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Psicología, Prozac y Dios

Son precisamente los países más desarrollados los más depresivos.

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¡Cuántas veces una anécdota encierra más sabiduría que mil explicaciones! Porque las cenizas de Carrie Fisher, la princesa Leia de La Guerra de las Galaxias, fueron enterradas en una urna con la forma de píldora de Prozac. Según explicó su hermano, este antidepresivo era una de las posesiones favoritas de la actriz, así que la familia decidió sepultarla en tan peculiar envoltorio por tratarse del "lugar donde le gustaría estar". Del Paraíso a una píldora de Prozac: desasosegante resumen de la Humanidad actual.

Podrían escribirse sesudos tratados sobre las causas de las neurosis que sufre buena parte de la población de eso que se llama mundo desarrollado. Podría hablarse de la invasión de la técnica, de las prisas de la vida moderna, de la deshumanización de las ciudades, de la crisis de la familia, del vacío existencial, pero todo eso, más que causas, son las consecuencias de males más profundos. Y quizá pudiéramos resumir todos ellos en uno solo: el olvido de Dios. O su destierro. O su muerte. Da igual. Lo esencial es que parece evidente que la pérdida del sentido de la trascendencia no suele sentarle bien al ser humano.

Antaño, cuando el mundo estaba ordenado, de las cuestiones angustiosas de la vida se ocupaban los curas, como es natural. Pero, como advirtió el inigualable Chesterton, cuando se deja de creer en Dios se pasa a creer en cualquier cosa. Hasta en la psicología. Buena parte de la culpa la tienen precisamente quienes han pasado de pastores de almas a gestores de beneficencia. De la resurrección a la revolución. Luego se extrañarán de que no les haga caso ni Dios.

Por eso uno de los síntomas de la debilidad terminal de nuestro blandito Occidente es la creciente necesidad de psicólogos que nos consuelen de nuestros problemas, problemillas o problemazos. María Oquendo, presidente de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, contaba hace unos meses que "no damos abasto con la cantidad de psicólogos y psiquiatras que se necesitan". Y lo más interesante del asunto es que la pobreza no tiene nada que ver con ello, pues son precisamente los países más desarrollados los más depresivos. Por el contrario, los habitantes de los países menos desarrollados, que no tienen ni nuestra riqueza ni nuestras infraestructuras ni nuestros servicios, no se distinguen por padecer depresiones. Sencillamente, no tienen tiempo para ello. Con espabilarse para poder comer todos los días tienen suficiente.

Aquí nos preocupan otras cosas. Hace ya tiempo que Spengler señaló, entre otros síntomas de debilidad del occidental contemporáneo, su afición a contratar seguros para cubrir cualquier riesgo, desde el rayado de la pintura del coche hasta la muerte. El miedo a la peste o a los vikingos ha dejado paso al miedo al gasto. ¡Cómo han decaído las cosas humanas hasta para temerlas!

Que el hombre occidental es un desequilibrado lo demuestran mil datos: hace ya unos cuantos años se puso de moda entre los ejecutivos norteamericanos desestresarse pegando alaridos por las ventanas. Poco después, las tendencias punteras en psicoterapia recomendaron hacer una pausa a media mañana para sentarse en cuclillas a jugar y cantar cancioncillas infantiles. Luego resultó que la técnica más vanguardista consistía en organizar guerras de almohadas en la oficina. Al parecer, el penúltimo berrido se llama mindfulness, lo que en román paladino siempre se llamó contar hasta diez antes de arrearle un guantazo al vecino. Y el último, diseñado para combatir problemas psicológicos como la tensión, la inseguridad y los miedos, consiste en acurrucarse en postura fetal dentro de un envoltorio, como un gusano en su capullo de seda. Según explican los expertos, una vez empaquetado hay que permanecer en silencio durante veinte minutos. En japonés lo llaman Otonamaki. En castellano antiguo, hacer el capullo.

Y junto a todas estas mamarrachadas, ¡y las que vendrán!, están la pedantería y la charlatanería, plagas de una época en la que la cultura no pasa de barniz. Un ejemplo entre mil: en la provinciana ciudad de este humilde escribidor se anuncia una charla sobre "Los seis pasos básicos para crear una Vida Extraordinaria". Así, con mayúsculas. Y la imparte una señora cuya profesión es –agárrense– Life Coach-Entrenadora de Vida. ¡Nada menos!

Pero, gracias a Dios, ante la retirada del espíritu y la licuefacción de la inteligencia, consuela ver que a veces, con el motivo más insospechado, el pueblo es capaz de dar una lección a tanta tontería. Hace un par de inviernos se nos regaló un hermoso ejemplo. Debido al mal tiempo, unos cuantos cientos de personas quedaron atrapadas durante una noche en la estación de esquí de Panticosa. Aunque, efectivamente, el temporal les impidió bajar cuando tenían previsto, pasaron la noche viendo la tele, bebiendo cubatas gratis y con los niños pasándoselo bomba por la pequeña aventura. Pues bien, a los encargados de resolver la situación no se les ocurrió otra idea que enviar psicólogos para ayudar a los afectados a soportar, comprender, aceptar, sobrellevar, interiorizar, somatizar, superar y sublimar (nunca la justificación de un sueldo necesitó tantos verbos) la tensión. La maravillosa respuesta de los atrapados fue: "¡Dejaos de psicólogos y subid tabaco!".

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