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EN BUSCA DE UN CABEZA DE TURCO

Juan Pablo II, SIDA y condones

Michael Cook

Sólo después de un mes de la muerte de su predecesor, el nuevo Papa, Benedicto XVI, anunció que había empezado el proceso que culmina en santidad católica. El Vaticano generalmente se mueve a paso glacial para estas cosas, así que esta velocidad sin precedentes confirma lo que la mayoría de la gente siente por Juan Pablo II: que era un tipo extraordinariamente bueno. Sin embargo, antes de que los creyentes se emocionen mucho, hay algo que necesita dilucidarse: la nimiedad sobre si Karol Wojtyla fue, en verdad, el asesino en masa más grande del siglo XX. Si lo fue, puede que la canonización no sea tan buena idea.

Eso es lo que los abogados del diablo han tenido a bien decir.
 
Nicholas Kristof, del New York Times, dice que la prohibición del Vaticano sobre los condones ha costado cientos de miles de vidas siendo uno de “sus más trágicos errores en los dos primeros milenios de su historia”. El influyente New Statesman en Londres publicó un artículo en portada poco después de la muerte de Papa afirmando que “él probablemente contribuyó más a la propagación continental de la enfermedad que la industria del transporte terrestre por camión y la prostitución juntos”.
 
Rosemary Nelly, de The Australian en Sydney, opina que el intransigente Vaticano “finalmente será acusado de crímenes contra la humanidad”. Polly Toynbee, del periódico del Reino Unido The Guardian, quien seguramente comió algo asqueroso en el desayuno aquella mañana, comparó a Juan Pablo II con Lenin: “Ambos antepusieron la ideología extrema a la vida humana y la felicidad, a un coste humano inimaginable”. Hasta los médicos se unieron al coro. La principal revista médica especializada del mundo, The Lancet, acusó al Papa de ignorante y rígido por poner “obstáculos insalvables para la prevención de la enfermedad”.
 
No sé si alguno de estos escritores ha visitado alguna vez hospicios de SIDA y ha abrazado a enfermos de SIDA como hizo Juan Pablo II o si alguno ha trabajado tanto como Juan Pablo II trabajó para conseguir aportaciones económicas internacionales para el tratamiento del SIDA. En su mayor parte, parecen ser los mismos que buscan ensuciar todo lo demás que hizo Juan Pablo II. Pero han hecho su acusación que merecen un examen. ¿Aguantará el escrutinio?
 
 
Estadísticas aterradoras
 
Enfermo de SIDA en UgandaNo hay duda que el SIDA en África es aterrador. La última investigación sobre la proporción del SIDA en Suazilandia, un pequeñísimo reino de 2 millones de personas rodeado por Sudáfrica ha alcanzado el 42.6%, el más alto del mundo. Y está subiendo. Hace 3 años, en 2002, era el 38.6%. “Suazilandia será exterminada”, dijo desesperadamente un activista contra el SIDA. Las cifras de otros países en el sur de África son casi tan sombrías.
 
De acuerdo al Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA (ONUSIDA), dos tercios de la gente con VIH/SIDA viven en el África subsahariana. Al final de 2004, 25.4 millones de personas estaban infectadas, con alrededor de 3 millones infectados durante el año. La expectativa de vida al nacer ha bajado a menos de 40 en 9 países: Botswana, la República Centroafricana, Lesoto, Malawi, Mozambique, Ruanda, Suazilandia, Zambia y Zimbabwe. En este último país, la expectativa de vida al nacer era de 52 años en 1990 y es de sólo 34 en 2003.
 
Horrendo. Increíble, desgarradoramente horrendo.
 
Pero hay algo absurdamente medieval en convertir al Papa en la cabeza de turco, como si las nubes fueran a desaparecer y el sol volviera a brillar si clavamos suficientes alfileres en el muñeco vudú de Juan Pablo II. Echándole la culpa de la tragedia del SIDA africano a un hombre es una de esas ideas que son, en palabras de George Orwell, “tan estúpidas que sólo los intelectuales podrían creérselas”.
 
 
El papel del catolicismo
 
Esas dos ideas existen como parte de todas esas críticas. La primera es básicamente esta: los católicos africanos son tan devotos que si tienen sexo fuera del matrimonio, coquetean con prostitutas o toman una tercera esposa, se abstendrán piadosamente de usar condones porque el Gran Padre Blanco les dijo que no lo hicieran. Toynbee invoca sombríamente “el poder profundo del Vaticano… su autoridad personal sobre 1.3 mil millones de fieles, que es de lo más poderosa sobre los más pobres y desamparados devotos”.
 
Pero es que no se puede estar en misa y repicando: esos ignorantes católicos de piel oscura no pueden ser tan santurrones para usar condones y demasiado aviesos para resistir la tentación. El periodista Brendan O’Neill –que se describe como ex católico que ha abandonado la enseñanza católica sobre sexualidad moral– resume este argumento paternalista en su periódico online Spiked: “La única razón que usted podría creer la idea increiblemente simplista de que el edicto del Vaticano = SIDA en África es que usted considera a los africanos como poco más que autómatas que hacen lo que les dicen”.
 
Superponer los mapas de proporción del SIDA y del catolicismo en el mundo es suficiente para ver cómo se hunde la relación entre la Iglesia Católica y el SIDA. En el hospicio que Suazilandia es hoy, sólo el 5% de la población es católica. En Botswana, donde el 37% de la población está infectada, sólo el 4% de la población es católica. En Sudáfrica, el 22% de la población está infectada y sólo el 6% es católico. Pero en Uganda, donde el 43% de la población es católica, el porcentaje de adultos infectados con el VIH es del 4%.
 
En realidad, sin la Iglesia Católica la situación sería mucho peor. El desastre del SIDA en África pesó mucho en el Papa. Hace 10 años pidió a “los científicos y líderes políticos del mundo, movidos por el amor y respeto debido a cada ser humano, que usaran todos los recursos a mano para poner fin a esa plaga”. Y los católicos respondieron.
 
Alrededor del 27% del cuidado sanitario de las víctimas del VIH/SIDA es cubierto por las organizaciones eclesiásticas y ONGs católicas, algo que hasta The Lancet ha reconocido. Forman una amplia red de clínicas que llegan a la gente más pobre, distante y olvidada de África.
 
Estas estadísticas sugieren que la verdadera historia puede ser bastante contraria al sonsonete que tocan los medios: que practicar el catolicismo puede, en realidad, ser el mejor preservativo.
 
 
¿Son tan efectivos los condones en realidad?
 
Un condónEl segundo supuesto es que los condones son esenciales para prevenir el SIDA en África. En palabras de los investigadores de la London School of Hygiene and Tropical Medicine: “El condón es un artilugio que salva vidas, altamente efectivo en la prevención de la transmisión del SIDA si es usado correcta y consistentemente, además de ser el mejor método actualmente para la prevención del VIH para los que son sexualmente activos y están en riesgo”.
 
Sin embargo, observe que este dogma está limitado por dos salvedades importantes: “si es usado correcta y consistentemente”. ¿Cuán a menudo podemos esperar esto en el sur de África? Si los expertos no han podido terminar con el SIDA en San Francisco y Sidney promocionando condones, ¿qué les hace pensar que lo lograrán en África?
 
Lo increíble es que a pesar de la insistencia dogmática de que distribuir condones es la única manera de detener el avance del SIDA, hay muy pocos estudios que lo demuestren. Un artículo en el Boletín de la OMS el año pasado admitía que hay muy poca investigación sobre el impacto de programas de promoción del condón en la incidencia real de la infección del VIH.
 
Además, aún si los condones fuesen “eficaces” –o sea que no se rompiesen o que no tuviesen fugas– la ley de Murphy dice que muy a menudo fallan. De acuerdo al grupo americano Family Health International que apoya iniciativas reproductivas sanitarias y que promueve condones con vigor, “los condones tienen que ser usados correcta y consistentemente para que funcionen”; “el uso correcto es más complicado de lo que parece porque hay muchas formas de hacerlo mal”; “algunas personas tienen problemas para hacerlo correctamente y experimentan más roturas de lo normal”.
 
En el caótico ambiente social de muchos países africanos –donde la pobreza es endémica, las mujeres son generalmente violadas y la poligamia es común– es muy poco probable que los hombres usen los condones con regularidad. Como observa el presidente Museveni de Uganda: “En países como los nuestros donde una madre tiene que caminar 32 kilómetros para conseguir una aspirina para su niño enfermo u ocho kilómetros para ver si consigue agua, el asunto de conseguir una fuente constante de condones quizá no se resuelva nunca”.
 
Un estudio reciente del uso del condón en países en desarrollo publicado en la revista “Estudios sobre la planificación familiar” resumió la situación con estas palabras irrefutables: “todavía no ha surgido ningún ejemplo claros de un país que haya hecho retroceder una epidemia generalizada mediante, principalmente, la promoción del uso del condón”. Esto se ve más claramente en el sur de África. Los altos niveles de transmisión de VIH han continuado aumentando a pesar de los altos niveles de uso del condón. En Botswana, dice el catedrático Norman Hearst de la Universidad de California en San Francisco, las ventas de condones aumentaron de 1 a 3 millones en 2001 mientras que el promedio del VIH entre mujeres urbanas embarazadas aumentó de 27% a 45%. En Camerún donde la venta de condones pasó de 6 a 15 millones, el promedio del VIH aumentó del 3% al 9%.
 
 
El ejemplo de Uganda
 
En realidad, la historia del SIDA en Uganda respalda la creencia de la Iglesia que la abstinencia y la fidelidad dentro del matrimonio son en verdad la mejor manera de luchar contra el SIDA. En 1991, el nivel de infección en Uganda era el 21%. Ahora, después de años de un programa simple y de bajo coste llamado ABC ha caído al 6%.
 
Yoweri Museveni, presidente de UgandaABC significa A por “Abstinencia, B por “Be faithful”, que quiere decir “Sea fiel”, y C por “use Condones si no practica A y B”. El presidente de Uganda Yoweri Museveni predica el ABC del SIDA con el fervor de un evangelista. “No estoy a favor del uso de condones para las escuelas primeras y ni siquiera para las secundarias... Dejemos que los condones sean el último recurso”, dijo recientemente en una conferencia internacional sobre el SIDA que se celebró en la capital, Kampala. “Tengo hijos ya mayores y mi política era asustarlos contra la práctica del sexo indisciplinado. Comencé a hablar con ellos a la edad de 13 años diciéndoles que se concentraran en sus estudios que para el sexo habría tiempo”.
 
Toynbee sostuvo en su diatriba en The Guardian que “la abstinencia y el celibato no están en la condición humana”. Pero Museveni –nada inocente sobre la condición humana– piensa que si lo están. “Hicimos nuestra más alta prioridad convencer a nuestra gente a que regresaran a los valores tradicionales de la castidad y la fidelidad y que si eso fallaba, que usaran condones” le dijo a ejecutivos de la industria farmacéutica americana hace un par de años. “La alternativa era ser diezmados”.
 
 
Detrás de la campaña
 
La campaña para ensuciar el nombre de Juan Pablo II con las muertes africanas es tan incendiaria y desconcertantemente descerebrada que equivale a la prueba concluyente de la máxima de Orwell. ¿Qué podría estar detrás de esto?
 
Hay una respuesta política. Una astuta campaña –hecha por católicos descontentos para desacreditar al Papa y las enseñanzas tradicionales de su Iglesia– ha estado en marcha desde hace varios años. Un grupo pro-aborto llamados Católicos por la libre elección (del aborto), o CFC en sus siglas en inglés, lanzó una campaña internacional de relaciones públicas en diciembre de 2001 para promover la idea que “los buenos católicos usan condón”. Campañas publicitarias en EEUU, México, Filipinas, Sudáfrica, Kenia, Chile y Zimbabwe marcaron “la primera fase de un esfuerzo para cambiar la política del Vaticano y desafiar su lobby agresivo contra la disponibilidad y el acceso a los condones en áreas del mundo con mayor riesgo”. La posterior cobertura mediática, por lo menos en el Reino Unido, reflejaba los temas centrales de la ideología de la CFC.
 
Pero a nivel más profundo, las creencias católicas sobre la sexualidad chocan con lo que Juan Pablo II llamó la “patología del espíritu”. Como un ejemplo de ello, tomemos la afirmación de Polly Toynbee que dice “el anticonceptivo es el verdadero salvador de la mujer”. El Papa miraba a un salvador distinto. Él sabía que la tecnología no podía curar la herida condición humana. La tecnología no puede inyectar autocontrol, no puede infundir respeto por los demás, no puede fabricar un sentido de la responsabilidad. La única salvación final no viene de una píldora o de un tubo de látex sino de una conversión en el corazón. Un parche técnico dejará los graves problemas de África –como desigualdad de los sexos, pobreza, baja educación y ruptura social– sin resolver. Y sin arreglarlos, el problema del SIDA seguro que empeorará.
 
Pero está claro que disponer de un cabeza de turco al que culpar del SIDA en África llena la necesidad fundamental de tener una solución simple frente a la calamidad. Por eso, tengo una idea que lo solucionará todo.
 
Tony Blair, posible nuevo cabeza de turcoMientras que los periodistas británicos están ocupados denunciando la pésima sanidad en África, el gobierno británico está tramando para empeorarla más aún. De acuerdo a un número reciente de The Lancet el personal sanitario subsahariano está acudiendo en gran número al Reino Unido, dejando la sanidad de sus propios países en un estado catastrófico. Se estima que el 60% de los médicos formados en Ghana en los años 80, por ejemplo, se han ido del país. La iniciativas para luchar contra el SIDA, como la meta de la OMS para proveer de tratamiento antiretroviral de por vida, están siendo frustradas por la falta de médicos. A menos que los médicos y las enfermeras se queden en sus países en vez de buscar mejores sueldos en el Reino Unido, muchos, muchos más infectados de VIH morirán.
 
Una persona puede poner fin a este escándalo: el Primer Ministro británico. Quizá si Polly Toynbee le clavara alfileres al muñeco vudú de Tony Blair, todo el problema desaparecería... ¿Ridículo? Vale. Pero es mucho más lógico que clavárselos al Papa anterior.
 
Michael Cook es editor de MercatorNet.
 
© 2005. Traducción por Miryam Lindberg.

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