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Columna publicada el 10-09-2001
El presidente Aznar inicia en los países bálticos uno de los trimestres más viajeros desde que llegó al Palacio de La Moncloa. Es el preámbulo de la presidencia española de la Unión Europea, para la que se trabaja ya a destajo en la presidencia del Gobierno. Aznar tenía marcada esta agenda desde hace tiempo, porque entre otras cosas quiere visitar todos los países candidatos a la adhesión a la Unión Europea. Además, nadie pone en duda la necesidad de que España realice una digna y eficaz presidencia comunitaria. Pero Europa y la política exterior no deberían ser nunca una puerta de escape, una excusa para no afrontar los problemas nacionales. La política diaria quizá es menos grandilocuente que los viajes por medio mundo, pero es más necesaria; es imprescindible.
José María Aznar, a la vuelta de sus vacaciones menorquinas, no ha vuelto como otras veces. Está enfadado y contrariado por el escándalo Gescartera. Se siente traicionado. Nunca pensó que la corrupción podría merodear al Gobierno y, al final, ha descubierto que este Ejecutivo tiene que sufrir y vivir de cerca casos de corrupción. En las pocas comparecencias públicas que el presidente del Gobierno ha tenido desde su vuelta veraniega, Aznar se ha mostrado serio y distante, esquivo con la prensa y en ocasiones algo tenso. El escándalo Gescartera le ha afectado mucho y no quiere verse salpicado por él. No fue una casualidad la ausencia del presidente en el pleno extraordinario para la constitución de la comisión de investigación parlamentaria. Aznar no quiere oír hablar de Gescartera.
Quizá le venga bien esta intensa agenda internacional. Quizá por ello Europa se convierta en escapatoria y la política exterior aparece como un refugio. Pero, ante todo esto, no se puede olvidar que los ciudadanos demandan otra actitud del Poder Ejecutivo. La imagen de un Aznar viajero, que en otros tiempos causaba admiración, ya no es tan valorada. La imagen de un presidente del Gobierno con una agenda internacional tan apretada, cuando en España ahora mismo existen problemas importantes y de calado, no termina de ser coherente.
De Aznar siempre se ha dicho que es muy trabajador y que estudia uno a uno expedientes e iniciativas. De él siempre han contado que es un político que resuelve personalmente los problemas. Por todo ello, cuando el presidente deja de lado los problemas internos, cuando delega el impulso político de su Gobierno, cuando evita reconducir las crisis con mano fuerte y personal, es que algo está pasando. Negarlo es negar la realidad. Quizá el haber visto como la corrupción se acercaba al Gobierno está provocando un cambio de estilo. El tiempo lo dirá.

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