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Columna publicada el 28-05-2003
Después de la inicial euforia y de la lógica "borrachera" en la noche electoral, el Partido Popular vuelve a pisar tierra, vuelve a la realidad y esa realidad se llama sucesión. Después de unos meses muy duros en todos los sentidos, las cosas empiezan a volver a su sitio. Los resultados del 25 de mayo se han convertido en la primera satisfacción que se vive en la calle Génova desde hace mucho tiempo. Y los populares la quieren saborear despacio, a sabiendas de que el proceso de la sucesión es inminente y que, por lo tanto, va a ser inevitable que vuelvan ciertas turbulencias internas.
Precisamente en este sentido, es decir, en clave sucesoria, en los círculos del PP empieza a surgir un "run-run". Comienza a cobrar fuerza una posibilidad que, realista o ilusoria, por encima de todo puede ser rentable electoralmente. Me explico: "¿Para que dividir el partido en facciones, o en sagas de sucesores?”, se preguntan algunos. "¿No puede ser más inteligente vender que todo continúa igual?", añaden, para luego recordar que "Aznar se va, pero su equipo continúa". Esa es, en efecto, lo que podría ser la nueva clave de la sucesión. El planteamiento que hacen es bien sencillo: "Para qué correr riesgos innecesarios y dar un giro a la fórmula que se ha demostrado ganadora. Para qué trastocar todos los planes cuando se acaba de comprobar que Aznar es el sello de calidad que da la victoria en las urnas".
Con este planteamiento surge la duda de cómo conseguir que Aznar siga, sin cambiar su decisión. Pues muy sencillo. Aznar se va, pero el equipo continúa. El equipo de los éxitos económicos, de los logros en la lucha antiterrorista, de la creación de empleo, de la rebaja de impuestos, de la ilegalización de Batasuna, de la articulación constitucional de España se mantiene al completo. Es evidente que alguien será formalmente el sucesor –uno será el elegido–, pero esta propuesta que comienza a cobrar fuerza se traduciría en que el nuevo rostro del PP contaría con el mismo equipo de Aznar. No tanto como resultado de un "pacto de caballeros", sino como de una decisión de pura eficacia y rentabilidad política.
Por todo esto, no son casualidad los piropos constantes que se están escuchando, después de los resultados del domingo sobre la persona del presidente. Ciertamente, las elecciones han sido ganadas por él en primera persona, implicado en la campaña y recorriendo España como pocas veces lo había hecho. Pero, junto a eso, llama la atención el clamor postelectoral en las filas populares. "Aznar es y seguirá siendo un activo del Partido Popular". La dirección del PP, todos y cada uno de los posibles sucesores saben que necesitan del actual presidente del Gobierno para ganar las generales del 2004. Comienza entonces a cuajar la idea de que sería una torpeza renunciar a los ocho años de Gobierno Aznar y a toda su hoja de servicios. Precisamente por ello, una fórmula adecuada para poner en práctica esa estrategia sería la de repartir el protagonismo de la sucesión entre todo el "equipo". Una alineación de lujo donde estarían: Rato, Rajoy, Mayor, Arenas, Zaplana, Acebes, Loyola y un largo etcétera. Uno será la cabeza, pero todos formarían el mismo equipo.
La idea, inicialmente, no es mala desde el punto de vista de estrategia electoral. El problema es que en política no podemos olvidar que el "factor humano" es decisivo. Las envidias, las zancadillas, la soberbia del poder, el protagonismo desmedido también juegan sus malas pasadas. El PP todavía tiene que pulir este golpe de mano, aunque habrá que reconocer que con la endeblez demostrada por Rodríguez Zapatero en las elecciones municipales y autonómicas quizá al final todo puede ser más fácil de lo que parece para los populares. En todo caso, el PP prepara su equipo de "galácticos". Aunque, ¡ojo¡, que los "galácticos" no siempre ganan. También hacen falta obreros de la política, una especie camino de la extinción.

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