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Según se mire Irak y Vietnam son como dos gotas de agua o no tienen nada que ver. La comparación se ha hecho mil veces, en ocasiones con el sano propósito de aplicar lecciones pertinentes, aunque con frecuencia emparejando desastres y fracasos con la intención de anegar la experiencia medioriental con el oprobio indochino, socorrido recurso en el amplio menú de las izquierdas en su enconada guerra contra la guerra.
Están hermanadas en su condición bélica y su carácter poco convencional. A partir de ahí se ahondan las diferencias. Tras la guerrilla del Sur estaba el potente ejército regular de Vietnam del Norte. En Irak, sin embargo, no sólo los insurgentes carecen de fuerzas convencionales sino que ni siquiera son propiamente una guerrilla. No dan golpes de mano, apenas tienden emboscadas, no lanzan ataques por sorpresa. Se limitan a hacer explotar bombas y su objetivo, y ésta es la inmensa e imprevista novedad, no es el ejército enemigo, sino la propia población civil y inerme, siendo su instrumento más letal los coches bomba con suicidas al volante. Tratan de expulsar al extranjero, pero buscan mucho más provocar una guerra civil. La salida de las tropas que apuntalan al gobierno mayoritario facilitaría el estallido del conflicto interno, aunque éste, a su vez, se espera que precipite el abandono de las fuerzas de la coalición.
En lo que Vietnam e Irak resultan idénticas es en que el resultado de ambas se jugó y se juega en Washington, en los escaños del Congreso y en la poco paciente opinión pública americana. En la ocasión actual, la opinión es mucho más pasiva. Su desencanto lo registran las encuestas y en último término las elecciones, pero los activistas no consiguen llenar el Mall de la capital con un rugido de protesta. Y la gente no acaba de resignarse a perder si hay alguna posibilidad de evitarlo. Los éxitos del surge, la nueva estrategia, a pesar de los esfuerzos de la gran prensa por desacreditarlos, han calado lo suficiente como para que un 54% de los interrogados responda recientemente que no dan la guerra por perdida. Puesto que la derrota es la principal baza de los demócratas con vistas a las elecciones del próximo año, el partido que manda en el Congreso y se opone a la Casa Blanca no sabe qué hacer, está dividido, no ha conseguido nada en el tema desde que ocupó el legislativo en Enero y no se atreve a echar mano del único recurso eficaz a su alcance constitucional, para paralizar la guerra: cerrar el grifo presupuestario.
Vietnam lo perdió el fatalismo derrotista y pacifero de los demócratas como puede hacerlo ahora con Irak el mismo derrotismo oportunista y electorero. Niegan su responsabilidad en Indochina y tratan en Mesopotamia de poner la carga de la decisión de retirada y abandono sobre las espaldas del presidente republicano. Hablan de la guerra de Bush, como si no hubiera sido aprobada mayoritariamente por el público y los parlamentarios demócratas. Desde esa negativa pretender tener el monopolio de las comparaciones entre ambos conflictos. Lo que aquel nos enseña es que éste es un error de la misma magnitud abocado al mismo desenlace. Por eso, cuando el presidente cambió las tornas hace unos días en un discurso señalando el alto precio que hubo que pagar por la derrota en Vietnam comparándolo con los desorbitados costes del abandono en Irak, pusieron el grito en el cielo, por tamaña usurpación. Pero ese es ahora el único tema que realmente importa y la reacción de lo opositores a la guerra actual, rebajando las consecuencias de la derrota de los setenta y trazando rosadas hipótesis respecto a la salida por piernas de Irak, no son más que inverosímiles falacias.
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