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VIAN VUELVE

No me gustaría palmarla

Los que sean de cultura afrancesada me entenderán enseguida. Buscar el tono para hablar de Boris Vian es caer en la trampa endiablada que nos tiende su propia escritura. Tropezamos con su talento sin por ello poder definirlo. Es como si desde el cielo –su cielo particular– el bueno de Vian nos pusiera la zancadilla.

Carmen Grimau
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No me gustaría palmarla: así de bestia lo expresó este hombre culto que la palmó sin haber cumplido los cuarenta mientras asistía al estreno cinematográfico de Escupiré sobre vuestra tumba, una de sus novelas malditas –que firmó con el seudónimo de Vernon Sullivan–. Moría fulminado por una dolencia cardiovascular, visionando a regañadientes un pastiche de la novela que le llevó a la ruina literaria y a los tribunales también.

A veces, surgen extrañas coincidencias humorísticas que proceden del más allá de las palabras mismas. Y actúan al margen de nosotros, los mortales.

Lo cierto es que su muerte tan hiperbólica amordazó la obra y exageró al personaje.

Un día
Habrá otra cosa más que un día
Las horas serán diferentes
Desiguales, sin resultado
Es inútil fijar ahora
El detalle preciso de todo esto
Pero una certidumbre subsiste: un día
Habrá otra cosa más que un día

(No me gustaría palmarla, "Un día"; traductor: Andrés Rubio; página 60)

La editorial Demipage bendice los 50 años de la muerte del escritor con una edición muy bella, ilustrada, de 24 de sus poemas, traducidos al español por un fervoroso Vianteam de escritores, poetas y cantantes, como señala en su prólogo, también muy bello, el editor David Villanueva. Fueron escritos en torno al 1952, y sólo vieron la luz en 1962, gracias al empeño del editor Jean Jacques Pauvert, protector póstumo de la obra de Vian.

Las historias en literatura comienzan a veces con encuentros fallidos, con citas pospuestas que la muerte deja en suspenso. Eso es lo que cuenta en sus Memorias el editor que rescató la narrativa inédita de Vian para acercarla a unos lectores que desde entonces no han dejado de leerlo.

A Vian y a Pauvert, ambos aficionados al jazz-hot y a la ciencia ficción, les unía, sin apenas conocerse, una complicidad literaria casi clandestina: "Boris me hizo Comendador exquisito del Collège de la Pataphysique por haber sido el primer editor de la obra de Sade" (Jean Jacques Pauvert: La traversée du livre. Editions Viviane Hamy, 2004, página 339).

Hay autores que conocen la gloria literaria en vida; otros, no. Vian pertenece a los segundos. Con el editor Pauvert, Vian muerto entró en la literatura. Bueno, no exactamente: nació para el mundo editorial. Que no es lo mismo. Los lectores hicieron el resto: lo elevaron a mito de eterna juventud y, como siempre sucede, montaron y desmontaron al personaje y su obra según las necesidades. Siempre sucede, con los muertos famosos.

La extrema dispersión de sus textos se juzgó como una estética de lo superficial. Sus libros se fueron catalogando entre parámetros literarios que resultan hoy ridículos y que, sin embargo, perduran. Hay un Vian para adolescentes atormentados (La espuma de los días), otro pornográfico y corruptor del sistema (Escupiré sobre vuestra tumba); entre medias, un Vian de panfleto antipatriótico (El desertor), hasta que se llega al profeta poético de la muerte (No me gustaría palmarla). Su obra aún queda atrapada en esta maldición circular, sí.

Boris Vian (1920-1959) no sólo fue un escritor y un músico polifacético, también un creador en el sentido generoso y amable de la palabra. Estudió ingeniería y a los 22 años se encontró sentado en una oficina soporífera en el París de 1942. Entonces, el ingeniero empezó a escribir de día y a tocar jazz de Nuevas Orleans de noche, en los garitos clandestinos de Saint-Germain-des-Prés, cuando la música negra estaba prohibida por Vichy. Y toca la trompeta emulando socarronamente al gran Duke Ellington, hasta que no le queda aire en los pulmones, hasta que su cardiopatía reumática le fuerza a pararse.
Esperé hasta los 23 años para escribir. Eso es abnegación. Después intenté contar a la gente historias que nunca habían leído. Eso fue la primera gilipollez: a la gente sólo le gusta lo que ya conoce; a mí, no. En el fondo, me las contaba para mí mismo, estas historias. Me habría gustado leerlas en los libros de los otros...
Contar historias que nunca se habían leído: ésa es la poética de Vian. Alejado de las modas literarias y de las exigencias morales de la post-guerra, Vian navega solo, impermeable a existencialistas, surrealistas de segunda generación, psicoanalistas y otras capillas.

Literariamente, esta desafección le iba a pasar una factura personal muy cruel. En una edición de 1966, Pierre Seghers lo incluye en su colección Poetas de Hoy, y entra en el panteón de los gloriosos póstumos que en vida fueron silenciados.
Yo quisiera
Yo quisiera
Ser un poeta de altura
Que la gente de Cultura
Por las nubes me pusiera

(No me gustaría palmarla, "Yo quisiera"; traductora: Catherine François; p. 44)

Vian conmina sarcásticamente al lector a mantenerse en una posición de alerta ante las palabras. Quiere quebrar la mirada que el hombre común proyecta sobre los objetos. Y los libros son objetos. Por ello, se convierte en el rey de las triquiñuelas, de la argucia poética y en el gran castigador de los críticos literarios "que sólo escriben acerca de los libros que entienden: ¿no sería mejor reseñar aquellos que no entienden? Por lo menos, nombrarían al autor" (epílogo de Todos los muertos tienen la misma piel)

Yo deseo una vida en forma de arista
Sobre un plato azul
Yo deseo una vida en forma de Cosa
En el fondo de una máquina total y solitaria

(No me gustaría palmarla, "Yo deseo una vida en forma de arista"; traductor: Jorge Alemán; p. 58)

A este inventor de un universo semántico propio, su tiempo histórico le fue ajeno. La resonancia épica o social de la literatura no le alcanzó. Sus reglas estéticas eran otras:

La patafísica es una nueva disciplina capaz de enfrentarse desde la sinrazón al universo caótico.

Por otro lado, Vian mira a Nueva York y lee a Chandler y a Chase y adora a las chicas de Howard Hawks. Insólito para las fechas en Europa. El gran patrón Gallimard le publicó La espuma de los días en 1947. Y nada más. Pero Vian no es de esos tipos que se resignan, sigue escribiendo sin éxito notable. Publica regularmente en las revistas más importantes del momento: en Jazz-hot, Les Temps Modernes, Combat, Cahier du Collège de Pataphysique, Arts. Compone canciones para Juliette Gréco o Mouloudji. Toca en Le Tabou rodeado de la farándula intelectual: Sartre, Camus, Audiberti, Prévert, Queneau.

Pero no se adhiere a nada, ni a nadie.

¿Cuál fue su delito para quedar silenciado? Casi nada. Jugar al disfraz. Escribir Escupiré sobre vuestra tumba. Por supuesto, el coup d'effet funcionó y el libro escrito en pocas semanas logró ser el best-seller del año 1947. Los editores nunca le perdonarían semejante tomadura de pelo. Vian escribiría otras tres novelas con el seudónimo de Vernon Sullivan: Los muertos tienen la misma piel (1947), Que se mueran los feos (1948) o Con las mujeres no hay manera (1950). Muchas de estas novelas tienen en la actualidad traducción española.

Los que hayan leído estas novelas podrán rechazarlas por considerarlas literatura menor; que me perdonen, pero ese Vian ágil, tremebundo, provocador me gusta. Son novelas con humo americano y chicas rubias y hombres de piel blanca bajo la que corre sangre negra. Hombres perseguidos por un pasado y que optan por la venganza. Por la criminalidad más abyecta. De factura rápida, parecen guiones más que novelas. Son eficaces en lo que apuntan: episodios de angustia que se resuelven con dosis de alcohol, sexo frenético y asesinato. Apunta Vian a la urgencia de la carne. A los trastornos de identidad racial en la Nueva York que Vian jamás pisó, pero que vio una y otra vez en el cine. Ese asomarse al cine negro y a las novelas-made-in-usa con absoluta desinhibición lo llevaría a los tribunales por atentado a la moral pública.

"Es matador arrastrar tras de sí lo que uno ha sido", confiesa el personaje Wolf en La hierba roja.

¿Sullivan arruinó la vida de Vian? Tal vez. Pero Vian no sería Vian sin Sullivan.

Fue un tipo aficionado a la provocación, al ardid y a las tretas. Huidizo, festivo, escurridizo. Nada trascendente. Cómico. Los testigos cuentan que cuando cantaba El desertor en plena guerra de Argelia, el público que abarrotaba el local acababa cada noche a puñetazo limpio. La canción había sido prohibida en la radio. Él replicaba entonces:
Mi canción no es anti-militarista, pero reconozco que es más bien pro-cívica.
Pirueta y aterrizaje de pie. Enemigo de la ortodoxia ideológica y de la obediencia laboral, se convirtió en un teórico avant la lettre de la negación del trabajo:
No me gustaría palmarla sin que se haya inventado la semana de dos días.
Algo notable que destacar en Vian: su talento nada corriente para atrapar la curiosidad del lector eligiendo sabiamente los títulos de sus libros. Su extrema libertad, esa insolencia inteligente y desinhibida me hizo recordar a Alberto Cardín. Tenía esa misma tenacidad en la provocación, posiblemente el mismo amor por la vida.
No quisiera morir
Sin haber agotado
Mis labios en sus labios,
Mi todo con su todo,
Su todo con mis manos...

("No quisiera morir"; traductores: Javier Krahe y Andy Chango; p. 12)
Puesto que de muertos y tumbas se trata: que descansen en paz.


BORIS VIAN: NO ME GUSTARÍA PALMARLA. Demipage (Madrid), 2009, 67 páginas.
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