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"Turbulencias" es la palabra de moda. La usa Solbes para advertir, Mafo para reconocerlas y el dúo Rodríguez-Chacón para negarlas, algo poco tranquilizador habida cuenta de su prestigio como economistas.
El "Gobierno de España" debería usar como logo una postal de los Reyes Magos, con sacas rebosantes de cheques-bebé, morteradas de pasta para adolescentes tardíos, ejércitos de dentistas gratuitos y las casitas que les va a poner Chacón iluminada por Chaves. En sacas diferentes, alejándose, habría de figurar el oro del Banco de España vendido durante esta legislatura, casi la mitad de las reservas.
Aunque Rodríguez acabe de descubrirla, la palabra "turbulencias" es de uso común desde que se acabó la estabilidad y la certidumbre en la economía mundial tras la crisis del petróleo a principios de los setenta. Tal como sucedió con la expresión "Nueva Economía", que aquí se usó en el estrecho sentido bursátil, las "turbulencias" de los parvenus suenan a parquet.
El alcance es mayor. Sus implicaciones son las que han obligado a las empresas de todo el mundo a desarrollar estrategias emergentes, dada la inutilidad de la planificación tradicional, desencadenando distintos fenómenos relacionados con la adaptación a lo inestable y a lo incierto.
Por ejemplo, la rapidez de los cambios normativos, tecnológicos, organizacionales y sociológicos (con sus consecuencias en la conducta de los consumidores). O la lógica necesidad de hacer las empresas más flexibles, dotarlas de más músculo emprendedor y rebajar grasa burocrática. O el paso de las organizaciones piramidales a las reticulares. O la concentración de cada cual en su core business, con el consiguiente desarrollo de la externalización, etcétera.
Todas estos cambios en la forma tradicional de hacer negocios –espoleados en la última década por internet– se han traducido de forma generalizada en el incremento de la competitividad, la lucha por la reducción de costes, la bajada de los precios, el acortamiento del ciclo de vida de los productos, la explosión de la diversificación, la revolución de sectores tradicionales por parte de pequeños actores o la emergencia de nuevos sectores.
España tiene un severo problema con todo esto por culpa de su escasa competitividad, su baja productividad y su desatención de las oportunidades derivadas de la sociedad del conocimiento. Demasiadas empresas no acaban de comprender la necesidad de desplazarse en la cadena de valor del proceso productivo hacia los eslabones intensivos en conocimiento, único escudo ante la competencia de las economías emergentes y ante la desindustrialización.
Nuestro Gobierno conduce en dirección contraria: más reglamentismo, más intervencionismo, más clientelización de la sociedad, peor educación de nuestros niños y jóvenes. Si seguimos así, las turbulencias reales (las bursátiles son un reflejo) abatirán pronto nuestra economía. Rodríguez: no podemos conducir por ti.
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