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La Cataluña dual

La manifestación del domingo ha supuesto la quiebra definitiva del simulacro de consenso que, al decir de los nacionalistas, presidía Cataluña.

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La inserción por parte de la empresa Amichi de un anuncio en prensa en que daba las gracias a la Policía Nacional y a la Guardia Civil suscitó en las redes una salva de afectos que probablemente se traduzca en la ganancia de numerosos clientes, tanto en Cataluña como en el resto de España. También, obviamente, en el boicot de aquellos catalanes y españoles que tuvieron por lesiva la actuación de las FSE. No parece que el saldo deba preocupar a Amichi, que aun podría sacar partido de su valerosa acción publicitaria. De eso trata, en suma, la llamada inversión socialmente responsable, que hasta ahora parecía ceñida a la salvación de las ballenas, el uso de papel reciclado y la donación de un porcentaje de los beneficios a Aldeas Infantiles, la clase de compromisos que, de tan incoloros e insípidos, no comprometen a nadie. Agradecer a las FSE su labor social, en cambio, requiere un plus de osadía, máxime en un país donde sólo a Rafa Nadal se le agradecían sus servicios en página impar.

Idéntico valor mostraron los alumnos del IES El Palau, en Sant Andreu de la Barca, Barcelona, que se concentraron la mañana del jueves a las puertas del centro para exigir respeto a sus compañeros hijos de guardias civiles, que habían sido objeto del desprecio de algunos profesores. En el otro lado, el del apartheid, supimos de la existencia de un bar en Calella cuyo propietario anotó en la pizarra el siguiente menú del día: "No servimos a las fuerzas de orden público no autonómicas. Tampoco queremos sus servicios. Gracias. El Galliner". Menos declarativos fueron los anuncios de Banco de Sabadell, Caixabank, Gas Natural y otras entidades, acompañados igualmente de pitos y palmas, pero sobre todo de una grave inquietud.

La innegable fractura de la sociedad catalana, cuyos efectos ya se hacían notar en los ámbitos familiar, amical y profesional, y que tantos catalanes veíamos de atenuar cambiando de tema o distrayendo la atención (con lo que ello tiene de expurgación política y empobrecimiento intelectual de las relaciones personales), camina hacia un escenario tan indeseable como inexorable: el de una comunidad dual. En parte, hace tiempo que Cataluña lo es: la historia del procés no es sino un intento chabacano del agro de someter a la ciudad a base de algaradas cívicas, festivas y familiares, y que tuvieron su hito más descarnado en el centenar de tractores que marchó sobre Barcelona el 29 de septiembre. Se trata, por cierto, de los únicos tanques que han puesto a prueba la resistencia del asfalto barcelonés.

Es probable, decía, que esa división (que se proyecta tenuemente sobre el resto de la sociedad española) aliente ahora la posibilidad, tan desagradable como inexorable, de que haya tiendas constitucionalistas y tiendas independentistas, como hay, y bien lo saben los católicos, parroquias constitucionalistas y parroquias independentistas. Asimismo, y al hilo del segregacionismo del bar Galliner y otros casos (entre los que figura la adhesión de los grandes cocineros barceloneses a la huelga de país decretada por el Govern y la CUP), tal vez no quepa hablar de dos circuitos de restauración, pero, desde luego, ir a Gresca, Dos Palillos o Disfrutar va a ser bastante parecido al sexo sin amor (de los casados).

Durante años, el pujolismo y sus palmeros extendieron la idea de que cuestionar las bases del nacionalismo era atentar contra la cohesión social de Cataluña, un sortilegio cuya sola invocación justificaba la exclusión del castellano del ámbito público, la inmersión lingüística en las escuelas y el señalamiento de cualquier ciudadano que tratara de ejercer sus derechos. La cohesión social fue omnímoda. Entre quienes fueron acusados de violentarla, amenazando así la modélica, envidiada pax civil de que gozaba Cataluña (el mítico oasis), se contaron los impulsores del Foro Babel, el Partido Popular, los intelectuales que promovieron el manifiesto por la creación de Ciudadanos, el propio Ciudadanos, el PSC (desde los escupitajos a Obiols al guantazo a Bustos), los aficionados a los toros, los literatos repudiados por la cultura oficial, la compañía teatral Els Joglars, Loquillo, Mario Vargas Llosa y, en general, cualquiera que mostrara un cierto apego a lo español.

En este sentido, la manifestación del domingo ha supuesto la quiebra definitiva del simulacro de consenso que, al decir de los nacionalistas, presidía Cataluña, esa cohesión social que, como todas sus añagazas retóricas, empezando por el derecho a decidir y acabando por la reivindicación del Sí, no era sino una forma peculiar de designar la tersa discriminación estructural a la que estábamos (estamos) sometidos los no nacionalistas. De lo que se trata, ahora, es de organizar la conllevancia de forma que resulte lo menos bronca posible. Tal vez la perspectiva no resulte edificante, pero la realidad es siempre la mejor de las noticias.

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