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Este verano Ivo Daalder, de la Brookings Institution, de orientación demócrata, y el famoso Robert Kagan –autor de la expresión "los americanos son de Marte, los europeos de Venus", acuñada en Poder y debilidad–, propusieron una alternativa al desorden internacional: la unión de las democracias. Consideran que un "concierto de las democracias" liberales puede proporcionar legitimidad al uso de la fuerza que en el futuro se requiera para evitar males mayores.
Hace unos treinta años, Julián Marías, en un par de artículos recogidos bajo el título El desorden internacional, se lamentaba del extraordinario poder efectivo en la ONU de minorías demográficas a las que había que cortejar. Por otro lado, deploraba que el núcleo de los países occidentales (elaboraba una lista de 24) fuera una magnitud de la que se podía prescindir. Podía ser fácilmente puesta en minoría y, además, era realmente no alineada, votando rara vez como un todo.
El resurgimiento de las autocracias tras la caída del Muro y la amenaza del terrorismo islamista radical son hoy asuntos a los que la ONU no puede hacer frente. O bien resulta inoperante, o bien contraproducente, sirviendo a los intereses y agendas de los enemigos de la paz y la justicia.
Esto provoca que se oigan voces que piden, con sana desconfianza, una unión anglosajona, y que van desde la publicación de un libro de Andrew Roberts que continúa el clásico de Churchill La historia de los pueblos de habla inglesa hasta un artículo del inglés, más bien de izquierdas, Christopher Hitchens retomando la expresión de Robert Conquest: "angloesfera". Esta sería la unión no de sangre, sino de identidad ideológica y de valores: los pueblos herederos de las revoluciones de 1649 y 1776, contrarios a la tiranía.
Los que hablamos español preferiríamos no quedarnos fuera, pero lo cierto es que los medios dominantes continúan con sus habituales obsesiones prescindiendo de la evolución de la realidad. Los datos procedentes de Irak son alentadores y ni Francia ni Alemania están en las posiciones del pasado, es más, el partido de De Gaulle quiere una integración completa en la OTAN. Una de las pocas cosas que Inglaterra ha hecho bien desde la partida de Blair es continuar con la relación especial. Las amenazas a Occidente son vistas y denunciadas idénticamente por varios gobiernos occidentales. Si el progresismo quiere escandalizarse de lo que dice el vicepresidente americano Cheney de Irán que lo haga; pero el ministro de Exteriores francés Kouchner ha dicho lo mismo.
Parece que la prensa dominante quiere seguir haciéndoles el caldo grueso a los enemigos de ese Occidente que les permite escribir con libertad, pero corre el riesgo de quedarse en una extraña posición. Querer situarse como juez moral de todas las situaciones sin contribuir a resolver ninguna es lo que ha llevado a la inoperancia a ese "desorden mundial" que es la ONU y a esa prensa que hoy está perdiendo legitimidad al mismo ritmo que pierde interés.
La alianza de civilizaciones, por ejemplo, cuenta hoy con el flamante apoyo del retirado Annan y la teocracia iraní. Pero es lo que se lleva en los medios y las conversaciones de los bienpensantes. Si mañana la alianza de las democracias, oficial u oficiosamente, empieza a tomar cuerpo, nadie habrá informado a la opinión pública. Esa prensa patológicamente progre, alérgica a la realidad, confirmará su inutilidad. Los órganos que no sirven acaban por desaparecer, hasta los de propaganda.
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