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Claro que La Moncloa huele a Nitrato de Chile, a masones de folletín por entregas de Galdós, a Anís del Mono y a comecuras de casino de pueblo. Y claro que el Enfant terrible no estaba dispuesto a dejar pasar una ocasión tan única para afrentar al Papa de Roma. Pero la explicación a su fervor iconoclasta durante los actos de Valencia no se esconde en el pretendido laicismo que le atribuyen. Qué va, muy al contrario. Porque si alguna ofensiva no existe hoy es precisamente la laicista. Y por una razón muy simple: porque ese socialismo que ha sobrevivido a sí mismo tras el derrumbe del Muro, es cualquier cosa menos laico.
Al revés, la izquierda, que siempre ha sido confesional desde que Robespierre bendijera aquel altar a la diosa Razón en Notre Dame, ahora, perdidas todas sus señas de identidad, se aferra como nunca al sustrato religioso de sus orígenes. Y es que el PSOE no es un partido, es una iglesia, y nuestro airado monaguillo de Ben Laden, su sumo sacerdote. De ahí, y no del laicismo imaginario con que fantasean los no avisados, que simule no conocer más rosarios que los mantras encadenados de su fe ciega en el relativismo.
El PSOE es una iglesia, sí, aunque muy distinta al Cristianismo. Mas no por esos pequeños matices que pudieran servir al observador atento para distinguir entre Erasmo de Rotterdam y Pepiño Blanco o entre Agustín de Hipona y el tal Moraleda. Sino porque nada parecido al concepto de libre albedrío ha florecido alguna vez en el Gran Templo de Ferraz. Ya lo advirtió Oriana Fallaci, cuando trataba de comprender el nihilismo suicida de sus pares en la izquierda italiana: si con algo está emparentado el Nuevo Testamento Progresista no es con la tradición occidental, sino con el Islam. Pues, igual que el Islam, nunca reconocen haber cometido errores, jamás de los jamases. Como el Islam, son infalibles y, por tanto, congénitamente incapaces de pedir perdón por sus pecados.
Y como el Islam, desconocen la piedad para con los disidentes; el que no asiente a su última revisión cotidiana de la Verdad está contra ella, y entonces cualquier castigo humano o divino habrá de ser venial como para reparar tamaña herejía. Por eso, en el fondo, lo que más les irrita del Papa no son sus valores, sino la anomalía insólita y subversiva de que crea en ellos. He ahí lo que se les antoja definitivamente intolerable en la figura de Benedicto XVI: ese empecinamiento obstinado en repudiar el alegre eclecticismo contemporáneo que impone ir saltando de principios morales con el mando a distancia del televisor; esa afrenta imperdonable de negarse a amueblar las conciencias con las prácticas e intercambiables estanterías modulares de Ikea. Y que encima no huela a campo, claro.

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