiva sobre los militantes de ETA en los meses siguientes. De hecho, durante el año 1964, en vísperas de la III Asamblea, esta última posición iría ganando un peso incomparable en el seno de ETA.

En paralelo el fanatismo era también ya elemento indisociable de la organización. Así se podía afirmar con toda claridad: “Para nosotros, como para un cruzado del siglo X, nuestra verdad es la verdad absoluta, exclusiva, que no admite dudas o titubeos. Somos intransigentes en nuestras ideas, en nuestras verdades, en nuestros objetivos”.

En abril de 1964 se convocó la III Asamblea de ETA, una asamblea que sería absolutamente decisiva para el desarrollo futuro de la organización. Ideológicamente, ETA iba a quedar marcada desde entonces por las obras del Che, de Mao y de la guerra de Argelia pero, de manera muy especial, por la manera en que semejantes conceptos se habían filtrado en Vasconia. Desde su punto de vista, Euskadi debía ser contemplada como una colonia española que tenía que ser liberada por las armas del yugo colonial como había sucedido ya con otras entidades similares en el resto del mundo. Para facilitar esa tarea, ETA iba a adoptar una serie de medidas. La primera fue la de la aparición del liberado, un tipo de militante que se dedicaría a la acción política por entero en una situación de clandestinidad absoluta. Se trataba de una figura ya creada por Lenin y seguida lógicamente por los movimientos de liberación nacional de carácter marxista leninista.

En segundo lugar, las decisiones de ETA quedaron totalmente en manos de los que estaban dispuestos a pasar a la clandestinidad ya que a ellos se limitó el derecho de voto. Los que no estuvieran dispuestos a asumir esos riesgos podrían militar en una organización paralela llamada OPA pero no tendrían la posibilidad de influir en las decisiones. Totalmente volcada ya en una dinámica de carácter “liberacionista”, ETA imponía además a sus militantes la obligación de aprender euskera en un plazo máximo de dos años y se afirmaba que, aún en el caso de que llegaran al poder en Euskadi los regionalistas del gobierno autónomo, se mantendría en la clandestinidad.

En paralelo, ETA iba a estrechar lazos con el KGB y a entrar en el organigrama de terrorismo antioccidental que se entrenaba en Líbano, Cuba, Argelia y otros países satélites de la URSS. ETA iba a seguir evolucionando en los años siguientes y sufriría distintas escisiones en sucesivas asambleas pero puede afirmarse que las líneas maestras de su acción quedaron fijadas en aquella III Asamblea. A diferencia del discurso autonomista o incluso independentista, ETA abogaba ahora por una identificación absoluta -y ahistórica- entre el pueblo vasco y los pueblos del Tercer Mundo que estaban accediendo a la independencia.

Al igual que los movimientos tercermundistas -al estilo del argelino especialmente- debía desarrollar una estrategia que azuzara a la población contra el dominador colonial pero aquella estaría en manos únicamente de los elementos más agresivos dispuestos a todo en la clandestinidad. Dentro de esa cosmovisión resultaban características irrenunciables el uso de la violencia de manera progresiva hasta llegar a la guerra revolucionaria, el exacerbamiento de los aspectos étnicos y lingüísticos, y el mantenimiento de la clandestinidad hasta alcanzar un éxito absoluto con la independencia de las provincias vascas de España y Francia.

La simple autonomía nunca resultaría aceptable ni tampoco podría pensarse en un abandono completo de la violencia hasta el éxito final. Tarde o temprano, se esperaba que todos los vascos se sumaran a esa estrategia. A pesar del fracaso de la estrategia tercermundista en países como Argelia o Cuba, casi cuatro décadas después nada hace pensar que el enfoque ideológico de ETA haya variado.

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