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Chismorreos en torno al euro

Nunca digas nada a un periodista, aunque sea en la más estricta confidencialidad, si no quieres que al día siguiente aparezca en los medios de comunicación. Esta es una norma elemental que todo político sensato –y con instinto de supervivencia– respeta. Parece, sin embargo, que hace algunos días se le olvidó al ex ministro británico Peter Mandelson cuando, en el transcurso de una cena, dejó clara su opinión de que el gabinete de Toni Blair está muy dividido en la cuestión de la conveniencia de la adopción o no del euro por Gran Bretaña. Los conservadores vieron en seguida que esta división les permitía atacar fácilmente al Gobierno en un tema muy sensible para la opinión pública. Por ello, el debate parlamentario del pasado 21 de mayo era esperado con una cierta expectación y resultó, sin duda, divertido. No hubo sangre, sin embargo, y, aunque el primer ministro salió algo tocado, pudo mantener el tipo con bastante dignidad. Para desgracia de los conservadores, Duncan Smith no es precisamente Winston Churchill.

La historia de Mandelson no pasaría de anécdota curiosa si no fuera porque el Gobierno se ha comprometido a explicar públicamente su opinión y su estrategia ante el problema del euro el próximo día 9 de junio. Y tal cosa no va a resultar fácil cuando Blair, por convencimiento y por presiones de grupos económicos importantes, se muestra partidario de la moneda única, mientras el ministro de Economía, Gordon Brown, es bastante más escéptico con respecto al euro, posición que sigue encontrando un fuerte apoyo entre los ciudadanos británicos.

En este debate, la reciente apreciación de la moneda europea puede tener efectos contradictorios con respecto al mantenimiento o no de la libra esterlina. Por una parte, los ingleses se felicitan por estar fuera del euro, ya que consideran que, gracias a ello, su economía no va a sufrir los efectos de una fuerte subida de su moneda con respecto al dólar norteamericano, lo que les va a permitir que su sector exportador gane posiciones frente a las economías del continente. Pero, por otro lado, con la subida del euro, desaparece una de las principales dificultades existentes para la aceptación de la moneda única, ya que hasta ahora se consideraba que la valoración de la libra esterlina era excesiva y entrar en la Unión Monetaria con una libra muy alta habría situado a Gran Bretaña en una posición poco competitiva, sin posibilidad alguna, además, de realizar ajustes posteriores en el tipo de cambio. Pero hoy, con la libra a 1,40 euros aproximadamente, Gran Bretaña ha dejado de ser ese país de precios prohibitivos al que estábamos acostumbrados.

Lo que hay que preguntarse en estos casos es, sin embargo, hasta qué punto van a ser las razones técnicas las que resulten determinantes en la adopción de la decisión final por parte del Gobierno. Desde el punto de vista técnico, la conveniencia de la adopción del euro es discutible; pero con una opinión pública mayoritariamente contraria, la opinión de los economistas puede acabar pasando a un segundo plano.

El debate tiene también bastante interés visto desde fuera. ¿Nos interesa a los demás europeos que Gran Bretaña adopte el euro? Tengo muchas dudas. Siempre he pensado que la presencia de ese país en las instituciones de la Unión Europea es muy importante, ya que constituye un contrapeso fundamental para frenar los planes de regulación y centralización que defienden la Comisión y algunos países miembros importantes. Pero el caso del euro es diferente. No creo que la presencia en Francfort de algún alto funcionario británico vaya a cambiar mucho las cosas en el Banco Central Europeo. Y no está mal que, en Europa, haya alguna moneda más en circulación, que permita un poco de competencia monetaria.

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