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Hay que fiarse siempre de la primera impresión que nos causen las personas, más que nada porque el inconsciente es como el algodón: no engaña. Recuerdo que conocí a cierto Ramón Martínez, por más señas maestro en un colegio de curas de Barcelona, una tarde allá a principios de los ochentas. El tal Ramón resultó ser un hombre pobre y un pobre hombre, todo en uno. Lo primero saltaba a la vista; lo segundo saltó sobre mi espalda en forma de un tremendo codazo. Y es que aquel día, por una de esas desventuras azarosas que se dan en la vida, entre Pasqual Maragall y ese Martínez, que se disponía a abalanzarse sobre el prócer para besar su mano, di en interponerme yo mismo. En mala hora, vive Dios. Que de milagro no me envió al suelo, pues el impacto fue brutal. De hecho, aún hoy, veintitantos años después del k.o. técnico, cada vez que recaigo en algún dolor lumbar atribuyo a la ciega e incontenible furia maragallista de aquel Ramón Martínez el origen de mis males.
Ya entonces intuí que el fatal Martínez que se cruzó en mi camino –o yo en el suyo–llegaría lejos. Aunque todavía era demasiado joven para saber que los tipos así no es que vayan muy lejos, es que siempre van más lejos que nadie. Ahora, los conozco bien; ahora sí. Porque después hube de toparme con varias docenas de ramones martínez a lo largo de los años. Y todos eran iguales: más que no tener ni principios ni finales, no tenían límites. De ahí que, ayer, no me extrañara reencontrarlo de nuevo, si bien oculto bajo la permanente algo hortera de un autodenominado Raimon Martínez Fraile, ese delegado de la Generalidad en Madrid que va tildando de loco y enfermo a Maragall. Sí, a pesar del tiempo pasado, lo reconocí a la primera. No había duda posible: el iracundo Raimon que escupía con saña sobre el árbol caído era él, el mío; el mismo Martínez que dejó de ser un don Ramón y un don nadie, las dos cosas a la vez, sólo gracias a que Pasqual Maragall lo designó teniente de alcalde desde su primer mandato.
Claro que lo de Ramón es leninismo en estado puro. Ya se sabe: quien se atreve a discrepar en público de la línea del partido, no sólo es una rata inmunda y asquerosa sino que hay que destruirlo personalmente, tratarlo como si fuese un enfermo mental, alguien enajenado que merece los rigores del electrochoc en un pabellón psiquiátrico. Aunque es eso y, al tiempo, algo más mezquino aún: la venganza de los Botejara. Ni más ni menos.

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