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Defraudación judicial

Estando de bibliotecario en el Ateneo, fue preciso hacer obras de reforma que obligaron a cerrar por un periodo una sala de lectura. Nada más elemental y lógico, pero un grupo numeroso de nenes que estudiaba allí sus oposiciones, se alborotó, consideró que ellos pagaban por unos "servicios" que el Ateneo no podía birlarles, y que la reforma y consolidación del edificio les importaban un bledo. Por tanto, si cerrábamos la sala, debíamos interrumpir la actividad cultural, habilitando el salón de actos para que ellos siguiesen preparando sus oposiciones. La verdad es que ni el Ateneo es un centro de preparación de oposiciones, ni ellos pagaban ningún "servicio", pues la cuota no llegaba ni de lejos para mantener el centro, y las reformas urgían. Pero ellos eran muchos, bajaban a las asambleas y paralizaban la vida de la casa. Viene esto a cuento por la observación de un miembro de la directiva: "¿Os habéis fijado en que los que más vocean y perturban son los que preparan judicaturas? Da miedo, ¿verdad?".

De siempre se suponía que el grave oficio de juzgar a los demás requería no solo conocimientos técnicos de la ley, sino una cierta experiencia vital y formación del carácter. Los socialistas rompieron con todo ello y, apremiados por el rápido aumento de la delincuencia, y también por sus propias ideas de la vida y conveniencias políticas, metieron a una masa de jueces y juezas, muchos de ellos simples niñatos como aquellos del Ateneo, a quienes es muy difícil respetar. En estos años la judicatura no nos ha ahorrado espectáculos y "alarma social", con sus querellas internas, politizadas unas, por simples celos, envidias y rivalidades personales otras, con un exceso de sentencias extravagantes y protagonismos mediáticos.

Varios de esos espectáculos los hemos tenido que soportar con la actitud de unos jueces que, ateniéndose supuestamente a la letra de la ley, burlaban su espíritu, poniendo en libertad a gentes estrechamente vinculadas al terrorismo, no se sabe si por miedo o por poner zancadillas a algún "juez estrella", pero en ningún caso por espíritu de verdad y de justicia. Lo mismo ha ocurrido, sospechosamente, con diversos narcotraficantes.

El último caso, el del narcotraficante dejado huir, ha desatado la alarma social y las peores sospechas: ¿Ha habido soborno, miedo o simple necedad? ¿Qué significan tan extrañas atenciones, que muy pocos presuntos reciben, hacia un sujeto sumamente peligroso, o el respeto exagerado al dictamen de un psicólogo no muy de fiar en el mejor de los casos, o que otros psicólogos especializados estén bajo sospecha? ¿Y qué significa esa ostentosa solidaridad corporativa de los jueces de la Audiencia con sus colegas causantes del desaguisado? Alguien tendrá que explicarlo, pero por lo pronto, significa que la justicia está sumamente degradada. Es el fruto de un estilo y un espíritu implantados en los años del gran González, y no sé si podrá corregirse con simples normas administrativas.


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