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Columna publicada el 16-09-2005
Como el cometa Halley se aproxima cíclicamente en su perigeo al planeta Tierra, provocando negros presagios, así ZP ha sobrevolado esta semana el firmamento onusino anunciando la paz perpetua. En atención a las formas que exigen un acontecimiento de esa magnitud, algunos esperábamos que el presidente por accidente apareciera en la tribuna de la ONU con una túnica alba enrollada en la cintura y anudada al hombro, o, tal vez más apropiado aún, con mandil y compás, pues como Rodríguez muy bien ignora, su actuación en la reciente sesión plenaria de la ONU para defender la reiterativa «Alianza de Civilizaciones», tiene sabrosas reminiscencias masónicas que entroncan directamente con los krausistas españoles, arracimados durante el primer tercio del siglo pasado en torno a la Institución Libre de Enseñanza.
Los institucionistas se convirtieron en inveterados defensores de la filosofía de Krause, aunque fue Sanz del Río su más genuino discípulo. Krause, un enfermo mental permanentemente amargado por su fracaso vital y su pobreza, fue un masón ferviente y conspicuo que llegó a ser considerado filósofo «oficial» de la masonería, a cuya sistematización doctrinal dedicó gran parte de su vida y varias toneladas de tratados, convertidos en auténticos galimatías, que en su mayor parte fueron publicados con carácter póstumo. La mayoría de lo que escribió no llegó a publicarse, lo que se publicó no se entiende y lo poco que se entiende carece de valor en opinión hasta de los que se declararon sus adeptos. Todo esto lo dejó ya brillantemente explicado Fernández de la Mora en un par de estudios, en los que empleó a fondo su bisturí para que los demás no perdiéramos nuestro tiempo diseccionando el cadáver, pero a lo que se ve, la necrofilia intelectual sigue siendo dolencia muy común entre la secta.
En la filosofía de Krause, desbastada en España por Sanz del Río, se quintaesencia toscamente un “Ideal de Humanidad” (fraternidad universal) de caracteres puerilmente masónicos, que ochenta años después y con lo que ha llovido parece seguir informando el proyecto político de nuestra socialdemocracia. Después de Sanz del Río no hubo institucionista que encontrara algo de valor en las teorías de Krause. Giner de los Ríos, quizás el más erudito de ellos, sabía perfectamente que el sistema filosófico del alemán no llevaba a ningún sitio, aunque no le pareciera oportuno confesarlo expresamente. Por este motivo, los miembros más solventes de la Institución Libre de Enseñanza acabaron recalando en las riberas del positivismo comteano, que filosóficamente es exactamente lo opuesto al krausismo.
Pocos podían imaginar Giner de los Ríos o Enrique Ahrens, que la estéril palabrería krausista alcanzaría a comienzos del siglo siguiente rango de política de estado en España, con la bendición ecuménica del presidente turco y solemne marchamo real (tremendo sarcasmo para los herederos de la victoria de Lepanto), antes de ser presentada en la logia mundial con toda la trompetería ridícula de los que caminan alegremente hacia su precipicio histórico.
Pablo Molina es miembro del Instituto Juan de Mariana.
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