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Columna publicada el 25-05-2005
Afortunadamente no llegó la sangre al río, o a río, gracias a la rápida reacción de los asistentes al acto, expulsando a empellones a los agresores, y así no he tenido que pasarme unos meses en el hospital como tengo entendido que le ocurrió al pobre Bono. Mucho me ha alegrado esa reacción, porque demuestra que el clima de pasividad ante el matonismo izquierdista está cambiando. Mi agradecimiento a ellos y a las muchas personas que me han expresado su solidaridad.
A decir verdad, entiendo bastante bien a los energúmenos que intentaron reventar mi conferencia sobre las causas de la guerra civil. Cuando yo tenía su edad no me diferenciaba de ellos, y recuerdo perfectamente cómo machacamos, literalmente, una conferencia de J-J. Servan Schreiber, director de L´Express, cuando vino a presentar su libro El desafío americano en la facultad de Derecho de Madrid, ya no sé bien si en 1968 o en 1970. Cabe señalar, en muy relativa disculpa nuestra, que entonces existía una dictadura, la libertad de expresión estaba muy reducida y nosotros arriesgábamos ser golpeados y detenidos por la policía. Estos chavales de ahora, en cambio, ni arriesgan nada ni nada les impedía esperar al coloquio, que resultó más largo que la conferencia, y allí exponer lo que tuvieran a bien. Digo muy relativa disculpa porque también nuestra acción contra Servan Schreiber constituyó un acto de vandalismo a cargo de totalitarios. Nunca fue lo mismo ser antifranquista que ser demócrata.
Lo que realmente me ha indignado ha sido la actitud del rector, Peces Barba, que recordaba la de la revista izquierdista Triunfo, de gran difusión en la época de El desafío americano, y que se las apañaba para presentar a la víctima, Servan, como el “provocador”. El antifranquismo siempre fue así, y sigue siéndolo. Para Peces, el problema no radica en que una panda de fanáticos venga a impedir la libertad de expresión en la universidad, sino en que vaya a expresarse allí quien discrepa de las ideas del propio Peces y tantos de su cuerda. Ideas, dicho sea de paso, que ellos son totalmente incapaces de sostener en debate abierto como exige la honradez intelectual y las (buenas) tradiciones universitarias. De ahí su necesidad de censura.
Sé que el rector de la Carlos III tiene otras virtudes y otros merecimientos en el pasado, y él mismo debiera recordarlos, pues ahora, con su “talante”, está atentando contra la libertad de expresión en la universidad. En tiempos del franquismo ésta era precisamente una reivindicación del movimiento estudiantil, manejado siempre por los comunistas y apoyado por los “progres”, y cuyo trasfondo estamos comprobando desde hace largo tiempo: defienden esa libertad exclusivamente para ellos, tal como respetan la democracia sólo si ellos mandan.
Otro punto a considerar: he dado conferencias en la Universidad Complutense y en la Autónoma madrileña y nunca ocurrieron cosas parecidas. Lo cual indica que el clima de fanatismo extendido en Barcelona por los separatistas y la izquierda se está trasladando a Madrid. Y de manos de personajes como este rector. En mi opinión, los estudiantes demócratas deben organizarse para impedir tal deriva, porque la pasividad sólo puede concluir en el dominio de los matones amparados por las autoridades, como ha ocurrido en la Universidad de Barcelona o, más en general, en las Vascongadas.
Luego, el coloquio tuvo mucho interés. La asistencia se dividía por igual entre derechas e izquierdas, y pude comprobar, una vez más, la tremenda ignorancia en que estas últimas suelen apoyar su apasionamiento. ¿Qué les habrán enseñado a estos muchachos? Una chica habló de los millones de personas asesinadas por el franquismo; todos ellos ignoraban datos económicos elementales como los índices de convergencia españoles con la Europa rica en los años 70 y posteriores; o el carácter marginal del golpe de Sanjurjo comparado con la guerra civil planeada por la izquierda en el 34; etc. Quien más me sorprendió fue una chica que se presentó como de la familia de Calvo Sotelo, aseguró saber más que yo sobre el asesinato de éste y negó que Calvo hubiera sido secuestrado por la policía del Frente Popular. También me acusó de “crear odio” por rebatir las odiosas y evidentes mentiras de la izquierda sobre el pasado: el típico caso de una persona procedente de la extrema derecha que exculpa los peores crímenes de la extrema izquierda, incluso contra sus propios familiares.
En fin, un pequeño indicio más de cómo se está poniendo el panorama.

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