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Columna publicada el 30-10-2006
Llevo escribiendo artículos sobre empresas y gobiernos empeñados en acabar con Internet casi tantos años como llevo escribiendo en ella. La tensión entre este espacio de cierta libertad y un mundo en el que las ansias de control no tienen fin es prácticamente interminable, así que desde que nació la Red comercial pocos se han privado de intentar "meterle mano" al nuevo invento. Microsoft intentó controlar sus estándares, las grandes empresas mediáticas intentaron convertirla en una nueva "caja tonta" (con aquellos famosos y horrendos portales que pretendían dirigir nuestra navegación), tanto el gobierno anterior como el actual han promovido o ampliado la intervencionista LSSI y la SGAE ya ha expresado en numerosas ocasiones que serían mucho más felices si Internet no existiera (y ha actuado en consecuencia). Acabar con Internet es empeño permanente de quienes sacarían tajada con el asunto, por muy ilegítimo o impresentable que pueda resultar su propósito. Y aunque llevo años con esta cantinela no se pasa de moda, desgraciadamente.
Por ejemplo, los regímenes dictatoriales o absolutos (China, Cuba, Irán, etc.) viven en el empeño de restringir y controlar el acceso al espacio de libertad de la red, hasta el extremo de casi crear una Internet paralela (en el caso de China) o de dejar al borde de la muerte al disidente Guillermo Fariñas (en Cuba). La Unión Europea mete sus narices allá donde puede, como explica esta semana Daniel Rodríguez Herrera. Y así.
Pero en los últimos meses el caballo de batalla que más conflictos ha provocado en la Red ha sido el espinoso asunto de la neutralidad de la Red . Las empresas de telecomunicaciones americanas (y pronto las españolas) han decidido que no ganan lo suficiente con Internet y que se impone crear una especie de Internet de dos velocidades para rentabilizar la infraestructura. Para ello proponen que el gobierno no obligue a mantener la "neutralidad" de Internet, y así de paso les den patente de corso para crear una Internet de dos velocidades... o de catorce. ¿Cómo se concretaría eso? No está excesivamente claro. En principio las telecos intentarían cobrar a los grandes portales o servicios por permitirles llegar a los usuarios a la velocidad que estos hubieran contratado. Pero más tarde podrían cobrar a los usuarios adicionalmente, no ya por la velocidad de conexión, sino por la calidad de acceso de ciertos servicios (por ejemplo, el P2P).
La destrucción de la neutralidad cambia hasta tal punto las reglas del juego de la Red que acaba de facto con la Internet que fundaron Vinton Cerf y los pioneros de la Red (o Tim Berners-Lee con la web), y la convierte en un espacio ultrarregulado por un puñado de empresas oligopolísticas que, ante la perspectiva de un negocio que se comoditiza, buscan vías de recaudación alternativas. Esas vías rompen la filosofía con la que se construyó la Red y se acercan más a lo que AOL creó en los noventa: una red controlada y cada vez menos universal.
Ante estas pretensiones, la confrontación está servida. Las grandes empresas de Internet (Google , EBay...) y los usuarios se oponen por completo (su web, salvad internet, lo dice todo), mientras las telecos apelan al liberalismo (no toquéis Internet) para pedir que el gobierno no regule la neutralidad de Internet. Ambas posturas tienen argumentos de peso, pero hay una diferencia fundamental que invalida el argumento liberal: la neutralidad de Internet es el modelo sobre el que se construyó la Red y eliminarla es una amenaza para la propia libertad, al poner en manos de empresas el control de los movimientos de terceras empresas o usuarios. La perversión de la causa no se puede enmascarar bajo argumentos liberales: las telecos americanas pretenden tener en sus manos la posibilidad de acabar con Internet, sin más. No permitírselo puede estar en manos del gobierno o de los usuarios, pero a estas alturas cualquier medida para impedirlo parece una medida inteligente.
Eduardo Pedreño es autor de DiarioIP.com
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