Paro

La corta vida de la burbuja Zapatero

Qué poco dura la alegría en la casa del pobre, deben pensar en La Moncloa. O no, porque probablemente nada de esto les venga por sorpresa. Lo que durante tres exiguos meses se nos vendió como un éxito indiscutible de ese agujero de más de 8.000 millones de euros llamado Plan E ha llegado a su fin. Vaya novedad.

Por ponerlo un poco en perspectiva, entre mayo y julio se han creado en España, merced a abrir zanjas, taparlas y volver a cavar, 100.000 puestos de trabajo, bastante menos de los que se destruyeron en marzo y abril –160.000– y casi los mismos –120.000– que se crearon durante idéntico período de 2006 y sin necesidad de plan E alguno.

Se me dirá, claro, que en 2006 estábamos todavía en medio de esa burbuja crediticia que el Banco Central Europeo creó y que nuestros bancos y sobre todo cajas de ahorros –eso es lo que se llama desregulación financiera– tan bien supieron canalizar y amplificar. Y es verdad; sin embargo, ¿qué otra cosa ha sido el Plan E salvo un intento in extremis de perpetuar la burbuja de la construcción? Si, ya sé que al Gobierno se le ha llenado la boca prometiendo un cambio en el patrón de crecimiento español, pero no nos engañemos: aunque tal tarea no compete al Ejecutivo, sino a cada uno de los empresarios que día a día tratan de localizar oportunidades de beneficio y aprovecharlas, ni siquiera se ha seguido semejante rumbo.

El PSOE, como mucho, podía facilitar el proceso de ajuste: dejar que se hundiera la construcción –sin rescatar a las promotoras, sin reformar la ley concursal, sin retrasar tanto como sea posible la quiebra de cualquier banco y sin planes E–, que se ajustaran precios y salarios –rebajando las cotizaciones a la Seguridad Social y poniendo fin a ese instrumento propio del fascismo mussoliniano y análogo a los comités paritarios de Primo de Rivera, llamado negociación colectiva– y, por tanto, que los factores productivos de nuestra economía se recolocaran en industrias exportadoras que, poco a poco, nos permitieran ir amortizando nuestra elefantiásica deuda exterior.

Pero no. Los socialistas prefirieron dificultar cualquier reajuste privado de la economía y teledirigir el cambio de modelo productivo de manera centralizada. Primero exprimiendo los últimos estertores de la burbuja de la construcción, recolocando a los trabajadores y empresarios desde el ladrillo privado –carísimos inmuebles que nadie quería ni podía pagar– hacia el ladrillo público –innecesarias obras de remodelación urbana por las que nadie hubiese pagado ni un céntimo en tiempo de crisis. Ahí se ven los salvíficos efectos del Plan E: entre mayo y julio el sector donde más cae el paro en términos relativos es el de la construcción. Bendito cambio de patrón de crecimiento que en su agonía ya ha destruido entre agosto y septiembre un número mayor de empleos a todos los creados artificialmente por el Plan E.

Segundo, el Gobierno no sólo no facilitó las minoraciones de precios y salarios que podrían haber permitido el surgimiento de nuevas industrias competitivas y rentables. Al contrario, se cerró en banda en el mal llamado diálogo social, levantando el puño como si en Rodiezmo estuvieran, e impidió la muy necesaria contención salarial.

Vean en este gráfico la peculiar evolución que precios y salarios han tenido en España durante el último año.



Desde septiembre de 2008 el IPC empieza a hundirse y en cambio los costes salariales siguen aumentando a ritmos del burbujeante año 2006. ¿En qué se traduce esto? Pues muy sencillo: precios decrecientes y costes crecientes para los empresarios. O, por traducirlo a lo que todo el mundo entiende, menos rentabilidad y competitividad de nuestras empresas que, poco a poco, van echando el cierre y despidiendo trabajadores.

Y claro, con esto llegamos a la última fase del cambio de modelo productivo comandado por Zapatero: impuestos más altos para financiar todavía más obra pública y, sobre todo, más subsidios de desempleo. Precioso panorama: el PSOE impide a los españoles trabajar por lo que pasa a convertirlos en parásitos de los empresarios, de los trabajadores que todavía trabajan y –no lo olvidemos– de todos nuestros hijos.

Desde luego, si nuestro presidente del Gobierno fuera consejero delegado de cualquier compañía, lo tendría algo difícil para llegar a fin de mes: vacaciones indefinidas pero remuneradas para toda su plantilla. Vamos, que a menos que haya descubierto la piedra filosofal, en unas semanas estaría quebrada y disuelta. Lástima que Zapatero no dirija una fallida empresa, sino un fallido Estado cuya capacidad de expolio le permite seguir endeudándose y tirando artificialmente del carro aún cuando esté cayendo en picado.

Y luego Salgado regaña al FMI porque en sus negros augurios no han valorado la influencia que va a tener sobre nuestro crecimiento el falseado proyecto de presupuestos para 2010. Probablemente no lo hayan hecho, porque si no, en lugar de pronosticar una recesión del 0,7%, habrían al menos triplicado el ritmo de caída. Pero ¿qué más dará una mentirijilla adicional?

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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