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La situación

1936-2005

Mucha gente encuentra paralelos entre la crisis actual de España y la del 36. Y, en efecto, venimos oyendo desde hace tiempo alusiones, en particular por parte de Maragall y otros políticos separatistas, a “volver al 36”, amenazas de que “el drama está servido”, o de “guerra civil entre comillas”, y similares. Desde otros ámbitos se resucitan sistemáticamente las propagandas y los odios de aquella época. No son políticas ni palabras inocentes. Responden a la conciencia de sus autores de estar destruyendo las bases de la convivencia democrática, cuyas consecuencias sólo pueden ser funestas, como lo fueron entonces. Por eso mezclan la intimidación con la prédica de la pasividad: “Total, no pasa nada”, “España no se va a romper”, “es simplemente el reconocimiento de un hecho”, “no hay que crispar” etc. Algo muy parejo a lo ocurrido en el 36, cuando quienes destrozaban la ley y amenazaban a medio país afirmaban que no pasaba nada anormal, y que eso era la democracia, y resistirles una prueba de “fascismo” e “intolerancia”.
 
Hay una diferencia importante en relación con el 36, y es la violencia desatada de los meses posteriores a las elecciones de febrero, algo que por ahora no se da. Pero, como he intentado explicar en mi libro último sobre aquellos meses de hace 70 años, esa violencia, con toda su crueldad y espectacularidad, venía a ser solo la espuma de un proceso más profundo: la destrucción sistemática de la legalidad y el cambio de régimen mediante hechos consumados. Ese proceso de fondo fue el que en definitiva acabó con la relativa democracia de entonces y abrió paso a la guerra civil. En tal sentido no cabe duda de que las situaciones se parecen mucho: diversos partidos y políticos más o menos iluminados, más o menos corruptos o frívolos, están minando y tratando de echar abajo, mediante hechos consumados, al régimen democrático que sucedió al franquismo. Y por ello la situación vuelve a ser extremadamente grave.
 
Conviene recordar que en 1978 España se dotó de la primera Constitución de su historia hecha por amplio consenso entre partidos muy diversos. Eso no había ocurrido con la Constitución de la República, enfocada directamente contra los sentimientos y las creencias de más de la mitad del país, a cuyo fin se vulneraban libertades democráticas elementales, como las de conciencia, asociación y expresión. Otro contraste interesante puede establecerse entre la vigencia de las libertades. En la república quedaron en buena medida eliminadas por la Ley de Defensa de la República, que permitía al gobierno detener, deportar o cerrar la prensa arbitrariamente. En la actual democracia no ha ocurrido nada semejante, y las libertades han sido mucho más reales. Con la excepción de las Vascongadas y, en menor grado, Cataluña, debido al peso de los separatismos en ambas regiones. Esta democracia es la que pretenden echar por tierra los grupos separatistas –siempre en relación estrecha, directa o indirecta, con el terrorismo– y el propio gobierno actual de España. Ya veremos el próximo día de dónde vienen estas actitudes.
 
Hay otra similitud entre aquella época y la actual: en 1936 las izquierdas revolucionarias, las jacobinas y los partidos separatistas formaban un frente común. Aunque se detestaban entre sí, odiaban más a las derechas y al cristianismo, a quienes estaban resueltos a extirpar de la sociedad española, así como a la Constitución impuesta por ellos mismos en 1931. Hoy vemos reconstituido en la práctica aquel Frente Popular, por los mismos partidos, y con el mismo objetivo: destruir la Constitución actual, mucho más democrática que la del 31, liquidar los consensos que han permitido la convivencia en libertad en España durante casi 30 años, e imponer sus objetivos en el fondo totalitarios. Hoy ya no existen los partidos republicanos, pero su radicalismo jacobino lo ha heredado el PSOE después de haber abandonado a Marx. Incluso la posición respectiva es casi idéntica: entonces los republicanos en el poder vulneraban la ley por su cuenta y amparaban el proceso revolucionario. Hoy, los socialistas vulneran la ley y amparan el proceso de balcanización del país.
 
Y una nueva diferencia: en 1936 la amenaza fundamental era la revolucionaria, flanqueada en segundo término por la separatista. Hoy las posiciones se han invertido: el peso de los grupos abiertamente antisistema (antidemocráticos) es mucho menor, y la amenaza balcanizante ha pasado al primer plano.
 
En suma, salvo la violencia desatada y la posición respectiva del separatismo y la revolución en la crisis de entonces y la de ahora, la situación tiene muchos rasgos en común: el intento de acabar con la ley y la democracia por parte de grupos mesiánicos. Pero incluso en la cuestión de la violencia debemos matizar: el terrorismo nacionalista vasco ha asesinado en estos años a cientos de personas, y su violencia está presente de modo constante como una amenaza y un chantaje, para forzar la evolución en el sentido deseado por los totalitarios.
 
Decía Toynbee que las sociedades evolucionan respondiendo a los retos que les presenta la historia. El peligro del actual reto no debe subestimarse, y de cómo responda la sociedad va a depender el futuro de la España democrática.

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